Es curioso el azar cuando uno desea encontrar con quién compartir sus largos ratos.
Hace años le conocí en las premuras de las tardes de colegio y le vi atónita ante mi uso de la palabra y de los versos, quizá nunca había escuchado algo mejor o simplemente no se había dado su tiempo.
Y las sombras ingenuas del destino nos fueron cruzando, rápidamente ya conocíamos nuestros nombres y luego compartíamos besos bajo las sombras de los pinos, recostados sobre el césped de cualquier parque urbano.
Así, como todo pasaban las horas y nos sentíamos más necesarios.Al tiempo ya teníamos un fruto alegre, sin notar el verdadero estado de las raíces del árbol. Es tan ingenuo uno a veces que cree que las formas son lo que aparentan, y las causas se siguen juntando.
"¿Qué estúpido se deja enamorar realmente a sus cortos 20 años?, acaso no es más hermosa la libertad de seguir probando hálitos extráños..."
Eso me dijeron sus ojos hace muchos meses, yo con mi silencio quice decirle: "soy un estúpido de esos, que ahora mencionas con tanto desprecio y desengaño..."
Y así las sombras nos fueron separando, uno con la vida a cuesta, sujetando lo que le quedaba y no le sabía amargo; y ella por los campos buscando nuevas rutas y caminos, simplemente jugando.
Ahora, nos posamos a vernos, cuando una vez a la semana me presta el fruto fresco de nuestro árbol ahora marchito.
Debo confesar que pocos meses nos hemos vuelto completos extraños, cada quién defendiendo ferreamente lo que cree, aunque a veces sea tan duro aceptarlo...
jueves, 5 de julio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario