miércoles, 23 de marzo de 2011

Avallach-06-El Domo Secreto

En medio de la solemne madrugada, terminada la tarea y a punto de buscar un poco de agua para mi garganta, Ifrit me invitó a compartir su casa, mas tuve que rechazar la tentadora oferta, esto molesto ampliamente a Áluster. Sin embargo Ifrit no se inmutó y me solicitó le visitara cuando el sol rayara.
Dado que vi probable la extensión de mi estadía le pedí a Neter que se hiciera cargo de mi rebaño, si decidía pasar más de una noche en las murallas élficas.
—¿Estás pensando mudarte? —me preguntó.
—No, simplemente creo que hay secretos que deseo conocer e Ifrit ha solicitado mi presencia, no sé cuanto durará la visita, recuerda que el cargo que Claus me adjudico, necesita conocimientos que aún no tengo y ellos tal vez sean quienes puedan develarlos a mis ojos.
—No te preocupes por tu rebaño yo cuidaré de él —entonces hizo mutis y prefirió buscar el sueño.
—¿Qué pasa por tu mente Neter? —le pregunté — Acaso, aún no disculpas a tu progenie por no otorgarte el cargo de orador y dármelo a mí. Sabes a bien que no pedí la distinción ni las responsabilidades, simplemente me tocó aceptar lo que Claus, El Viejo, había solicitado en sus cartas premortem.
—No es eso, hermano. La curiosidad me carcome: ¿qué hay en el tercer paquete, por qué no puedes contarlo?
Con tu intervención de esta noche, supe que jamás podría ponerle tanto amor a la narración de historias tan arcaicas, ni recordar los detalles como si hubieses estado ahí. En fin, lo que me enseñó este día de sorpresas, luto y derivas es que no aprendí todo lo que tenía que aprender de mi maestro, eso me deja un enorme sinsabor en las entrañas…
—Comprendo —le dije —, pero no te preocupes te prometo que si puedo, te contaré lo que dice el tercer sobre, no hay secretos que no deban develarse a los alumnos, pero recuerda que Claus, también te dejó muchas obligaciones antes de partir al irremediable viaje, ahora está en tu haber cumplirlas con honor como bien decía Claus y recuerda lo que dijo Ifrit cuando leíste mi nombre en el sobre y quedé perplejo: “…si designó tu nombre él sabe por qué lo ha hecho, la sabiduría era su don más preciado…”
En fin también designó tu nombre y te pidió que guardaras La Comarca en su ausencia, esa ahora es tu misión más preciada.
—Gracias, Calos, ahora puedo dormir en la tranquilidad del pasto, y he de tratar de aprender lo que no quise o no pude hacer en su tiempo.
Así ambos buscamos el sueño, en un césped húmedo y oloroso a fresco. Dormimos hasta que rayó el alba.
Dos hadas vinieron a buscarme, legañoso me levanté y caminé pausadamente hasta llegar a la colosal puerta del pueblo de los elfos.
Quizá no era un palacio como el descrito por Claus, El Viejo, en sus historias del antiguo reino. Se notaba completamente lleno de verde. Musgo en las paredes blancas de las cuales salían ojos negros y curiosos, de kodamas saludando y despidiendo a los transeúntes sin decir palabra sólo hacían movían su cabeza para que su cuello hueco repleto de semillas sonora. Toda clase de árboles y plantas decoraban los senderos.
En el fondo la boca de una gran cueva. Caminamos por minutos por las marañas de musgo y el hermoso olor flores y hongos, cientos de ramificaciones le salían a la cava, era la madriguera de muchos duendes, que ampliamente temerosos habían venido a habitar en la protección del bosque élfico.
Las hadas que me acompañaban me pidieron que siguiera sólo dándome una flor que juntaron del suelo
—Nosotras, no te acompañaremos donde Ifrit, El Maestro —dijeron sus voces, cuando ya no podía verlas, el eco hacia que sus voces rebotaran para que fuese imposible encontrarlas —, tenemos una cita con nuestros amigos duendes. Vamos a crear arreglos florales para decorar el tallo de Claus, El Viejo. La flor que te dimos ha nacido en esta cueva y conoce todos sus secretos. Deja que el aire se la lleve, si eres digno de visitar el hogar de los elfos guiará tu paso hasta ellos, sino, benévolamente, te mostrará el camino de regreso…
Sin más remedio que la confianza, a sabiendas de la pureza de las hadas, sin miedo arrojé la flor al aire y ésta calló al suelo…
—¿Qué ocurre —vociferé asustado —, por qué la flor no me ha mostrado nada?
Sólo el silencio respondió a mis súplicas.
Después de varios minutos de letargo, tratando de vislumbrar alguna de las rutas, traté de arrojar de nuevo la flor al aire, pero igual caía sin mostrarme nada.
—Esto es un juego —pensé levemente —, o quizá sea otra prueba escondida de los elfos. Como cuando el mismo Ifrit invitó a todos a dormir para que yo, me antepusiera y defendiera que la última historia de este otoño se leyera como marca la tradición.
¡¿Hay alguien acá —grité —?…!, Está divertido el juego, pero tengo premura, e Ifrit me espera, necesito llegar y no sé cómo…
¡¿Alguien puede decirme como llegar a la villa de los elfos?, esta flor no me guía, la arrojo y cae al suelo. Por lo menos explíquenme el truco…!
De nuevo, mi única respuesta fue el silencio y el eco.
Mi inquietud hacia espesar el aire, cada vez me sentía más aturdido de darle vueltas a cómo había llegado ahí, y cómo encontrar el camino original para buscar de nuevo La Comarca y pensar que todo esto era simplemente un mal sueño.
De pronto pensé: las hadas me dijeron que dejara que se la llevara el viento no que la arrogara al aire.
Así que puse la flor en mi mano y elevé mi mano tan alto como pude. Sin embargo, nada pasaba.
Ya llegando a la locura y desespero —¡vaya sentimientos tan complejos! —, empecé a hablar al aire:
—Señor aire, padre viento, sería mucho pedir que por esta vez, aunque sea escuches mi lenguaje y me muestres el camino correcto. Por favor, Flor, tú que conoces los secretos de estos recónditos parajes, enséñame el camino correcto.
Sin más, antes que concluyera la frase, el soplido natural de mi boca al hablar hizo a elevar la flor a unos pasos de mi cuerpo, con forme caminaba, ella avanzaba, y se detenía de nuevo.
No pasó mucho cuando me encontré al final de la cueva. Realmente no sabía si había pasado la prueba impuesta o de nuevo estaba donde había comenzado.
La respuesta se generó en un momento, cuando escuche una voz conocida:
—Saludos, ¿cómo ha estado tu viaje?
—Pues debo confesar que estuve muy temeroso, pero por fin logré que una flor me guiara hasta acá, joven Áluster. Puedes decirme, dónde estoy precisamente.
—Estás en lo más escondido del bosque, donde sólo los elfos y las hadas conocen y has llegado por tus medios, eso es admirable.
—No exactamente por mis medios, de no ser por la flor o por el viento, hubiese muerto de hambre y desespero, aullando como un lobo solitario, implorando la compasión de las hadas y los duendes.
—La humildad es un valioso arte, como todos los acontecimientos de La Natura. A veces, los secretos son más simples de lo que uno cree posible. Pero bueno, vamos que Ifrit te está esperando.
—Pero antes dime, quién me trajo, el viento o la flor.
—Ten paciencia, esa es otra arte necesaria. Algún día lo comprenderás tu mismo.
—Está bien —dije —, apuremos el paso.
Tras esta leve bienvenida, me esperaba otra a menos de mil pasos.
En la puerta de la fortaleza verde, me esperaba Ifrit y todo el Consejo de Ancianos, tras ellos centenares de elfos, preparando brebajes extraños.
Al estar frente a ellos, recliné mi cabeza y saludé poniéndome en una posición de caravana.
—Levántate —dijo casi al unísono el Consejo —, no es lugar para reverencias, es lugar para aprender, entiendes Calos, El Oyente.
—Si eminencias.
—¡Basta ya —interrumpieron —!, si le llamas eminencia a todos los elfos pasaras perdiendo el tiempo sin cumplir el objetivo por el cual te llamamos.
—Pero entonces —cuestioné —: ¿cómo puedo llamarles?
—Es la manía te todas las especies, pretenden ponerle nombre a todo, a veces con solo una letra es suficiente, sólo al conocer lo que deseas nombrar podrás preguntarle su nombre.
—Debo admitir que me siento en desventaja, todos ustedes ya saben mi nombre, ustedes estuvieron presentes en la historia de anoche, en ella todos, supieron de mí…
—Debemos admitir —me interrumpieron —, que nosotros estuvimos ahí anoche, pero tu nombre nos lo dijeron los árboles antes de que iniciara la historia. Nos hablaron de que en tres mil pasos aprendiste a escucharles y con eso nos fue suficiente.
—En fin, discúlpenme si soy hilarante, no podría comparar jamás sus sapiencia con la mía, soy simplemente un aldeano más de La Comarca, no soy erudito en ningún arte y me siento confundido.
—Ten paciencia —dijo Ifrit con su voz amable —, para cada tiempo existe una respuesta.
—No es al revés —dije, pero Ifrit contesto:
—Ten paciencia.
Subimos pues al centro de reuniones del Consejo, los elfos abandonaron sus labores y acudieron a la audiencia.
—Hermanos y hermanas —dijo Ifrit cuando estuvo reunido todo su pueblo —, he aquí el heredero de Claus, El Viejo. A partir de este momento será considerado un neófito nuestro y le enseñaremos a aprender, y le diremos como escuchar, en fin, imaginarán que es un recién nacido de los nuestros. Ha de conocer todos los misterios que deseé descubrir, en tanto él esté dispuesto a aprenderlos. Ahora, todos, por favor, a sus tareas, la comuna no debe descansar. Áluster, espera en las afueras del salón.
No hubo más que decir, el pueblo salió y me quedé a solas con el Consejo, tras la puerta esperaba Áluster.
Sin aviso, El Consejo me llamó a que los seguirles. Caminamos hacía una pared de madera fina y oscura, no entendía qué importancia podía tener, para qué me llevaban hacia un camino cuyo único objetivo era una invulnerable pared.
Sin embargo, los elfos silbaron suavemente y la pared de madera, rápidamente mostró una puerta, alta, gruesa, inviolable.
Las colosales puertas de madera oscura empezaron a moverse y se abrieron lentamente.
— ¿Qué ves? —Me preguntó Ifrit, mientras el resto de los presentes guardaba un solemne silencio, y buscaban acomodo en la inmensa sala —
En medio de silencio admiré la estructura.
Tenía la apariencia de una plaza amurallada por granito, gemas y cuarzos inmensos.
Era una colosal edificación, con figuras de hadas en las paredes talladas en mármol y unos espacios entre los adoquines dejaban paso a la tierra fértil que alimentaba y sostenía cinco hermosos árboles. No había asientos ni ventanas, la única luz se filtraba por los cristales.
Cuatro de los árboles tenían un tragaluz sobre ellos.
El árbol que miraba hacia el poniente era un sauce llorón. Entre sus hojas verdes briosas y humedecidas salían mariposas multicolores y un inmenso aroma a fresco. Ante mis ojos se presentó la imagen de la primavera.
A la diestra de la primavera, se posaban las ramas cálidas de un silex enano, vencido un poco por las fuerzas del calor proveniente de la luz que lo sofocaba, el suelo que estaba a sus pies se notaba reseco, pero a el todavía le quedaba suficiente vida en sus raíces. Sin dudarlo un instante supe que semejaba los soles crudos del estío. Verano, así debía ser llamado aquel árbol.
Seguí girando la vista hasta el tercer árbol, ahora mirando hacia el naciente, y encontré un zarcillo un poco maltrecho y sin frutos ni flores, sus hojas secas y unas cubas vacías con colores rojizos en sus adentros se postraban en el suelo. Las primeras sensaciones que vinieron a mi mente fueron de cansancio y ajetreo. Así sin dudas sentí que el otoño hacia nido en sus raíces.
El cuarto, no tuve que interpretarlo con mayores pensares, en sus copas llenas de hielo y escarcha su tronco gélido se trataba de mantener en pie. Era un pino, con algunas madrigueras notorias aunque sus habitantes probablemente se encontraban en el descanso invernal. Debajo de él algunas piñas recubiertas de nieve.
No obstante la facilidad con que denoté las semblanzas el quinto árbol era un completo hallazgo.
Antes de tratar de descifrarlo puse atención a otro detalle del cuarto, entre cada árbol descrito se encontraba una inmensa gema simétricamente posicionada.
Entre el otoño y el invierno un colosal granate rojizo con incrustaciones de zafiro y amatista como de diez palmos de alto, simplemente inmenso. Ubicado entre el invierno y la primavera, una extraña mezcla de esmeraldas con ópalo musgoso. Entre el silex enano y el sauce llorón menor cantidad de esmeralda y gran cantidad de citrino. El último, cerrando el círculo, un zafiro amarillo con rubí, cuidadosamente tallado.
La luz refractada de los cristales iluminaba el quinto árbol concéntrico. Sobre sus ramas se notaba el angustioso paso del tiempo.
Alto, de más de cuarenta pies, y similar era su follaje. La luz hacia que mostrara un estatus curioso, como si hubiese encontrado el equilibro de las cuatro estaciones.
En su pie se denotaba una amplia cantidad de hojas secas. En sus ramas frutos colosales que jamás había visto. Flores casi indescriptibles, eran transparentes por tanto se combinaban entre el verdor de las pequeñas hojas de menos de una pulgada y los rayos poderosos de las gemas. El más fresco de los olores percibidos jamás por mi nariz (era como sándalo, cannabis, jazmín y madre selva combinados precisamente), mas mis ojos no veían ningún incensario o quemador de esencias.
Era realmente extraño, quizá simbolizaba el poder de La Natura o la unión de las estaciones, en fin de momento me fue imposible descifrarlo.
Todos los árboles estaban a la altura del suelo sin embargo, este último se encontraba en un tipo de jardinera de más o menos tres pies de altura, con múltiples inscripciones en sus bordes, talladas en el granito, en un lenguaje quizá demasiado arcano o antiguo. Su tronco tenía un anillo de diamantes con ocho agujeros, unos perfectamente redondos y otros con rombos precisos.
Me acerqué para palpar las escrituras que rodeaban el quinto árbol. Tal vez mis manos podrían reconocerlas más allá de mis ojos. Al tocarlas, ocurrió algo realmente extraño.
El círculo de piedra giró lentamente bajando, dejando al descubierto las raíces del quinto árbol.
Al llegar a la altura del suelo —dejando las raíces completamente desnudas — dejó de girar embonando perfectamente en el piso adoquinado. En este momento, la luz de las gemas reflejo un potente rayo enlazándose en un cuadrado perfecto partido en cuatro y todos árboles se conectaron por los glifos del suelo del mismo modo de los cristales. Encontré para qué servían los hoyos en el tronco, la luz atravesaba concentrando la luz en el seno del árbol.
Las escrituras centrales empezaron a brillar con una fuerza cegadora, pero seguían siendo inelocuentes a mis ojos.
Volteé hacia arriba y todo el domo de granito y cuarzos se encontraba iluminado. Una inmensa aurora boreal, había nacido en pleno bosque húmedo. Era increíble, simplemente impresionante.
Cuando traté de incorporarme el trazó de luz que unía el otoño y la primavera rozó mi cuerpo. De inmediato un sentimiento comprimió mi pecho, vi pasar frente a mis ojos, eventos inimaginables.
Un hombre vigilando, otro raspando piedras para obtener fuego y mujeres recolectando frutos. Pequeñas granjas y después asentamientos. Hombres masacrando pueblos con lanzas y espadas.
Grandes edificios en proceso, formados de cuatro triángulos, miles de esclavos en la faena y cientos de centinelas flagelándoles.
Un gran edificio circular donde se enfrentaban guerreros. Una enorme ciudad con un potente ejercito.
Batallas marítimas, con barcos que escupían fuego, arqueros soberbios. Unas inmensas torres calcinando barcos reflejando el sol con espejos.
Miré masacres, donde, en medio de montañas amorosas y armónicas los adores de los robles y el múerdago cambiaban sus dioses y olvidaban preceptos ánticos.
Grandes civilizaciones surgiendo del desierto, pasando de ser simples ladrones a un poderoso imperio.
Luego pueblos armoniosos y guerreros sometidos por ajenos, un centro urbano baldío con un gran observatorio celeste.
Observé corredores adoquinados entre casas maltrechas edificadas por rocas, completamente sucias y purulentas. Hombres a caballo llevando trajes extraños y mujeres finamente vestidas con trajes pomposos en carruajes tirados por caballos. Un campo de batalla donde la madera escupía metal y los hombres mataban hombres. Patíbulos donde se dejaban caer hojas o se otorgaban sogas en los cuellos, y un gran gentío que disfrutaba de las muertes.
Carruajes que caminaban sin caballos, como por milagro. Aves de acero en los aires. Vi un enorme hongo de humo levantarse. Después tierras erosionadas y secas donde se cazaban animales. Ríos repletos de podredumbre y peces muertos flotando entre manchas de aceites oscuros. Aires completamente viciados y color gris oscuro.
Congestión en las ciudades, demasiados humanos para tan poca tierra. Expansión salvaje y desmedida agotando las fronteras naturales.
Desiertos de nieve deshelando y los niveles del mar subiendo. Meteoros que salían del suelo y se estrellaban con violencia en otros suelos.
Infinitud de banderas para una misma raza, que cuestionaba mucho el color del cuero.
Pueblos en ignominiosa hambruna y millares de casas donde se tiraba panes frescos de las mesas.
Gente viviendo bajo puentes y casas lujosas en desuso en las playas.
En fin, un gran número de especies desapareciendo y un síndrome común en los humanos: La incoherencia.
Así, después de estas visiones de ultratumba, caí rendido al suelo, con un profundo sentimiento de cansancio y de locura. Al despertar, mis ojos desorbitados no sabían donde estaban, mis manos iracundas arañaban el granito.
—Cálmate Calos —se dejó decir una voz apacible y dulce —, estás en Avallach, estás en casa.
Cerré mis ojos, sacudí mi cabeza como tratando de olvidar aquel mal sueño, después abrí lentamente los ojos, esperando que aquellas visiones se hubiesen ido y sí, aún estaba en aquel domo de granito y era Ifrit quien me hablaba. Miré la habitación y todo había vuelto como estaba cuando entramos.
—¿Qué has visto que tanto te ha asustado?
—No sé como explicarlo. Es un maremagno de desastres, es un collage perturbante, —le dije mientras patidifuso trataba de incorporarme —. Eran parajes desconocidos, ciudades y nombres los cuales jamás había oído, infinidad de lenguas, cientos de banderas, carencias y exageraciones a cortos pasos, masacres y salvaciones vendidas con tres palabras…
No sé qué vi, a ciencia cierta, en lugar de respuestas encontré más dudas.
En esta habitación miré las estaciones, como bello reflejo de nuestras tierras, pero al tocar las inscripciones he visto un mundo ajeno, un cúmulo de malos sueños, quizá, eso es todo.
—No te preocupes, —dijo Ifrit, mientras me aferraba al hombro de dos ancianos más que nos acompañaban —, el tiempo te dará las respuestas, si sabes formular las preguntas. Muchas quizá estén en los libros de Claus, El Viejo, otras sumidas en La Natura.
—Ahora bien, —dijo otro anciano —, has venido acá por una simple razón, antes de su muerte Claus hizo llegar a nosotros una nota en las patas de mi amigo azor, quién frecuentemente iba a visitarlo.
Nos pedía que antes de que abrieras el tercer sobre debías cumplir con este trance, porque sino lo que decía te iba a parecer una completa locura.
—Hemos cumplido con nuestra parte —dijo Ifrit —, ahora queda a tu haber leer su contenido.
Esta es tú casa, y serás recibido cuando así lo quieras. Sólo pedimos que lo que has visto acá sea guardado con extrema discreción, sólo los elfos ancianos y algunos selectos los oradores, han entrado a esta sala.
— ¿Oradores selectos —cuestioné incrédulo —?, no soy más que un pobre aldeano, de La Comarca, no soy especial, soy sólo un pintor mediocre que amaba escuchar las historias de Claus, El Viejo.
—Sí, es cierto —dijo otro anciano —, quizá Claus, El Viejo, se precipitó al nombrarte su orador a la hora de la muerte, pero esta sala también escogió mostrándote muchos secretos. Esta sería la prueba para saber si eres un orador o un simple cuentacuentos. Queda a tu haber qué quieres ser y cómo hacerlo y para qué.
—Igual —aludió Ifrit —, es tu elección cuando abrir el último legajo, y cómo habrás de interpretarlo.
—Entonces —cuestioné —: ¿Ustedes ya saben lo que contiene?
—No seas absurdo —contestó Ifrit un poco enojado —, somos elfos y aunque nos han enseñado los sabios kodamas, no somos clarividentes ni espías, el secreto de tu carta es sólo tuyo, así lo pidió Claus. Pero, sea lo que sea que encuentres en las tintas, sabes que obtendrás todo lo que ocupes y esté a nuestro alcance.
—Gracias —les dije humildemente —, soy un poco ingenuo y desconfiado a veces, es que han pasado tantas cosas en tan poco tiempo, que aún no logró saber por qué o para qué, pero ustedes sabios hijos de los sabios kodamas, ya lo dijeron el tiempo me dará las respuestas si sé como edificar las preguntas.
—Pues bien —dijo Ifrit —es hora de la cena…
—¿Cómo —pregunté sorprendido —? si recién era medio día cuando entramos, aunque mi estomago se encuentra vacío.
—Pasaste toda la tarde vencido por los sueños —dijo Ifrit mientras se reía junto con todos los ancianos —, hace mucho rato el sol buscó su cuna y la luna se colgó en los cielos a mirar las estrellas.
Sin más apuramos el paso, al salir, medio dormido de la espera, Áluster nos esperaba reclinado a la puerta.
Ifrit le dio un golpe ligero con su báculo en el hombro para despertarlo. Áluster se incorporó de inmediato y nos siguió hasta la casa donde Ifrit vivía.
La cena estaba servida cuando llegamos. Fundamentalmente ensalada de berros, alfalfa y espinacas, aderezada con mostaza, tomillo y algo de hierbabuena. Después una sopa de tomates frescos con romero, orégano y pimienta y unas pequeñas bolas de masa y huevos de codorniz. Como cierre perfecto un té aromático de cannabis y juanilama, ambas usadas frecuentemente contra la pesadez de estomago y el insomnio o los malos sueños.
Cuando degustábamos el té la conversación se hizo presente de nuevo, estábamos Ifrit, Áluster, tres elfas y dos elfos, que ya empezaban a conversar.
—¡Alto! —dijo Ifrit y sin más todos guardaron silencio —, no dejen la cortesía de lado, tenemos un invitado.
Ellas son Cristal, Amenis y Tephis; y ellos, Eucarí, a Áluster ya lo conoces y Lamu. Yo, por supuesto, soy Ifrit, El Maestro.
—¡Disculpe maestro la impertinencia —dijeron todos al unísono —, mucho gusto!
—Yo soy Calos, el nuevo orador de La Comarca. Aun insipiente en tantas artes necesarias, aún ignorante de tantos secretos, para ustedes cotidianos.
—Tranquilo —dijo Amenis —, ya sabemos quién eres Calos, El Oyente. Siéntete como en casa.
—Muchas gracias —respondí —. Es un hermoso pueblo —después guardé silencio para escuchar de lo que hablaban.
—Como decía —prosiguió Eucarí —, en el centro de las montañas estábamos Lamu y yo tratando de curar a aquella pantera herida. Se había caído por un desfiladero agudo, tenía fracturadas las patas. Tuvimos que traerlo hasta acá. ¡Vieran qué pesaba! Después dos semanas una vez curada, salió brincando como nueva. Iba rugiendo: “¡mil gracias!”. Esa ha sido una de mis mejores tareas en mis cuatrocientos inviernos. Después…
—¿Cómo has dicho —interrumpí incrédulo —?, si apenas llegas a los treinta y asumiendo que hayan sido inviernos muy crudos…
—La edad es muy relativa —dijo Ifrit, con una benévola sonrisa en los labios —, pero para ustedes es muy difícil notarlo. Mira por ejemplo —dio un sorbo a su té antes de proseguir, mientras sus ojos buscaban, de pronto señaló despacio hacia la mesa — aquella mosca que se posa sobre la jarra, tratando de robarse un poco de su dulce para alimentarse. Su vida concluye más o menos dos lunas y media después de haber salido de su larva, pero pone cientos, casi mil huevos en ese lapso. Tiene vida pero su ciclo es corto. En nuestro caso vemos demasiados soles y tenemos pocos retoños. El ciclo de la vida está presente simplemente es más largo.
—Entonces si un elfo aparenta tener treinta inviernos y tiene cuatrocientos, —pregunté —: ¿Cuántos inviernos tienes tú…?
— No seas indiscreto —replicó Áluster —, no creo que sea correcto preguntarle eso a un sabio…
—No te preocupes muchacho —contestó Ifrit —, mis ojos han visto seis mil setecientos noventa y dos veranos, claro si no es que perdí la cuenta. Quizá debí presentarme con más entereza, mi nombre es Ifrit, El Maestro, unigénito de Náyax.
—¿Cómo —grité perplejo —?, tú eres el joven hijo de Náyax que se menciona en los cuentos, no puedo creerlo.
—Piénsalo bien, joven Calos —dijo Áluster —, es tradición que el orador sólo diga los nombres de aquellos que estén descansando en un foso o convirtiéndose en árbol. La vida es más importante que la gloria, por eso a los vivos se les guarda el secreto.
—Sí —dijo Ifrit —, así se formuló la tradición, hace ya 6023 otoños, por eso mi nombre, creo, es el único que se oculta.
—Entonces —afirmé —, tú puedes darme detalles de la historia, esos hechos capaces de abrir mis ojos a tantos secretos y preguntas.
—Si y no —contestó Ifrit — hay muchos secretos que no se me es permitido revelar por juramento ante la misma reina Nix, Hiperión y mi padre. Ya secretos que acordamos cada uno debería contar.
—Pero cómo es posible que cuenten algo —repliqué —, están muertos y enterrados, sus bocas no se abrirán de nuevo, sus ojos no podrán cruzar miradas con la mías, lo único que queda de ellos son esqueletos o polvo, hablamos de más de seis mil otoños.
—¡Ay muchacho, cuanto mundo te falta —aseguró Ifrit, mientras el resto de los elfos se reía —!, eres tan ingenuo y tan temeroso que, a veces, parece no saber lo que dices. Hay muchas manera de oír a un muerto, o acaso no escuchaste ayer palabra de Claus, El Viejo. Vamos a dormir de una vez por todas, queda mucho camino y veo que todos ya tememos demasiado sueño…
Todos buscaron sus casas, yo me quedé en la sala, sobre una alfombra, simplemente sentado meditando.
Amenis se quedó a acompañarme un rato. Pronto ambos sucumbimos al sueño.

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