Al llegar a la primera sala, recordé que tenía unas tareas pendientes, me despedí de Áluster.
Fui presuroso a la casa de Ifrit, El Maestro, él estaba sentado en la sala descansando sus viejos huesos.
—Salutaciones, Maestro.
—¿Cómo has estado joven Calos?
—Áluster me llevó a conocer la cueva de los domos, donde crían plantas para elaborar las medicinas.
—Veo que no lo has comprendido del todo…
—¿No —objeté —, a qué se refiere Maestro?
—Simple muchacho, nosotros no criamos plantas, simplemente viven con nosotros. No las hemos domesticado, ni a los peces, ni a las aves, ni a ningún ser de los diversos recintos. Todos y todas simplemente viven acá, nos ayudan y tratamos de darles un espacio justo y saludable en recompensa a ello. La labor de crianza es más que un juego de palabras, hasta cierto punto refleja sumisión, no respeto. Nosotros les respetamos y ellas y ellos nos respetan. Es un simple mutualismo, una relación de convivencia. Más allá de un criador que pide a las especies que cría una parte de sí para mantenerles cómodas en el cautiverio, nosotros no tenemos a ninguna especie cautiva, todas son libres como cualquier elfo o kodama, o como tú, que eres bienvenido y puedes marchar cuando quieras. Comprendes…
—Si maestro —respondí —, creo que ahora comprendo. Pero no es tan simple de entender. Sabía que ustedes tenían los dotes de los kodamas para entender a las especies, pero siempre pensé que las serpientes sólo atacaban por hambre o defensa y siempre estaría en uno de esos puntos, no pensé jamás encontrar el equilibrio saberlo.
—Hay tanto que aprender, amigo Calos…
—Espero poder hacerlo maestro, en realidad venía para preguntar si tenía un lienzo y algunos pigmentos, y si conocía algún lugar hermoso que pueda retratar para Nissum, la más vieja de las serpientes. Prometió ayudarme y enseñarme si le llevaba algo para decorar su hogar.
—¡Ah, has hablado con Nissum —dijo —!
—Áluster me ayudó. Supe como hacer para que me entendiera pero aún no sé como escucharla por mi mismo…
—Eso es simple Calos, simplemente mirara a los ojos y respira profundo con la boca abierta, si estás listo para escucharla entenderás sus palabras. Es curioso hablar con las serpientes, ya verás porqué cuando lo logres. Imagino entonces que requieres lienzo y pigmentos. Busca a Amenis, y pídele lo que ocupes, después de que te lo dé dile que te acompañe a mi vista favorita o a explorar con seguridad los senderos del bosque.
—Gracias maestro…
Dicho esto me dispuse a buscar a Amenis en el jardín donde la había visto por última vez.
No me fue fácil encontrarla, creía que aquella hermosura que había visto era única, sin embargo la mayor parte de las elfas tenían una belleza sin igual. Sus ropajes no eran diversos, todas y todos vestían atuendos demasiado similares para mis ojos. Me sentí como buscando una espina especifica en un palisandro, sería más fácil si buscara una flor entre las espinas.
De repente, en medio de los múltiples aromas, percibí uno suculento y conocido, mirtos y jazmines. Al voltear a mi diestra, ahí estaba Amenis, inclinada, moliendo hojas secas de manzano junto con Eucarí.
—Salutaciones, Amenis, he venido a solicitar tu ayuda si a Eucarí no le importa…
—No te preocupes por mí —respondió Eucarí —, al cabo ya estábamos por terminar…
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó Amenis.
—Requiero pigmentos para un cuadro y unos lienzos, además me dijo Ifrit, os pidiera me enseñaras algún paraje hermoso que pueda pintar.
—Está bien, ven conmigo…
Así seguí a Amenis. Primero recogimos algunos de los pigmentos en campos: hongos, flores y frutos variados, siempre Amenis solicitaba el favor del árbol antes de dejarme tomarlo. Al fin tuvimos suficientes gamas para hacer varios cuadros.
Después, fuimos a la biblioteca de magia élfica. Era una instalación inmensa, como siempre en forma de domo, con enormes jardines internos y libros acomodados entre estantes calados en troncos de cenízaros y robles. Caminamos hasta llegar a una pequeña bodega, de ahí sacó cuatro lienzos.
—¿Y estos lienzos —pregunté —, ¿cómo los fabrican? Se ven tersos y fuertes, nunca había visto algo así…
—Bueno, es una combinación cáñamo de cannabis, seda de insecto, el interior de tallos secos de las flores de las liliáceas, sabia de roble, pino y los espinos astringentes de frutos diuréticos, entre otras… —Yo me quedé admirando la suavidad del lienzo, acariciándolo contra mi cara, oliéndolo.
—Vamos pues, a buscar algún sitio donde puedas emprender tu arte Calos.
—Está bien, vamos, tú guíame y yo gustoso te sigo.
Ella tomó la canasta de cáñamo en que llevábamos los pigmentos, yo puse bajo mi brazo los lienzos enrollados y sujeté un rústico caballete. Le pedí la canasta, mas ella solicitó llevarla.
Fue hermoso verla brincoteando por los senderos con la canasta en su mano. Una precisa estampa de inocencia y dulzura, me vi forzado a capturar su imagen en mi mente…
Después de un largo rato de caminar por parajes hermosos y alucinantes, Amenis volvió a hablar:
—Este es mi paisaje favorito… —yo, mientras tanto, seguía perdido en su belleza —, ¿me oyes Calos…?
—¡Ah, sí! —respondí después de unos instantes de letargo.
—¿Qué te parece? —Me preguntó la bella Amenis.
Yo guardé silencio y observé con detenimiento el paraje. Estábamos en el borde de un acantilado en la montaña, un espacio de pendiente de más de trescientos pies de caída. Había un espacio pequeño antes del barranco. Como marco nos protegían pinos y abedules pequeños, pero de tronco grueso, entre ellos se veía un colosal lago, con una pequeña casa donde se amontonaba paja para darle alimento al ganado y una visión muy lejana de La Comarca, después del lago. Era un paisaje lleno de verdor y simpleza, largo en perspectiva, pero con una imagen concisa de nuestro mundo.
—Me parece perfecto.
—Me alegro que te guste, es mi lugar favorito.
—Pues, creo que a partir de ahora será el de ambos, si no te molesta compartirlo.
—No, Calos, claro que no me molesta. Ojalá yo pudiera estar acá siempre, contemplando la hermosura que nos espera a tan poca distancia.
—Y, ¿por qué no vas a conocerla en persona?
—Claro que la conozco Calos, sin embargo, cuando se está allá, la montaña también se presenta hermosa, y este bosque es mi hogar… En fin, debes a empezar antes que inicie el anochecer.
—Cierto, siéntate acá a mi lado mientras pinto…—Amenis se sentó sobre un tronco muerto mohoso como de cuatro pies por dos de grueso. Yo inicié con la labor, cuidando cada detalle del paisaje. Amenis se mostraba curiosa poniéndose cerca de mi espalda mientras yo movía el pincel de crin de caballo sobre el lienzo. Esto me inquietaba y distraía. Quizá deseaba dejar de lado el paisaje y prestarle atención a la belleza que tenía a la espalda, pero no podía, quería hacerlo, pero mi labor era para Nissum.
—Tengo una idea. —le dije a Amenis.
—¿En qué piensas Calos…?
—Espero no sea mucho pedir… este sitio es muy bello pero le falta algo… —Arrastré aquel tronco y lo puse en perspectiva del barranco, y guardé silencio por unos instantes.
—¿Y ahora Calos —preguntó la bella elfa —, ahora sí está completo el cuadro?
—Realmente no —contesté —. Deseo más belleza y misterio dentro de La Natura. Te gustaría sentarte a ver el atardecer en ese tronco…
—¿Yo? —Me preguntó Amenis, con una sonrisa en la cara como si pensara que me burlaba de ella — ¿Qué haría yo en tu cuadro…?
—¡Shhh —interrumpí —!, ¿Quién es el “artista”?, confía un poco en mi visión de mundo, juro saber lo que hago… —lentamente, viéndome con ojos solemnes y desconfiados, Amenis camino dándome a medias la espalda hasta llegar al tronco, y se sentó sutilmente — ¿Ahora te parece bien…?
—Más o menos —dije mostrándome dudoso. Me acerqué lentamente hacia ella y sujeté su rostro —… ¿Puedo indicarte como posar?
—Ya lo dijiste, tú eres el “artista”, supuestamente yo sólo era tu guía y ahora soy parte del cuadro, ¿qué puede opinar una modelo inexperta…?
—No digas eso —recalqué —, eres una bella parte del paisaje, siempre lo has sido: es tu paisaje. Sería injusto retratar el horizonte omitiendo la silueta de quién lo admira. —Dicho esto, ella cambió la mirada, ahora me veía sin desconfianza. De nuevo emergía esa mirada dulce que tanto me gustaba (hasta cierto punto me dio lástima no poder dibujarla, pero en la perspectiva de cuadro sería casi imposible hacerlo sin omitir detalles del contorno). Inicié a ayudarle con la postura. Al final, estuvo en una postura preciosa. Uno de sus pies descalzo sobre el suelo y el otro apoyado sobre el tronco, la mano izquierda sobre el tronco, ayudándole con el equilibrio y la derecha señalando al sol que iniciaba su descenso sobre los arrecifes del mar de las nereidas, su cuerpo ligeramente reclinado hacia atrás y su rostro negándose al poniente, como buscando las estrellas en el otro extremo del cielo. Una vez posicionada me apresuré a continuar con la pintura. Logré acabarla justo cuando el sol moría, esto me permitió grabar el matiz de su ropaje traslucido con los reflejos celaje, como si un aura de luz protegiera su cuerpo en lugar de ropa.
—Listo —dije —, ya puedes descansar.
—Quizá cambie de posición pero quiero terminar de ver como nacen las estrellas… ¿Me vas a mostrar el cuadro? —Preguntó mientras se incorporaba para poder mirarme al rostro.
—Claro, pero te advierto que puede necesitar algunos retoques y la pintura está aún fresca…
—¿Te gusta? —Pregunté
—Más o menos —digo con una sonrisa curiosa en su semblante —… me gustaría verte sentado a espalda hablándome al oído… pero vamos que se nos ha hecho tarde. —Ella salió corriendo sin darme espacio a respuesta, tuve que recoger a toda prisa las herramientas y el caballete. Por más que corrí siempre se mantuvo a varios pasos de mí… Al rato, logré llegar a la casa de Ifrit, donde Áluster, Amenis e Ifrit, me esperaban en la puerta. Yo puse todo a como pude para descansar los hombros.
—Vaya, por fin has llegado —dijo Ifrit —. Ya me estaba preocupando. Sinceramente no me gustó que Amenis me dijera que por jugarte una broma te dejó rezagado. En fin, ¿puedo ver la pintura?
—Si Calos, tenemos curiosidad, Amenis nos dijo que eres un verdadero artista. —dijo Áluster, un poco impaciente.
—Pues bien esta es la obra… —Al descubrirla, vaya desilusión. La pintura fresca se había mezclado por la premura del regreso. Todo el lienzo estaba aparchonado. El lago y el campo se encontraban combinados. Los árboles tenían los matices del celaje y el cielo se mostraba impresionantemente verde. Quizá lo que más me dolió es que no se podía distinguir la figura de Amenis que con tanto detalle había expresado, era un simple borrón.
—Es un poco abstracto, no crees Calos… —dijo Áluster confundido.
—Definitivamente no entiendo esto de la modernidad del arte. —dijo Ifrit.
—¿Qué pasó con tu obra? —preguntó Amenis.
—Simple —respondí un poco molesto y decepcionado —, la pintura estaba fresca cuando tuve que correr tras Amenis, por tanto en el viaje no pude cuidar que no se dañara. Mas no importa, en mi mente está el recuadro y aunque me desvele podré rehacerlo.
—Pues bien —dijo Amenis —, vamos a cenar y después verás Calos.
Todos nos dirigimos en silencio hacia dentro. Nadie dirigió palabra más que el común agradecimiento a La Natura por los alimentos. Antes que la luna estuviera posada en su cenit todos buscaron refugio para el sueño.
Yo por mi parte me atrincheré en la pequeña sala, cuadrando el caballete para reiniciar la obra.
A fin la tuve lista de nuevo, sin embargo, quizá por un poco de ira, omití a Amenis aunque dejé el tronco. Sin embargo, tenía algunas ideas curiosas así que hice dos más para saciar las imágenes que había creado en mi mente durante el recorrido.
En segundo lugar, ya un poco más relajado, logrando casi por completo olvidar el incidente que arruinó el anterior cuadro, dibujé a Amenis trotando con la canasta en la mano, esa imagen que se había pegado a mi cabeza cuando íbamos en busca del paraje.
En tercer lugar, volví al primer cuadro, tal como lo había expresado en el momento de su creación con la hermosa figura de Amenis. Trate de complacerla. Dibujé una sombra tenue, sentada también sobre el tronco, sujetándole la espalda como en un baile apasionado, el rostro de la sombra estaba recostado sobre el pecho de Amenis. No obstante, se me agotaron los pigmentos así que no pude terminar de definir la sombra ni posicionar los árboles para encerrar el cuadro. Quedó flotando en un espacio blanco, no me afané, la simpleza y el misterio de sombra me gustó.
Esperé un poco para que se secaran los pigmentos, luego cubrí el caballete de tal manera que pareciera sólo haber una pintura, la primera de la noche.
Antes de darme cuenta el sueño me embargó, caí rendido en la misma alfombra que me cobijó la noche anterior.
Al alba un ruiseñor me llamó a andar. Al abrir mis ojos lo primero que vi fue a Amenis y a Ifrit admirando la pintura.
— ¡Vaya Calos —dijo Ifrit —, parece que no en vano pasaste la noche en vela. Es hermoso, el precipicio de Holm, El Abedul, es una visión preciosa y encierra una interesante historia.
—Y, ¿cuál es la historia maestro? —pregunté…
—Admiro tu curiosidad —exclamó el anciano —…
Hace muchas primaveras una sámara de abedul volaba buscando un buen sitio. Cuando vio este paisaje se enamoró de él y se dejó caer frenéticamente. Cuando germinó trató de crecer al alto como pudiera para observar con mayor detalle, quería mirarlo cómo lo había visto desde el aire, así que creció más de lo normal, casi cien pies.
Con el tiempo denotó que a su espalda ningún árbol germinaba. Con el tiempo (los árboles tiene mucho) descubrió que él estaba obstaculizando la visión a los pequeños, su avaricia había dejado a muchos sin el gusto de mirar lo que él observaba todos los días a cada instante.
Tratando de reparar su error empezó a mover sus raíces, a cómo pudo, tratando de desplazarse un poco para abrir un espacio. No obstante, su peso le hizo aflojar la tierra que le sostenía haciendo que esta se enfilara al vacío dejando abierto el barranco que hoy lleva su nombre.
En la caía dejó cientos de sámaras por todo lugar, en su sitio original, escalando el despeñadero y al final de éste. Holm, El Abedul, murió al pie de la pendiente, sus viejas raíces no lograron sostenerlo, además había quedado acostado en el suelo. Se secó y murió con el tiempo. Nadie pudo hacer nada por ayudarlo, era demasiado grande para enderezarlo y demasiado viejo para trasplantarlo.
Ningún árbol a ocupado su lugar desde entonces, pero cientos han crecido y muerto ahí, tratando de crecer sólo lo necesario para no arruinar la perspectiva. Aprendieron la lección de Holm
Esto nos deja varias moralejas: se debe renunciar a la visión del vuelo cuando ya tus raíces te atan al suelo; nadie debe crecer más de lo que dicta La Natura, ella sabe porque los robles son inmensos y pequeños los avellanos; cuando buscamos un lugar para plantarnos es necesario escoger el apropiado, no sólo para nosotros y nuestras filias; corregir un error craso puede ser mortal, pero es mejor morir en paz que vivir con la impotencia y la arrogancia de saber que se está afectando a alguien o algo; y, si has crecido por un error probablemente cuando caigas nadie te podrá ayudar.
—Entiendo maestro —dije—, por eso es importante aclarar la misión de la vida antes de plantarse, decidir que se quiere y pensar en las consecuencias de todas nuestras acciones antes de tomarlas, y, por sobre todo, estar dispuesto a asumir las consecuencias.
—Si joven Calos —dijo Ifrit mientras Amenis se mostraba circunspecta —, a veces la mejor manera de hacer estos cuestionamientos es simplemente mirar el entorno para saber porqué pasan los acontecimientos y deliberar si es posible el cambio o es más sabio adaptarse. Bueno es hora de que parta, debo ir al Consejo. Amenis, por favor acompaña a nuestro invitado, ya arreglé con Lamu para que te cubra en tus quehaceres, Áluster vendrá por él cuando no se distancie la sombra de sus cuerpos. —Dicho esto Ifrit, El Maestro, abandonó la sala, dejándome a solas con Amenis. Ya a solas Amenis comenzó a hablar.
—Disculpa por lo de ayer, realmente me había gustado la pintura, pero después tuve temor de la reacción del Maestro, pudo considerarla vanidad, y no lo soporté.
—Comprendo, me extraño sobremanera tu actitud, además te tengo una sorpresa, bueno en realidad dos…—me acerqué al caballete y liberé la parte inferior del lienzo, para mostrarle las otras dos pinturas — ¿Qué te parecen…?
—De nuevo te repito: me encantan. Pero, por favor, no se las enseñes al maestro.
—Tranquila, si así lo quieres será nuestro secreto, además, como ves, las tenía escondidas. Si gustas puedo dejarlas así y llevárselas a Nissum tal y como estaban. Así será un secreto a vista del mundo, creo que es la mejor manera de guardar secretos.
—Está bien. ¿Qué quieres hacer hoy?
—Realmente, aún que disfrute mucho tu compañía, prefería recorrer los parajes yo solo.
—Está bien, yo le informaré a El Maestro. De todos modos estaré por ahí si me requieres.
—Sabés sólo tenía una pregunta…
—¿Cuál? —me dijo gustosa.
— ¿Cuántos ciclos solares tienes?
—Vaya, es una pregunta un poco indiscreta…
—Sí, lo sé, pero realmente me encanta tu belleza, y quiero saber durante cuánto tiempo se ha formado.
—Bien, te agradezco el halago, no obstante, no debes sorprenderte con mi respuesta, nací en la mitad de la segunda luna, de hace dieciocho primaveras, del amento de un avellano, por eso mi nombre es Amenis.
—¿Del amento de un avellano? —cuestioné —¡¿Cómo así?…!
—Los elfos somos descendientes de los Kodamas y los árboles también, cuando un kodama planta un árbol, a los años, el árbol el año agradecía dándole un hijo, un elfo. Con el tiempo los kodamas dejaron de plantar árboles, nosotros tomamos la tarea. Por esos los Kodamas son nuestros padres y de vez en cuando se nos concede un hijo…
—Pero, según lo que decía El Maestro, ustedes pueden vivir milenios, por qué si eres tan joven, tienes una forma relativamente madura.
—Es más simple de lo que crees, aunque no debería contestarte porque sólo era una pregunta, ¿no…?
—Si pero en estos días he comprobado que las respuestas son muchas veces las que formulan nuevas preguntas.
—Pues bien: ¿Cuántas primaveras pueden tener esos tres árboles? —dijo señalando tres abetos igual de altos pero diferente grueso
—Disculpen hermanos abetos, podrían decirme: ¿cuántos otoños han visto? —dije dirigiéndome a los árboles. Pasó la brisa y cada cual dejo caer cierta cantidad de hojas; el delgado: unas veinte; el más robusto: incontables; el otro, no dejó caer ninguna.
—Ves todos han tomado la misma altura, pero uno es más viejo que el otro, saben hasta donde tienen que crecer para llegar a su máximo punto, pero han visto diferente cantidad de otoños.
—Y, ¿por qué el otro no ha arrojado ninguna de sus hojas?
—Simple, el es el más viejo, se hubiese quedado desnudo y aún no es tiempo de hacerlo.
—Entonces, aún no entiendo.
—Bien, las y los elfos, crecemos rápidamente como un árbol, y después de los veinticinco en promedio, dejamos de hacerlo, hasta que ya han pasado muchos inviernos y no tenemos suficientes hojas que dejar por cada año, ahí nos hacemos viejos…
— ¡Umm, ya! —respondí perplejo.
—Bueno entonces te dejo, ya sabes si requieres algo, sólo búscame. Por cierto el que más me gustó fue el de la sombra que me sostenía como bailando…—Me dio un beso en la frente y partió. Yo me sentí impotente era la segunda vez que decía algo perturbante, se mostraba halagada, pero al decirlo emprendía la huida… En fin, fui a solas por el tercer legajo y un lugar en dónde leerlo.
miércoles 23 de marzo de 2011
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1 comentarios:
k bueno k decidiste publicar el resto de la historia
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