sábado, 28 de julio de 2007

*Comunión y Pecado Mortal

Corrían días normales, en un pequeño pueblo de un país pequeño, atrasado y pobre. Eran días especiales para muchos, tiempos de ceremonias eclesiásticas, normales al fin del Catecismo. La fe en efervescencia cubría el pueblo y llenaba de un sentimiento solemne el altar enjoyado de la iglesia. Los cálices ofrecían vino fresco. El pueblo se adornaba de paz y creencias. Todo era normal, como siempre en estas fechas de pupilos por comulgar, niños a confesar o recibiendo la palabra de Dios hecha papel con letra de imprenta antigua.
Se acercaba lenta y felizmente un pobre niño a la puerta del confesionario. Sonreía mientras caminaba mustio. No sabía lo que ocurriría cuando posara su cuerpo en aquella caja de madera fina y, al otro lado, un hombre ajeno a su mundo y su confianza le dijera: "Hijo mío, cuéntame tus pecados…"
Pero, siendo este ritual frívolo un requisito social para su familia, su conciencia confundida, su comuna, en fin, para la mayoría de seres quienes día a día le hostigaban diciéndole qué hacer, cómo pensar, vivir, soñar y hasta el porqué llorar y porqué no; debía cumplirlo.
Pero bueno, se aventuró, ansioso de gritarle al mundo que él, siendo un niño aún, dudaba de los dogmas añejos. Abrió lentamente la portezucha de pino, barnizada color vino, que gemía agónicamente con cada grado de movimiento de sus bisagras. Entró tembloroso, no de la penitencia, sino de que sus dudas y su fe perdida matasen al sacerdote, o que un rayo de un dios, para él ya muerto, demoliera el templo recordándole o demostrándole el seguir de su reinado en algún cielo.
Todo el clero y los humanos veían con gran ternura el titubeante cerrar de la portezucha color vino.
"¡Qué enorme temor de Dios…!", se dejó decir alguno, antes de que se cerrara por completo la portezucha. El niño respondió con una mirada penetrante que gritaba: "¡Pobre, pobre tonto, si supieses, lo que siento no es temor sino a este mundo de bestias…!".
Bueno, al fin se estremeció la puerta, terminado de cerrarse, y un enorme silencio llenó la gran Iglesia.
—¡Dios te bendiga hijo, cuéntame tus pecados…! —en ese momento el niño suspiró profundamente y empezó a hablar de manera firme y altanera—
—Padre, he pecado mucho, más de lo que usted se imagina…
—Vamos hijo —dijo con voz dulce el sacerdote—, sólo tienes nueve o diez años, qué puede ser tan perverso, no temas, Dios, a quien le hablas hoy, es puro amor, es todo el bien de Cosmos, vamos niño, con confianza…
—¡Oh padrecito! —dijo temblorosamente, sollozante—, he pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión…
—No recéis —apeló el cura—, aún no es penitencia, cuéntame tus pecados.
—Entiendo, yo sé, aún no hay sentencia de tus labios, ¡ssssh!, solamente le pido silencio y atención.
Es imposible que le diga lo que he hecho, mis pecados no son de nieve blanca ni de dulce miel, son como látigos de puntas de acero, son como balas en mi sien.
Guarde silencio padre, guárdelo bien y escuchará como la vida se transforma en amargura e hiel.
Tengo solamente ocho años, pero hace más de dos que me hicieron morir en un juego de incertidumbre e ingenuidad, convirtiéronse presurosos mis hermanos en mi condena y mis verdugos. Un pecado mortal, del que ni su amoroso dios, dijeron, me podría perdonar…
Pero fui inocente del crimen, pero fue a mí al que le tocó la peor mano. No podía sacar de mi manga un as, mas ellos, quizá, tenían una baraja entera extra.
Fue un secreto a vivas voces, sólo faltó llamarlo por su nombre, mas para qué hacerlo, en lo tácito mantuvo una familia unida, en la intemperie el crimen seguiría siendo crimen, e inocentes y culpables altamente castigados, ¡alguno dijo que se había acabado la Inquisición, que ya no hay cacerías de brujas, yo no lo creo…!
Y fui inocente, pero soy ampliamente pecador, impío, insalvo; pero eso ya a nadie, ni a mí me importa…
Y viví, desde que supe lo que significaba este hecho, en una completa agonía que me hizo reflexionar a cerca de lo ocurrido. Mi cabeza dio mil vueltas, desde entonces ya no sueño.
¡¿Sabe usted lo que es tener mi edad y no poder dormir tranquilo…? ¿Sabe qué ocurre con una mente infantil y el niño interior de cada quién cuando algo te hiere tanto y no puedes decirlo…?!
Yo le puedo contestar, no con hipótesis psicológicas o eclesiásticas sino, con la experiencia en mi boca y en mi alma (si es que aún tengo): el niño, la inocencia muere. Muere con una tortura plena, a pasos lentos y dolorosos, sin que nadie, ni su dios, pueda remediarlo… —el hombre hizo a hablar, para reprochar el tono del niño, pero ante la mirada del niño y el enojo verosímil de su relato prefirió hacer mutis. Afuera, todo el pueblo y el clero miraban asombrados el tiempo que había transcurrido, nadie se explicaba lo que ocurría en el confesionario—
Sólo le he pedido un favor padre, y es su silencio, luego podrá decir todo lo que guste, pero escúcheme primero y no deje que su fe y su religión interfieran con mi razón —la piel del sacerdote se erizó. Cómo era posible, un niño, cuestionaba no sólo la fe sino el carácter crítico de la religión—.
Pero bueno padrecito, qué le puedo decir aparte de lo que ocurrió después.
—Hubo más después —perplejo dijo el cura, con una cara de asombro y una voz que llenó de vacío el templo mismo—
—Sí padre, he aquí que la maldición cambió de tono, toda la confusión fue evacuada y el perdón, de todo tipo, llegó con la razón misma.
Analizando todo aprendí más que con cualquier lección de Catecismo. Aprendí que los pecados son sólo prohibiciones, con o sin bases, aceptadas a ciegas por nosotros mismos; y Dios no es más que un sueño que da sentido, razón y un norte a la vida; además es la única excusa "razonable" de las leyes, el espíritu mismo de las fronteras humanas y legislativas.
Y no son muchos quiénes, aún apartándolo de sus vidas, no caen en la anarquía o la misantropía. Pero los hay, y creo ser uno de ellos. Hoy estoy en esta caja de madera, no buscado la absolución sino buscando una salida a un problema más serio que un perdón que creo innecesario, si no cumplo con este trance deberé enfrentar a una sociedad que no entendería o no quiere entender mis razones.
He aquí que confieso el único pecado que cargo y es ser cómplice intolerante de un fraude: la Ignorancia. Ésta que cubre a un mundo ciego, ejecutor de normas, sin cuestionamiento alguno; la cual ve hambre sin hacer nada cuando tiene como remediarla; un mundo hambriento, hasta cierto punto por voluntad propia, pensando que la desnutrición le dará un lugar en el cielo; un mundo explotador del prójimo o que se deja explotar, sólo porque la historia nunca ha variado, sin ver que sólo ellos pueden cambiarla; uno que se encierra en un templo a adorando, debatiendo y hasta matando por cual dios es real, sin ver que con ello no avanzan ni una micra…
En fin padre, dios no es el problema, es la religión, es el dogma…
Dígame: ¿Si dios es todopoderoso y perfecto, por qué necesita ser vanagloriado? ¿No es la vanidad un pecado capital?… ¿Por qué se empecina en guiar férreamente nuestros pasos, qué error busca evitar tanto…? ¿No se supone que puede remediar todo sin necesidad de satisfacer su ego con oraciones, cantos y súplicas…? ¿Qué diferencia tangencial existe entre un profeta u otro? ¿Qué no dijo uno que no dijera otro? ¿Qué diferencia existe realmente entre Zoroastro, Buda, Jesús, Moisés, Mahoma, o cualquier otro, para matar por ello?…¿O será que todo esto es un juego del que el verdadero dios, como se llame: Yavé, Dios, Jehová, Alá, Shiva, Cali, Krisna, etcétera (si es que existe), se retiró hace ya muchos siglos….?
Dígame porqué dicen que todo lo podemos con la fe; no son al final las manos nuestras las que lo logran, cuántas veces el miedo a lo que sea es el único obstáculo.
¿Qué inspiración divina ha habido en las últimas guerras que tenga que ver con algún dios más que como simple excusa?… ¿Las masacres, los campos de concentración, las bombas atómicas, químicas y biológicas, la amplia muerte por SIDA en África mientras la Iglesia quema las farmacias que pueden dar protecciones contra la plaga?… ¿Dónde está la bondad, el amor del catecismo, acaso se quedó en la tinta? ¿Cuál excusa, cuál?, ¡por favor dígamela!…—Cuatro lágrimas corrieron, y no fue en las mejillas del rostro de yeso de Cristo, María o algún Santo, sino en las de dos humanos que comulgaban, juntos, pese a la rejilla de madera impuestas por los dogmas, a pesar de la túnica y la orden sacerdotal. El sacerdote apuñó su rosario, cuenta a cuenta hecho por manos humildes. El niño mordió sus labios sintiéndose libre de pecado, pero aún sin penitencia, ni respuestas, guardó silencio, por segundos, que se hicieron horas.
—Yo no soy quién para darte respuestas, si eso es lo que buscas —con voz temblorosa, dijo el padre, como cuando el niño entró al indómito secreto del confesionario, sintiendo un nudo que no dejaba salir las palabras—. Sal del confesionario niño, hermano; hoy tú, con tu corta edad, me has enseñado y confundido más que cualquier lección o hecho de mi vida. Sal y siéntete bienvenido cuando así lo quieras. No te puedo absolver de un crimen del que yo también soy culpable, si tus dudas y razones son falsas, por no poderte corregir, y si son veraces y acertadas por ser tan culpable y víctima como todos nosotros…
Vete ya, ve en paz contigo y con el mundo, que la filantropía de tu corazón para muchos será un norte, y para otros la más horrible misantropía.
Vete y que Dios sea contigo—dijo nervioso y a la vez esperando una respuesta—.
—¡Que Dios se quede aquí con todos vosotros, que aún lo necesitan para poder existir —dijo el niño cambiando el tono altanero que siempre acompaño su voz, por un tono de dulzura y lástima por todos aquellos a los que dirigió su frase, sintiéndose así, como el ser más libre—.
—El niño dejó la caja, con una risita de la paz en los labios, hincándose en el reclinatorio de una banca, simulando unos padrenuestros y unos avemarías.
El padre salió del cubículo, y todos quedaron perplejos, como un loco el sacerdote veía los adornos y lujos del templo, que hasta cierto punto, no sopesaban la parte sacrosanta de lo conocido como Iglesia.

Un año después, este mismo niño llegó hasta el altar de mármol blanco donde el padre estaba, a recibir una pieza de pan y un sorbo de vino, a ojos de muchos la comunión con su dios.
El padre recordó la comunión con el niño, mientras el niño decía un Amén (así sea), que sonaba al oír un "Cuerpo de Cristo" como un "¡Ojalá, así sea…!".
El niño reflexivo se reclinó de nuevo, sin quitar su mirada fija de los ojos del cura.
El Sacerdote titubeó por unos segundos y siguió el ritual.

Años después, contó la gente, que el cura, siendo aún un hombre joven, murió solo en su silla, su rostro estaba lleno de lágrimas, pareciese que una agonía lo carcomió, con una tortura plena, a pasos lentos y dolorosos, sin que nadie, ni su dios, pudiera remediarlo. Quizá un secreto de confesión generó dudas más grandes que el todo en que él creía, y no pudo saber como evacuar esas dudas, por deber guardar el secreto o quizá por ese miedo de confesar su duda, porque veces el miedo a lo que sea es el único obstáculo.
El niño, hecho un hombre joven, llegó a su entierro vestido de blanco y con un ramo de calas.
El pueblo entero lo miró incrédulo y sorprendido de ver al disidente, al controvertido loco que de los dioses renegó, sin caer en la anarquía ni la misantropía.
—Él fue un hombre bueno, pero, como a muchos, el miedo de descascarar el dogma en pos de la verdad lo mató. Y espero que ahora, libre eternamente de la duda, la fe, el dogma, la religión y la razón, puedas descansar en paz. —Esa fue la única expresión que le oyó decir entre dientes al caminar hacia la fosa abierta. Todo el pueblo lo miró con extrañez, sin entender el lazo de aquel loco renegado, candidato a la excomunión sin que le importara, con su ejemplo de santidad y amor a Dios.
—Polvo al polvo… Cenizas a las cenizas…—dijo el nuevo cura—.
Alguno se dejó decir, renegando del joven: "¡El padre es un santo, con enorme temor de Dios, una fe incorruptible y ciega, un hombre que seguramente ha de llegar al lado de Dios, al cielo…!"
El joven gritó a pulmón lleno, causando espanto entre todos:
—Los dogmas son la cárcel mejor disfrazada, y este hombre fue un gran señor. Si Dios existiera, o si por lo menos creyera en él, aseguraría como vosotros que no hay hombre más digno de estar a su lado, y pensándolo bien, por la dicha de todos vosotros ¡Ojalá así sea, Amén y Amén!
—Todos los humanos y el clero presente guardaron un silencio mortuorio, congelados se quedaron viendo cuando el joven loco tomaba un puñado de tierra y lo dejaba caer sobre el ataúd de fina madera de pino, barnizada color vino (así lo pidió el padre, antes de fallecer), con una sonrisa y muchos recuerdos naufragando en su cabeza, reflejados en una lágrima.
Al final el cementerio quedó vacío.
Lo único que hoy día acompaña la fosa es un grafitti en la lápida que se citaba casi como un epitafio: "Aquí yace el único que admitió ser cómplice y víctima de nuestro pecado mortal…"; junto con un ramo de calas que llega mes a mes sin remitente comprobado.
Así termina la historia, del joven y el padre, sin embargo, este es sólo el fin de la Historia, no del Pecado…
22-04-2003

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