Sueños…
Desde las fosas comunes de mis huesos, divago,
las artes perdidas entre tantos siglos de pausa,
las formas concebidas por destierros propios,
las ilusiones que naufragaron en esperas y penas,
las conquistas difumadas entre resignaciones,
las promesas transformadas en cadenas y látigos,
las formas arcanas perdidas en los olvidos inhóspitos…
Desde las fosas comunes de mis huesos, divago.
Es entonces que uno llama al Olvido y le solicita
un poco de cordura entre tanto dolor y llanto,
una esperanza abierta a crecer y a ser, simplemente.
¿Cuántas veces soñé con sus manos y sus labios?
¿Cuántas veces creí que soñando podría madurar,
aprender, ser y crecer como una dulce espiga?
¿Cuántas veces como sofista simplemente soñé,
desde las fosas comunes de mis huesos, divago…?
Y es en estos parajes que los sueños se esfuman
dando a luz realidades bizarras y frustraciones rústicas,
poniendo sal en las yagas más violentamente abiertas,
ventilando pensares en los lugares más indiscretos
y mendigando un poco de sapiencia para llevar
a cuestas esta indescriptible sensación humana
camuflada entre resentimiento, miedo y pesar,
pero que no es más que la impotencia y la resignación…
Historias…
Durante los momentos de ira y autocompasión,
la fuerza de las manos se vence por el pasado,
dejando de lado todo lo que se es, y se recuerda…
Por eso es que a veces las golondrinas callan
porque han recordado, que olvidaron una nota.
Por eso es que a veces las mareas cesan impávidas
porque recuerdan que han perdido algunas gotas.
También es por eso que llora a veces el alma…
A veces la memoria se llena de agujeros profundos
dejando de lado tanto lo malo como lo bueno,
divagando solamente en sensaciones, davalando,
un tacto de su tacto, el beso de su beso y las caricias
más profundas y más sentidas, más fingidas y regaladas.
Es en esos momentos que la razón defiende feroz
que no existe nada porqué luchar y morir y nacer,
que el Vacío es inmenso y el Todo simplemente olvido…
Pero el corazón hace caso omiso a estas palabras
(hijas furibundas del dolor de no saber qué más hacer),
se empalma una lanza como acto de guerra y se lucha,
como ciego siervo de la Locura de amar y de sentir,
pero se envanecen las luchas con ínfulas de grandeza,
con sofismas de agradecimientos, con pensares
de un palabra optimista que grite, una vez, al menos
que se está haciendo un esfuerzo, para revivir un muerto…
Pasos…
¿Cuánto darían mis ojos por brillar de nuevo
del mismo modo que brillaban en aquellos días?
Volver a las artes ocultas del ser y la revuelta.
Volver a ser aquel loco que logró captar tu mirada.
Volver a ser aquel rebelde que te incitaba a marchas.
Demostrarte con los ojos que sigue vivo aquel ser,
pero que está dormido tras los párpados y los miedos,
de no tener que luchar simplemente por él y ya…
A veces un hombre tiene una parcela fresca y rauda,
y una dama se enamora de esa pureza indómita,
pero el hombre tiene que destruir su parcela, arrasarla,
para levantar una casa, una simple y pequeña casa,
no más allá del alcance de sus manos, no más allá;
no más allá del alcance de sus hombros, no más allá.
Después, pasado el tiempo, la mujer a de pedir de nuevo,
el retoñar de las flores y el madurar de los frutos…
Siempre por el paso de los años, las cosas cambian,
para bien o para mal, todo eclosiona y avanza,
desatando eternidades de calvarios y venganza,
provocando días de cosechas y benévolas bonanzas.
Siempre por el paso de los años, las cosas cambian,
¿A caso las flores reverdecen por sí solas o los otoños
no tienden capas de manos viejas en los suelos secos?
Siempre por el paso de los años, las cosas cambian…
Entrega…
Dolorosamente admití que no eras mía, hace siglos.
Dolorosamente digo que sé jamás lo fuiste.
Como cuando se esparcen semillas por los campos
y se dejan volar como pájaros rendidos al suelo,
dolorosamente sé que jamás fuiste mía realmente…
Eras del viento que llevaba tu cuerpo y tu alma
prófuga de una realidad que quería inventarme.
Dolorosamente sé que jamás fuiste mía realmente…
¿Es tan duro acaso, llamarse ajeno, sin el temor presente,
dar el alma como se entrega el cuerpo al sueño,
posarlo a sabiendas que no sé sabe que vendrá,
a veces una cosecha de hermosos sueños y las otras
una maraña inmensa de penas y temores: pesadillas…
Es tan duro acaso, llamarse ajeno, sin el temor presente,
dar el alma como se da el mar al mundo entero,
regalando corales muertos, alimentando almejas de basura…?
Dolorosamente admití que no eras mía, hace siglos.
Eres diosa de otros pueblos, el tuyo propio,
parte de ese irascible temor de entregarte completa,
visiones arcaicas y temores profundos de compartir,
más que caricias y recuerdos, más que orgasmos,
sino compartir el Todo como se comparte el aire,
hasta que el otro ser sienta que puede respirarte.
Dolorosamente admití que no eras mía, hace siglos.
Otoño…
Cuando llegue el otoño con su último poniente
(mismo que bien sabes espero encontrar pronto),
podré gritarle al Vacío que me espera jubiloso,
que amé, y después de conocer el amor y el dolor,
ya nada queda en este mundo que no conozcan mis ojos,
que traté de entregarme completo, aunque pareciera,
ante algunos ojos, algo simple, pobre y poco…
Cuando llegue el otoño con su último poniente…
Espero que la vida sepa escapar de mis manos
febrilmente como lo sabe hacer el amor por mis poros,
que la muerte me encuentre descansado, para el baile,
el único baile que bailaré en mi vida, el de la muerte..
Y que cuando mi cuerpo se encuentre inerte,
como una hogaza arrojada al suelo, se demuestre,
que, como a una uva posada en las cubas usadas,
se me ha escurrido hasta la última lágrima de los ojos…
Espero por demás que tu Primavera se eterna y larga,
que florezcan en tus campos espigas gordas y maravillas,
y que al igual que el viento encuentres tu destino,
posada en una vela con rumbo al mejor infinito…
y que la negra saga de mi eterno invierno y otoño,
sirvan de referente ver que aún en el frío angustioso
aún existirá en calor el cuerpo para calentar otro…
Cuando llegue el otoño con su último poniente…
Tregua…
A veces, se escucha el tañer de las campanas,
que presurosas incitan a las más violentas guerras.
Otras veces las campanas saben callar disimuladas,
pariendo con su silencio profundas y largas treguas…
Mas a veces el silencio de la tregua sabe a muerte,
a derrota de un bando, del otro o de ambos bandos,
por eso calla mi pluma esta noche, meditabunda,
cuando aún faltan dos estrofas de ocho versos…
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