Percibí al sol, sobre mi cara, y escuchaba el trino de infinidad de aves circundando la ciudad.
Sentía mi cuerpo calidamente cubierto. ¡Vaya, una de esas dulces sensaciones que no se pueden olvidar!
Abrí mis ojos legañosos y una silueta se posaba a menos de un palmo. Parpadeé para enfocar la mirada y descubrí lo que sospechaba, dulcemente rendida sobre mi hombro el rostro de Amenis me miraba.
Habíamos pasado la noche abrazados, dándole sano calor a nuestros cuerpos. Ella se dejó dormir sobre mi brazo, yo le puse el mío en la cintura.
Ella al parecer hace rato se había despertado, pero se quedó inmóvil, simplemente observándome.
—Buenos días —dije —, ¿has dormido bien, llevas mucho rato despierta?
—Solo un pequeño lapso, me despertó un ruiseñor con su bello canto. Mientras lo escuchaba veía tu rostro, apacible, sonriente e inocente. Disculpa si te molestó mi mirada, juró que lo último que quería era levantarte.
—No te preocupes, el sol siempre sabe sacarme del sueño, además es impresionante amanecer siendo observado. Amanecer y observar unos ojos que te observan… Despertar entre el cálido abrazo que aún sostenemos por más que ambos ya estemos despiertos —dicho esto nos soltamos velozmente, pero yo volví a tomarla por la cintura —… ¿Para qué renunciar al calor que nos cobija y a las miradas que no endulzan la mañana?
No acabé de decir esto cuando Ifrit, se asomó por una ventana:
—Vamos dormilones, hay mucho quehacer, el alba nos invita al trabajo.
—si señor —contesté.
—Calos, por favor a partir de ahora llámame maestro.
Sin más nos incorporamos del suelo. Nuestros cuerpos habían dejado marcas en la alfombra, la sacudimos un poco tratando de borrarlas. Mientras tanto nuestras miradas se cruzaban de una manera cómplice y curiosa.
Amenis era demasiado hermosa, delgada y curvilínea, como de cinco pies de alto, cabello negro por media espalda con un corte en picos y capas. Tez blanca sin llegar a ser pálida. Sus ojos incrustaciones precisas de gemas preciosas color miel, felinamente alargados y grandes, llenos de misterio y sapiencia. Labios voluptuosos y carnosos, como duraznos dulces y hermosos. Y, por sobre todo, un donaire de seriedad e inocencia, ampliamente tentador y perturbante. Su cabellera estaba adornada con jazmines y mirtos. Su vestido era un tipo de túnica holgada casi traslucida y bajo ella su piel se mostraba tentadora pero aún protegida por ligeras ropas hechas de pequeñas hojas. También tenía una voz un poco soporífera y alucinante, con tono de erudita pero corazón abierto a aprender. Simplemente me quedé impresionado con su belleza, aparentaba unas dulces veinte primaveras.
Salimos del recinto y fuimos en busca de Ifrit.
Conversamos brevemente, ella me explicaba un poco de su ciudad, a menos de cincuenta pasos Áluster nos llamaba, así que acudimos.
En medio de un inmenso jardín estaban muchas y muchos elfos preparando brebajes. Amenis buscó sus tareas y se perdió de mi vista. Áluster seguía acompañándome.
Al mirar la estructura, al fondo miré una cueva.
—¿Qué hay allá? —le pregunté a Áluster.
—Allá están las salas de cosecha, en ellas cultivamos todas las plantas que necesitamos para hacer nuestros bálsamos y ensalmos.
—¿Bajo tierra —dije —, en el seno de la montaña?
—Sí, cada planta tiene usos prácticos, pero también tiene necesidades especificas, así que generamos un ambiente idóneo para ellas en cada una de las recamara bajo tierra. En las salas, no hay vientos que perturben ni plagas. Los insectos son residentes según se sepa que ayudan en lugar de perjudicar, al igual que las aves y otras especies.
—Y, ¿podemos entrar?
—Claro Calos, vamos, pero recuerda que son secretos entregados los kodamas, y, aunque su uso no puede hacer daño, sólo ellos saben a quién otorgarlos.
Entramos a la cueva, bajamos la cuesta de más de cien pasos.
Todo el centro de la montaña estaba hueco, como un enorme invernadero. Lo primero que observé fueron los grandes cristales en el techo. Me recordaba aquella sala, la sala que debía mantener en secreto.
La primera sala era de más de trescientos pasos, sobre ella se posaba una enorme cantidad de esmeraldas. Las plantas que crecían eran fundamentalmente hongos, musgo e inmensos árboles.
Por el sendero, se veían pasar serpientes y roedores. Entre las ramas de los árboles murciélagos dormían placidamente.
—¿Cómo logran tanta humedad en una cueva? —pregunté
—El color de las esmeraldas desprende una luz fresca, permite a los musgos crecer como en casa y a los árboles posarse generar un bosque en plena montaña. Si miras bien hay enormes corredores de agua, la cantidad precisa que necesita la tierra para nutrir a todos.
Caminamos por el sendero de piedras blancas y pequeñas, hasta llegar a la siguiente sala. Era un campo amplio, el techo estaba cubierto de citrino, no habían canales de agua y las formas de vida eran escasa. Un colosal calor invadía el cuerpo.
—¿Qué son estas plantas tan extrañas? —pregunté
—Bien aquellos grandes, son cereus, deberías verlos de noche, abren sus flores al frío de la madrugada son geniales para desnutridos o deshidratados. Muchos otros son opuntias, su savia es altamente curativa para quemaduras internas y externas, también hidratan. Aquellas son euforbias la mayoría son de ingestión mortal pero sus raíces son ampliamente usadas y algunas hasta deliciosas, sus semillas son gran alimento para aves y sus savias sirven para hacer aceite. Estas en particular son liliáceas, se pueden comer sus hojas, nutren más que muchas carnes juntas, limpian el estomago en caso de indigestión, regeneran la piel, en fin son muy útiles y las adoran los colibríes.
—¿Y por qué un suelo tan reseco y tanto calor, dónde están los animales?
—Pues las plantas son supervivientes, si las pusiéramos en medio bosque probablemente se ahogarían, éste es su ambiente y su casa, acá se les puede sacar mayor provecho y ellas son felices acá, por eso nos dan mejores frutas.
Imagina a una nereida en una cárcel de cristal, por más que se semeje a su hogar, si no ama su espacio no podría cantar más que la melancolía de su antigua patria: la inmensidad del mar. Por eso, les pedimos nos acompañaran, hace siglos y se quedaron disfrutando su nuevo hogar. A veces nos reclaman un poco, como inquilinos quisquillosos: que sus vecinos les tapan la luz, que quieren medio cántaro de agua… En fin, nosotros las cuidamos lo mejor que podemos y a la hora de ocupar uno de sus frutos, hojas o raíces nos la dan si mayor obstáculo…
Los animales son más inteligentes de lo que crees. Con este calor serían consumidas sus fuerzas (esperan a la noche para mostrarse) hay desde serpientes, arañas y escorpiones mortíferos hasta roedores inocentes.
—Entiendo —dije—, todo tiene su lugar en La Natura y su uso, si se le pide de la manera correcta.
—Quizá lo mires con mayor claridad en el próximo recinto. —Respondió Áluster, dejándome un poco desconcertado.
Así pasamos al siguiente escenario, tras la puerta nos esperaba un inmenso estanque plagado de un olor a húmedo. Se colgaban sobre nosotros infinidad de teas iluminando, extrañamente la luz no provenía de cristales, dado que el domo se formaba fundamentalmente de ópalos opacos, con gamas negras y verdosas.
Dentro del estanque se veían musgos y lirios. Además centenares de peces saltando amontonadas. Truchas de dorso pardo verdoso, carpas plateadas como espejos y blancas con motas variadas. Gran cantidad de insectos vivían fecundamente en el estanque. Las ranas de colores vivaces saltaban entre los lirios degustando mosquitos.
De pronto, un gran animal gris oscuro abatió contra el agua turbulenta robándose una carpa moteada de más de un palmo.
Sentí una enorme presencia a mis pies, a mi diestra un pitón dormía la siesta. Un poco horrorizado me acerqué más a Áluster. Él simplemente sonrió.
—No debes temer —me dijo —, nosotros no estamos en su dieta, la mayor parte de las bestias sólo atacan si se sienten en peligro o tiene hambre, pero prefieren presas naturales y no visitantes desconocidos.
—¿Cuándo llega algún intruso, no le preguntan si se lo pueden comer? —le dije
—No precisamente —respondió con un gesto de “no seas torpe”—, estudian sus costumbres, para ver que hacen, si deben temer, cazar o convivir, en los dos primeros casos atacan. Mira…
Sin más, introdujo su mano en el agua y la movió en círculos, de pronto cinco enormes serpientes se hicieron presentes en el sendero.
Áluster inició un extraño seseo y todas las alargadas oyentes se treparon en mi cuerpo.
El miedo se reflejaba en mi rostro atónito. No pude soportar el dolor cuando una de ellas empezó a presionar mi brazo izquierdo con su musculoso cuerpo. Cuando dejé salir el grito, todas empezaron a estrujarme.
Áluster miró con gravedad a los reptiles y empezó a gritarles en su seseo, todas me soltaron y volvieron al agua sin quitarme los ojos de encima.
—¿Estás bien? —preguntó Áluster, altamente preocupado
—Entre lo que cabe, definitivamente fue tremendo susto, en qué estabas pensando.
—Quería demostrarte lo que dije, pero al sentir miedo, ellas lo olieron y te catalogaron como presa.
—Así que ahora sí estoy en su menú —le dije asustado mientras los ojos de tres de ellas parecían deseosas de probar un bocado de mi carne.
—Mírame —dijo sujetándome fuertemente por los hombros—, debes estar circunspecto para presentarte a ellas…
—Define circunspecto —interrumpí.
—Bien, debes estar tranquilo, sereno y serio aunque amable. Si te muestras asustado te llamarán bocado. Si te muestras altanero o violento te llamarán depredador. Así la única manera de convivir es conviviendo. Por ejemplo, algunas serpientes hace sonidos de seseo o mueven sus cascabeles lo hacen para decir se sienten acosadas.
Todas las serpientes, para seguir con el ejemplo son sordas, puedes hablarles y pedirles piedad o tiempo para explicarte que no podrán escucharte. Pero tienen un agudo sentido del olfato, pueden oler tu sudor con ello saben si estás asustado. Además su lengua les permite oír a través del aire cuando lo llevan a su boca, el seseo es simplemente una manera de regular el aire para que ellas puedan interpretarlo saboreando nuestro aliento y entender qué buscamos.
Debes aprender a no temerle a las “bestias”, muchas veces ellas nos temen más a nosotros. Sin embargo, están dispuestas a arriesgarse a escuchar si demostramos que nuestras intensiones son sanas.
Respira profundo, y extiéndeles la mano, demuéstrales que no les temes, y verás…
Así lo hice. Estiré mi mano con vigor y volteé a verlas con altivez, dos de ellas se marcharon, pero una, (la más grande) casi demora mi mano.
Áluster inició de nuevo el seseo y la serpiente tomó distancia.
—El orgullo es símbolo de fuerza y depredación, si les vez así entenderán que te crees más fuerte que ellas, por consiguiente alguna te retará a probarlo. Otras en su lugar como unas que viven en el desierto, si la táctica de amenazar no funciona se posan como muertas esperando el momento de atacar o huir: el que se presente primero.
Debes verlas como iguales, ni creerte superior ni mostrarles miedo. Sólo así se gana el respeto que gobierna La Natura, el respeto mutuo. Deseas volver a intentarlo… —antes que terminara esto yo ya comenzaba a estirar el brazo — ¡Eso es sonríe un poco…!
Cuando mi brazo estuvo completamente erecto, aquella serpiente que casi devoró mi brazo, se irguió al frente de mis ojos, cruzamos miradas y después, casi tiernamente, se deslizó sobre mi cuello como una estola, así se mantuvo un rato. Yo por mi parte, acaricié sus escamas mientras ella olfateaba con su lengua áspera mi cuello y oído.
—¿Trata de decirme algo? —Pregunté a Áluster.
—Sería sabio que trataras de escucharla tu mismo, pero sé que es una tarea difícil.
Pregunta: “¿a qué juegas, qué eres, porqué no decides de qué lado de la cadena natural estás?”
—Dile que estoy aprendiendo de los elfos, que deseo saber todo lo que La Natura me pueda enseñar, en el corto tiempo de mi vida. Pregúntale cual es su nombre y si me quiere ayudar…
—Trata de decírselo tú.
—Pero cómo lo hago.
—Es simple, piensa lo que quieras decirle, y mientras lo haces sesea, de manera natural y espontánea, eso es todo…—empecé a sesear y a repetir en mis adentros la idea que había expresado a Áluster, la serpiente me miró con atención, cuando terminé ella al parecer me respondió.
—Dice —comentó Áluster —: “gustosamente te ayudaría, soy la más grande y vieja de las pitón de este pantano, mi nombre es Nissum, igual que mi madre, la más vieja, la reina de todas las serpientes. No obstante, siento tu piel suave y tersa y me gustaría degustar el sabor de uno de tus miembros, una mano estaría bien…” —Cuando Áluster terminó, yo inicié a sesear de nuevo, para responder Nissum. La serpiente seseo un poco y regresó al agua.
—Fue muy sabia tu respuesta Calos, quizá la mejor que le pudiste dar. Además preguntarle su nombre es lo que inicia una relación de respeto.
—¿Tú lo has escuchado?
—No, los sonidos del seseo no dicen nada, pero se puede leer la impresión en el aire o el agua, así que todos los presentes te han escuchado. Decirle a Nissum: “sería corto el precio, pero soy pintor y ocupo mis manos para seguir mi arte y expresar lo que mis ojos ven. Además soy el sucesor de Claus El Viejo, y quizá él conoció estás artes sin pagar ese costo.”
—¿Y qué dijo ella al final, antes de volver al agua?
—Simple, dijo: “el favor que pides te será concedido con dos condiciones, la primera debes aprender a escucharla y la segunda ofrendarle una pintura de tus manos, para embellecer el recinto…”, el que sean sordas las hace apreciar las bellezas visuales.
—Entiendo, me parece ampliamente razonable. Puedes decirme como puedo escucharles y…
—Esas respuestas ya las conoces —interrumpió Áluster —, o las conocerás, recuerda lo que te dije de los árboles, y tú solo lograste escucharlos.
Así, salimos de la habitación, completamente en silencio, yo por mi parte pensaba en lo dicho por Áluster y Nissum.
—Esta es la última sala —Dijo Áluster.
Al cruzar la puerta nos encontramos unas escaleras elevándose vertiginosamente. El ascenso continuó hasta llevarnos a la cima de la montaña.
El aspecto no era el normal de las montañas de la zona —usualmente las montañas del bosque se presentaban siempre verdes y nubosas —, tenía un domo de muchas joyas, fundamentalmente transparentes las cuales amplificaban los rayos solares.
Así la cima se presentaba rocosa y árida, más cercana a los legendarios parajes donde habitan los trasgos. Con malezas completamente extrañas a mis ojos.
—¿Qué es esto —pregunté —?, huele muy bien.
—¡Cuidado! Eso es elitur, es venenosa al contacto.
—¡Ah! —exclamé retrocediendo.
—Vez, este es un ejemplo claro de lo curiosa que es La Natura, el elitur es altamente letal, pero su raíz es lo único que puede contrarrestar el veneno de la mandrágora espinosa: la de espinas rojas y hojas azules. Curioso, a veces el más violento veneno solamente puede ser curado con otro igualmente potente.
Esta es la última sala, su necesidad fue la base de la idea para construir todo esto.
—¿Por qué?
—Cuando la pareja de Náyax murió por la distancia que se tenía que recorrer para conseguir la cura al veneno, los ancianos del pueblo lo analizaron. Muchos antídotos se encuentran a días de viaje en relación a las enfermedades. Por ejemplo, imaginemos los té aromáticos, si cada vez que quisiéramos uno fuéramos a cosecharlos, muchas veces tardaríamos días en poder tomar el té que deseamos.
Así, pedimos la sabiduría de los kodamas y la ayuda de los enanos para construir un portal igual en las antiguas tierras, la obra nunca fue terminada, por el inicio de la guerra.
Al llegar acá comenzamos de nuevo, nos tomó más de doscientos veranos concluirlo, pero lo lograron.
Este es un secreto que los kodamas nos confiaron para poder facilitar nuestras labores como curanderos de este mundo.
Creo que es hora de volver.
—Está bien —dije mientras seguía observando aquel paraje extraño —, ¿por dónde nos devolvemos?
—Simplemente debemos bajar la colina y estaremos de nuevo en la primera sala.
Así emprendimos el descenso. Mientras caminábamos, se me ocurrió preguntar…
—Áluster, ¿por qué los humanos jamás lograron dominar todos los secretos de la medicina natural?
—Cuentan los ancianos que muchos humanos, se decían poderosos curadores, argumentaban problemas sobrenaturales y muchas veces mataron a humanos usando recetas incorrectas, si hubiesen estado dispuestos a aprender, los elfos les hubiésemos enseñado, pero el orgullo y sentimiento de ser superiores son los dos vicios más letales para cualquier especie. Es una autocondena a la extinción —cuando dijo esta palabra hasta los arbustos temblaron —, una cadena sin fin, por voluntad propia de aniquilar todo, siendo ellos sólo una ligera parte del todo.
La naturaleza es la única que tiene la completa sabiduría y sabe porqué se generan todos los eventos de nuestro plano y la distribuye a través de los kodamas. Hay muchos secretos que los kodamas no nos revelan a los elfos. Prefieren que sean otras especies las que nos los cuenten.
La vanidad de creerse superiores por conocer cómo ayudar a los demás, incluso el cobrar por los servicios es algo que La Natura, los kodamas y las otras especies, no ven con buenos ojos, y consideraron sería mejor dejarlos aprender lecciones de humildad antes de lecciones de medicina. Para los humanos, generalmente, la sed de conocimiento es justificada únicamente por la sed de poder, no por la sed de ayudar o convivir…
Haciendo como si hubiese comprendido la totalidad de sus palabras guardé silencio y continuamos bajando.
miércoles, 23 de marzo de 2011
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