viernes, 4 de febrero de 2011

Avallach-05-La gran batalla…

Miré fijamente a las personas en la ligera pausa, pude ver con agrado que todos se mostraban interesados.
De pronto sonaron los arbustos circundantes. De ellos aparecieron hadas y kodamas que se unieron a los escuchas. Los elfos se mostraron complacidos de la presencia de sus padres y los demás quedaron maravillados por la belleza de las hadas.
Pedí un ánfora de agua para mantener fresca la garganta, sabía que la historia apenas comenzaba.
Entonces continué con el relato…

***********

Una vez la reina suprema de las bestias de la noche terminó sus palabras, los generales partieron por su cuenta a terminar de preparar a las tropas.
Náyax no tuvo mucho que decirles a sus elfos, simplemente les dijo:
—Hoy es el día para el que nos hemos preparado, a la orden de la reina Nix partiremos y es nuestro deber mermar y de ser posible destruir la resistencia de la torre y para ello usaremos esto —sacó de detrás de su espalda una bolsa de piel y la colocó en medio de sus arqueros —, contiene la esencia de las cenizas de un ave mítica, que ha pospuesto su renacer para darnos su ayuda, junto con un mineral que hará se inicie el fuego.
Todas las puntas de nuestras flechas deberán llevar un poco. Tomen su carcaj y espárzanla en él.
En el tahalí llevarán esto con orgullo, es la mayor protección que jamás han entregado los kodamas, es un broche de creación y siembra, nada que provenga de La Natura habrá de lastimar su cuerpo, simplemente se incrementará lentamente absorbiéndolo, sólo recuerden que la madera fuerte contra la roca y el metal pero es débil contra el fuego. —Así, tomó una flecha sin curar con las cenizas del ave, colgó uno de los pendientes en su hijo y discípulo, sin pensarlo dos veces disparó hacia su pecho. Todos quedaron horrorizados pensando que Náyax estaba demente, pero al ver que la flecha fue atraída por el talismán y formó un pequeño brazalete de piedra y madera en su brazo izquierdo lo entendieron.
—He demostrado la confianza que tengo en los kodamas, poniendo en riesgo la vida de mi unigénito, ahora toca que ustedes confíen en los kodamas y las causas que nos han llevado hasta este extremo. Asimismo procurar honrar los recuerdos y los cuerpos de los que no logren o logremos regresar a nuestro amado bosque —Así apareció Kiev a su espalda, y sin pensarlo dos veces inclinó su cabeza para recibir su talismán.
—Tú en lo particular debes tener cuidado amigo —prosiguió Náyax —, si la coraza se vuelve muy pesada no podrás defenderte. Por favor úsalo prudentemente.
Así los elfos iniciaron sus cantos proclamándole al mundo que estaban listos para la guerra…
“El celio ardreá, smoos los edeligos,
mi lataled a pubrea etsá por cupla de un martol,
bocusmares el lagur dodne pamodos vivir en latebird,
es el tepmio de greuras en el celio,
hleio y feguo aboms se feriundon,
la carcieón en pigrelo de etóxinsin.
Sin emargbo etmosas testris,
sin emargbo etmosas sallneozots,
preo no pemodos dar mhacra,
no pemodos dar mhacra artás…”
Al otro lado de campamento, los hechiceros preparaban sus filas, Ampurdán se reunió con Neuset e Hiperión en la tienda principal.
La gran presencia de pociones y libros de conjuros hacía que la tienda se notara más pequeña de lo que era.
—Estamos listos —dijo Ampurdán —, han preparado los conjuros con ahínco y las fuerzas climáticas de otoño nos ampararán en las invocaciones. No confió mucho en Nix, creo que tiene sus propios motivos más que la liberación del mundo como los elfos o como nosotros que deseamos establecer de nuevo el orden.
—Tranquilo Ampurdán —dijo Neuset —, todo esta listo tal como se ha planeado, pero creo que Hiperión debería usar su don de palabra para dirigirse a los hechiceros y darles la noticia de la inminente batalla. —Pero Ampurdán interrumpió.
—Soy del criterio que deberíamos ir los tres, juntos somos La Orden del Dolmen, junto somos el pilar del poder, y la centralización de la fuerza y del nuevo camino del mundo.
—Anda deja el orgullo Ampurdán —dijo Neuset — mientras Hiperión se dirige a las tropas podemos terminar de preparar los conjuros. —Hiperión rompió el silencio, y juzgo como su corazón demandaba:
—Ampurdán, Neuset, siento que algo se pasa por alto, dime: ¿por qué si todas las noches trasmutas para ir al fuerte humano, no habías hablado jamás de lo que hoy nos comentaron las hadas?, ¿algo está pasando en La Orden del Dolmen de lo que deba enterarme, existe algún secreto o algún motivo por el cual no deba cuestionarme…?
Creo que la reina Nix, hija de nuestro maestro debería saber esto.
Acaso no recuerdan la batalla contra los trasgos donde ambos trasmutaron el libélulas para huir, sellando así la muerte de Kelsut, desde entonces, debo confesar, que le temo más a las cobardes libélulas que las cobras, por lo menos sé que puedo esperar de estas últimas.
Parto entonces y espero que puedan preparar la verdad para los oídos de los hechiceros que nos siguen, los elfos y la Reina Nix…
De pronto la mirada de Hiperión se torno borrosa y el silencio fue lo único que pudo escuchar.
Así por las colinas se miraba rayar el sol, los gallos cantaban con esperanza de olvidar que hoy la sangre se derramaría por los campos y las rocas.
El cielo se tornaba colérico y vociferante, enormes truenos estremecían los oídos y los rayos partían el cielo en miles de añicos.
Fue entonces que sonó la llamada y apareció Nix en medio del tumulto.
—¿Dónde está Hiperión, —gritó con su voz metálica y cortante —.
—Ha trasmutado para ir a ver lo que las hadas comentaron —respondió Neuset —, pronto ha de volver con las noticias, claro, si su forma de halcón es suficiente para el escape.
—Deja de hablar Neuset —exigió la reina —, espero que Hiperión sepa lo que hace, siempre fue el más sabio y leal de los alumnos de mi padre, y los círculos deben cerrarse y el lo sabe, así que espero verlo volver pronto.
Así las tropas buscaron la formación tal como la reina Nix lo había dispuesto.
Entre el bullicio y el afán de triunfo, apareció un carruaje de guerra guiado por dos unicornios negros acorazados. Sobre él, quién más, la misma reina de las sombras y los trasgos.
No acababa de detenerse el carruaje cuando Nix dejó caer su túnica negra a su espalda y mientras los ojos se enfocaban su silueta ella sólo se dispuso a gritar: “¡A la batalla…!”
Era magnifica su armadura, forjada por el mismo Courel, ya un anciano, como regalo a la reina.
Completamente ceñida, forjada del más poderoso de los metales por los enanos descubierto, el acero negro, dejaba ver el esplendor de su cuerpo sin embargo, lo protegía celosamente para que no pudiera ser alcanzado ni siquiera por la flecha de un elfo.
Con un casco que imposibilitaba ver los ojos de reina pero a ella le permitía un amplio panorama, a su espalda, dos espadas cortas de defensa, pero bien usadas ampliamente mortales: sus koda-shees (generadoras de vida y vigilantes de la muerte). En su mano derecha portaba su partesana, decorada con diamantes colosales y un doble filo estremecedor.
Pero realmente casi nadie se fijaba en su armamento, casi todos, incluidos los elfos, centraban sus ojos en su preciosa presencia.
—He dicho a la batalla, acaso se ha acobardado — reclamó la reina —.
Así sonó un poderoso grito que combinaba la fuerza de todas las criaturas y se inició el rápido avance de las tropas.
El fundamental problema de la invasión era el estrecho rocoso que protegía el castillo, por algo sería el escenario de la última batalla si lograban cruzar el estrecho, todo habría terminado, así pensaban.
Nix guiaba la incursión, avanzando con fuerza de un bólido.
A tres mil pasos del castillo, se encontraba el estrecho, cuando Nix estuvo cerca de él, hizo que sus trasgos probaran la seguridad del paso.
No hubo que esperar mucho para que, desde los bordes del barranco, empezarán a caer inmensas rocas.
Así Nix llamó a sus trasgos voladores para que limpiaran su entrada.
Sólo se miraban caer decenas de cuerpos humanos hacia el fondo del estrecho, algunos trasgos y muy pocas rocas.
Dado el chillido de los trasgos, supieron todos entonces que la entrada era segura.
Los elfos se adentraron sin temores, dado que la divina protección de los kodamas en sus cuerpos ante cualquier saeta que los humanos pudiesen hacer llegar a esa distancia.
En segundos se encontraban formados en el mismo final del estrecho, entre dos paredes y el cielo como límite, prepararon su primera descarga de flechas.
En la parte alta de la torre Kratus se mostraba confiado.
—¿Qué hacemos señor? —preguntó Dratser — ¿Debemos disparar las catapultas o dar orden de a la infantería y los dragones?
—Paciencia Dratser, —contestó —, ni un elfo podrá acertar una flecha a tres mil pasos. Debemos ser pacientes y no caer en sus trampas, la paciencia y nuestros conocimientos serán lo que nos darán la victoria, si perdemos alguno: estamos muertos…—Dratser aún se mostraba confundido, no podía entender como Kratus hablaba de la muerte tan sonrientemente —Haz llamado para que todos estén listos a mi orden.
—Sí señor…
Dratser volvió al palacio, dio el aviso y se fue a sentar junto a Brondor.
Listos los arqueros élficos, al bajar la mano Náyax se escucho un poderoso silbido que hizo a todos voltear hacia el estrecho.
Se veían las flechas avanzar, cien pasos, quinientos, mil y, de pronto, el silbido se volvió un grito de arpía, las flechas se transformaron en pájaros ardientes y furiosos, doblando su velocidad. Pronto una lluvia de flamas abatía los arqueros humanos apostados en los bordes del castillo, muchos se dejaron caer en llamas al vacío otros buscaron como sofocarlas, en fin, nadie tenía tiempo de disparar hacia los elfos o las aves, que seguían naciendo de las flechas lanzadas por los elfos.
—¡Qué demonios es eso —cuestionó Ampurdán a Nix—, por qué no conocíamos eso, qué pasa Nix, cuál es el secreto?
—¡Cállate Ampurdán —respondió mientras todos miraban con ojos atónicos—!, los secretos son de los kodamas y ellos saben a quién otorgarlos, prepara a los tuyos, pronto llegarán los dragones
En la cima torre, Kratus miraba con repudio lo sucedido, no lo creía, no lo esperaba, no soportaba la impotencia de saber que sus miles de arqueros corrían como ciervos asustados de las llamas.
Tomó su cuerno y dio tres toques seguidos. De pronto todos se olvidaron de tratar de sofocar el fuego y volvieron a su posición de batalla.
—Triskel, sé que estás ahí, conjura la llovizna para apagar el fuego, si dejamos que esas malditas aves consuman la madera de cada llama surgirá otra.
Triskel apareció tras la puerta y sin pensarlo elevó sus manos he inicio a moverlas lentamente de arriba a bajo, he inició el conjuro:
Dorma er litus,
visturmi ageb am karim
krostium fertrom
Al terminar esas palabras sus manos estaban entre sus pechos, formando una especie de capullo, las elevó lentamente con sus ojos cerrados, respiro profundo y con un grito sin elocuencia abrió sus manos.
De ahí brotó una luz resplandeciente que formó una nube y empezó la lluvia.
—Cuando apagues los fuegos que existen —dijo Kratus —, quiero la dirijas hacia ellos. Que todas sus flechas se mojen y sus armaduras goteen. Después, sígueme. —Dicho esto Kratus bajo de la torre y se dirigió hacia la muralla.
—Ustedes cuatro, quiero que tomen todos los muertos y los apilen en a parte superior de la puerta, esperen ahí mi orden para arrojarlos rápidamente, mientras tanto úsenlos como escudo.
—Señor —era Dratser de nuevo —, las tropas se muestran asustadas de esta incursión, ¿quiere que salga ya?
—No seas impaciente. ¿Qué te dije Dratser?, esperarás mis órdenes,. Ahora acompáñame.
Al otro lado, la lluvia había llegado hasta los mágicos, nadie se preocupó por ella. Se inició el asalto.
Las flechas de los elfos ya no desprendían aves furibundas pero a mil pasos ya no eran necesarias.
Los trasgos tomaron la delantera y los hechiceros los siguieron mientras los elfos se apostaron en las afueras esperando que cayeran las puertas.
No obstante la puerta se abrió por si sola, sin necesidad de mayor fuerza, cuando los trasgos empezaron a cruzas, Kratus dio la orden de dejar caer los cuerpos.
—Pese a la fiereza de los trasgos, su inteligencia es un poco corta, debemos admitirlo —sarcásticamente decía Kratus —, se entretendrán con los cuerpos mientras preparamos la defensa.
Así, los trasgos mutilaban los cuerpos velozmente pero sin denotar que ya estaban muertos.
En segundos se escucho el galope brioso y los arqueros elfos se prepararon.
Menuda sorpresa, los hijos de la quimera Chirón se habían unido a los humanos, y sus poderosas patas aplastaron a muchos trasgos mientras disparaban sus flechas.
Los trasgos sin protección alguna no ofrecieron demasiada resistencia a los centauros.
—Malditos traidores —reclamó la reina Nix —, cuando pedí su ayuda se mostraron neutrales e indiferentes y dijeron que poco les importaba el desenlace, acaso los compraron con simple vino. —Los elfos resistían las flechas de manera altruista, protegiendo a los hechiceros, aunque muchos cayeron, así las armaduras de los elfos se fortalecía, los centauros eran aniquilados.
—Prepárense a disparar las catapultas, pero cierren bien los blancos —se escuchó la voz de Kratus —, ¡…Fuego!
Y así fue, dirigidos a los elfos: barriles con aceite y llamas. ¡Por los Kodamas, cuantos elfos muertos!
Los trasgos voladores hicieron su trabajo y rápidamente con sus garras acabaron con los artilleros, pero caía uno y otro llegaba.
Sólo se veían caer sombras sin saber si eran armas, aliados o enemigos. Y tomaba fuerza la batalla.
Extrañamente aún no se vislumbraban las fuerzas humanas.
Kratus ordenó iniciar las descargas de metales. Pero los elfos se veían fortalecidos más que diezmados, aunque a estas alturas ya casi no quedaban trasgos.
Pronto Triskel, Dratser y Kratus, estaban en una posición donde podían admirar seguros lo que ocurría.
El primer batallón humano salió y fue rápidamente masacrado.
Dratser se mostraba impaciente, pero recordó lo que Kratus había ordenado.
En el campo de batalla, los hechiceros conjuraron sus bestias, haciendo uso de la licantropía pero Neuset y Ampurdán conservaron su forma humana, transformando en hielo y polvo a quién los acechara.
En el horizonte ensangrentado de este atardecer trágico, se veía una sombra que volaba hacia la batalla.
Un inmenso grifo tomó a Nix, sin que ella se inmutara.
—Ya era hora de tu llegada, qué a pasado Hiperión.
—Reina disculpa mi impotencia, Ampurdán y Neuset nos han traicionado.
Sin más en el campo se vio a Neuset transmutando en arpía y sujetando a Ampurdán para elevarlo.
Rápidamente Ampurdán miró a Náyax y dirigió a él un potente rayo. Kiev sin pensarlo saltó y con su vida pagó la deuda que había adquirido hace tantos inviernos.
En el seno de la torre, Triskel se dirigió a la ventana y al unísono con su padre y Neuset dijeron:
krovais domshe forum ,impeme croum talus set,
afir axentun prominis,cahir incrussam,
¡cahir imcrussam!
Sin más, del cielo llovieron por doquier rayos, dando una enorme descarga a todo aquel que tuviese los pies en el suelo mojado. Los elfos caían rendidos ante los impactos sus armaduras cargadas de acero para muchos fueron letales. Los hechiceros postrados no pudieron siquiera hacer un último conjuro. Los trasgos se quemaban rápidamente y el olor de la muerte se esparcía por los aires.
—¿Qué han hecho estos malditos humanos —se preguntaba Nix aún sujetada por las garras de Hiperión —…? Hiperión, ¿qué ha pasado?
—Amada reina, me disponía llamarle para avisarle que algo extraño ocurría con La Orden del Dolmen, pero antes de poder salir de la tienda, sucumbí a los conjuros de Ampurdán, y no pude liberarme hasta hace poco, de inmediato hice presencia. Imagino que al verme venir, no tuvieron más remedio que apurar sus pasos. No sé que ocurre realmente, pero no podemos confiar más en la Orden.
—¿Y en ti, Hiperión, —cuestionó vehementemente la reina—, tú eres parte de La Orden del Dolmen…?
—Ya no más —respondió Hiperión—, siempre estuve leal a tu padre y también me conservaré leal a ti.
— ¡Mira mis trasgos, mis amados hermanos trasgos! —decía Nix casi llorando, como una madre que ve morir a sus hijos. —En el campo de batalla las banshee no daban abasto. Pero se levantó Náyax, maltrecho y confundido por los rayos, levantó lentamente su arco y dirigió una saeta hacia Ampurdán.
—Deberías haberme matado —aseguró Náyax —, ahora yo postraré tu cuerpo, maldito traidor humano. —La batalla se detuvo por un instante. La flecha parecía detenerse en el aire y burlar rápidamente los obstáculos. Llegó, ante la mirada de todos, y perforó el costado derecho del mago. El conjuro perdió de inmediato la fuerza y los menos se levantaron.
“¡Malditos!”, gritaban los hechiceros, los elfos y los trasgos. De pronto Ampurdán y Neuset se transformaron en sus blancos.
Ambos heridos brutalmente, lograron llegar hasta la fortaleza gracias a un aura protectora que Triskel puso muy a tiempo sobre ellos.
Los hechiceros que aún vivían y trataron de seguir a los traidores, fueron desmembrados por los trasgos voladores.
Así con las fuerzas de los mágicos ampliamente debilitadas, Kratus preparó el golpe de gracia, mientras Hiperión regresaba a tierra firme.
—Dratser, es la hora de tus mascotas. Terminen de limpiar todo, sólo recuerda, Nix es mi trofeo, y no les es permitido lastimarla.
Ante la orden de Kratus Dratser se aprontó de nuevo a los establos donde retozaban ansiosos los dragones.
Dos instantes más tarde, Brondor ya asechaba en los aires, junto con treinta poderosos dragones.
Para los dragones era un juego sencillo, simplemente se lanzaban en picada y volaban bajo, mientras escupían ácido por su boca, las cuchillas puestas en sus alas partían en dos lo que tocaban.
Sólo Brondor y Dratser, escogían su presa, ambos querían a Hiperión y Náyax como trofeo.
El primer dragón cayó al recibir una flecha precisamente dirigida a su boca abierta. El calor de su hálito secó las cenizas húmedas de la flecha y explotó, matando a su jinete. De los adentros del dragón de nuevo surgían las aves llameantes, y un fuego provocado por un dragón no encontraría llovizna que lo apagase.
Triskel trató con todas sus fuerzas de fortalecer la lluvia, pero Hiperión fue más fuerte que ella.
—Si ese es tu máximo poder, niña ingenua —gritó Hiperión—, quiere decir que la sangre de tu padre se ha debilitado demasiado entre tus venas:
Afrostic curem set, amantum vita cornat,
dolce vortex dra lux, incandes lumen venit agora”.
Así, las nubes se despejaron de un solo soplo, y pareció a los ojos de todos que era una noche de verano, con cielo completamente calmo, sin ninguna brisa y con el calor aumentando.
—¡Genial! —le decía Nix desde lejos mientras sonreía (repito esto, sonreía, nunca lo hacía) —, ya era hora de que mostraras tus talentos Hiperión, vamos hay que acabar con esa alimañas, de una vez por todas.
Segundos más tarde cayeron seis dragones de golpe y luego otro y otro, fulminados por brazas de las aves legendarias. Nix se separó del grupo para buscar a Kratus. Hiperión desprendía relámpagos de sus manos haciendo que más y más dragones cayeran, de pronto, sintió un poderoso aliento a su espalda, Brondor esperaba a que se volteara. No acababa de girar Hiperión cuando Brondor ya lo tenía en sus fauces. Rápidamente el conjuro de Hiperión perdió fuerza y de nuevo las aves llameantes empezaron a apagarse.
—Hola de nuevo, viejo amigo —dijo el dragón—, tantas primaveras han pasado desde nuestro último encuentro.
—Sigue siendo el mismo fanfarrón —dijo Hiperión, con amplia dificultad, mientras las enormes fauces lo trituraban —, parece que no has envejecido, yo por mi parte estoy casi acabado…
—Vamos acábalo ya compañero —dijo Dratser., mientras el dragón presionaba con fuerza, sólo se podían escuchar el gemido lastimero del anciano.
—Paciencia, no has aprendido ese arte aún humano —respondió el dragón mientras sacudía a su presa —, él y yo tenemos un pendiente largo y desmedido, así a de ser su muerte.
—Aún te debo la vida de tus hijos, pero ellos buscaron su muerte, al poner en riesgo la vida de cientos de los aldeanos de mi pueblo. Yo les pedí que buscaran tu consejo y fuesen a descansar a los montes. Pero ellos querían carne humana entre sus dientes, sacrificios de vírgenes para ser condescendientes, su orgullo, no yo, los llevó a la muerte…
—¡Cállate maldito humano!, de no ser por las artes que posees sólo hubieses sido un manjar más entre sus dientes…
Los trasgos voladores hacían su mejor esfuerzo, pero se ocupaba una decena para hacer sucumbir a un dragón.
Las flechas de los elfos eran inútiles contra las corazas de las bestias.
Entre el tumulto y el desespero, Náyax se percató de lo que pasaba con Hiperión, y acudió en su ayuda.
“¡Disparen a los ojos!, hermanos elfos”. Gritó Náyax. Brondor y Dratser volvieron a ver el origen de la voz. Para cuando lo hicieron Náyax apuntaba con tres flechas al mismo tiempo y, antes de poder reaccionar, dos habían rasgado los ojos de Brondor y la otra se clavó en el hombro de Dratser.
Sólo se escuchó el grito lastimero de la bestia y se vio volar el cuerpo moribundo de Hiperión hacia un lado.
El dragón desesperado alzó vuelo escupiendo ácido sin saber a dónde.
Dratser cayó de espalda como desde treinta pies al suelo, quedando ahí, también maltrecho.
Con el camino despejado Náyax tomó a Hiperión y lo llevó a un sitio seguro y, de nuevo, volvió a la batalla.
En otro lugar, Nix iniciaba el ascenso por las escaleras que le llevarían a su ansiado encuentro con Kratus.
En la sala principal, Kratus la esperaba sentado, al fin medirían sus fuerzas.
Al llegar, Nix se quitó el casco, quería que Kratus recordara el rostro que le habría de quitar la vida y los ojos que lo dejarían loco al revelar sus miedos.
—Te estaba esperando —dijo Kratus poniéndose de pie. Ambos empezaron a caminar formando un círculo sin quitarse las miradas de encima.
—Y yo a ti te buscaba con impaciencia, ya dejaba de contar los escalones para hallarte ¡cobarde!, un buen general debería estar con sus tropas, no placidamente sentado mientras ellos son aniquilados.
—Tranquila, ten paciencia, la batalla aún no ha terminado…
—Que no ha terminado, los elfos y las aves de fuego acaban con tus dragones. Los hechiceros humanos aún están de nuestro lado. Haz perdido, o tu orgullo no te deja admitirlo…
—No preciosa reina, no hemos perdido. ¿Qué crees que ocurrirá cuando me vean bajar con tu cuerpo entre mis manos y mi hacha aún clavada en tu pecho? Los hechiceros cambiarán de bando, y como comprenderás tus trasgos voladores y los elfos, no serán más que una piedra que patearé con mi zapato. Eso si los dragones no los han matado.
—Tus dragones dices, porqué no miras con más detalle, huyen asustados, Brondor fue herido y sin su líder ya no sirven a nadie —por el horizonte se veían los dragones huyendo muchos con los cadáveres de sus jinetes aún colgando…
—¡No puede ser, cómo pudo ser!
—Ya tendrás tiempo en la tumba para meditarlo —dijo Nix mientras giraba velozmente su partesana y un frío aire cubría de sombras la sala—. Como sabes soy hija de Kelsut y por mis venas también corre sangre humana y el poder mágico que heredé. No soy como la traidora de Triskel, no soy débil y frágil, y jamás tendré compasión de ti, pero es mucho el dialogo, ya quiero oler tu sangre… —De pronto, se dio el primer golpe, la partesana de Nix, sin mayor esfuerzo que un giro, hizo caer el cuerno que Kratus llevaba, rasgando su armadura y abriendo su zanja en su piel de la cual brotó la sangre. Kratus se mostraba inmóvil, pero no de miedo, simplemente quería contemplar a plenitud el arma de Nix antes de tratar de atacar.
—Es impresionante —dijo—, excelente trabajo de herrería, jamás pensé conocer un arma capaz de rasgar mi armadura como el papel, creo entonces que no me debo atener a tus encantos de mujer, aunque esos ojos tuyos aún me gustan demasiado. Quizá cuando te aniquile, te arranque uno y me haga un hermoso medallón.
Sin más, Kratus elevó su colosal espada y su poderosa hacha y arremetió contra la reina.
La batalla fue dura para ambos, tal como la deseaban, se desprendían infinidad de chispas cuando las armas de Kratus golpeaban la partesana de Nix, hasta que por fin la partesana salió volando ante una poderosa estocada, clavándose en una silla, incrustando completamente su hoja en ella.
Nix trató de rodar para recuperarla, pero Kratus interrumpió su paso parándose frente a ella e invitándola a clavarse en su espada.
—Creo que es todo, preciosa reina de los trasgos. —Pero la reina sacó sus koda-shees, con gran velocidad.
—Crees que esos cuchillos tan cortos te servirán de algo contra mis armas, debes estar desesperada y temerosa, tanto como para sacarlos… —así se refirió Kratus a Nix, mientras reía a carcajadas… Entonces la reina empezó a reír con una risa infrahumana.
—No haz visto como están tus poderosas armas, incauto, por enfrentarse a mi partesana —Dicho esto Kratus miró su preciada espada de oro y su hacha de plata, forjadas por el mejor artesano humano que se había conocido, Widert. Ambas se encontraban completamente cuarteadas, la hoja de hacha hecha añicos y su espada casi a punto de quebrarse —…
—¿Qué ha pasado, maldita bruja, qué conjuro has hecho caer sobre mis armas?
—Ningún, embrujo, simplemente es lo que le pasa al metal cuando se enfrenta a los diamantes, o pensaste que estaban ahí simplemente por vanidad y adorno. ¡Estúpido!… —Con sus armas a punto del colapso, Kratus arrojó con gran fuerza su hacha contra Nix, pero ella, realizó un movimiento rápido con sus armas y al contener el hacha giró su espada, haciendo que el hacha se proyectara de nuevo hacia Kratus, cortándole brutalmente el hombro derecho.
—¡Ahora, quién es el desesperado!, arrogando sus armas imprudentemente —dijo Nix, y sin pensarlo le propinó patadas y golpes en la cara y la herida —…!
Cuando Kratus estuvo postrado, Nix arrojó la espada de Kratus a varios pasos. Rápidamente fue y recogió su partesana, no requirió de mucho esfuerzo, un simple movimiento le bastó para partir en dos la silla.
Dio la vuelta y miró a Kratus postrado, desangrándose, siendo que éste no era ya mayor amenaza, camino hacia él muy despacio mientras sus ojos se cruzaban. Empezó a dejar caer su armadura, quitando sensualmente los cierres, deslizándola despacio, pero sin perder la noción de la espada y el hacha ni dejar de mover su partesana. Continuo bailando delicadamente hasta hallarse con el torso semidesnudo frente a Kratus, sólo unas gasas oscuras le cubrían, ampliamente tentadora se mostraba su figura.
Caminaba, dejando que el bamboleo de su cuerpo despejara las sombras que cubrían el cuarto.
La luz de la luna hacia que su figura esplendorosa reluciera de una manera impresionante, si hubiésemos estado en ese cuarto, juro que nadie se acordaría de que existe la luna.
Así Nix se encontró frente a Kratus y le colocó su partesana en la garganta. Muy lentamente empezó a sentarse sobre él, gimiendo de una manera deliciosa. Tenía cuidado de que la partesana no presionara más de lo necesario, quería disfrutar ampliamente antes de matarlo.
Cuando su cuerpo estaba rozando el cuerpo de Kratus, observó que él ya no se atrevía a mirarla.
— ¿Por qué ya no me miras Kratus?, recuerdo que te jactabas de ser el único humano sin miedos, o acaso estar en esta posición te asusta más que cualquier cosa…?
Aún recuerdo la primera vez que te vi, hace ya once otoños, después de acabar con los humanos, tú me miraste fijamente a los ojos, con tanta ira, con tanto odio, más grande aún que el miedo.
Por eso te dejé vivir, me encantó saber que no todos eran cobardes, que existían humanos dignos de una batalla en la que no tuviese que usar algún visor en el yelmo para que no acabara tan rápido.
—Sí —dijo Kratus —, mirando directamente a los ojos a Nix, gracias por recordarme porqué te odio tanto.
—Vaya, alguien a recuperado el valor, o el odio.
—Sí, ahora comprendo el porqué me dejaste vivir, ante el cadáver de mi padre, mis hermanos, y por sobre todo de mi esposa.
—Ahora me arrepiento. Has hecho bastante daño, quizá si te hubiese rebajado y dejado que mis trasgos te comieran, hoy por hoy, ya habríamos vencido, no es así, Kratus, hijo de Widert.
Pero tu padre sembró su muerte y cuando el enano Courel me contó lo ocurrido, tuve que tomar parte en el asunto.
Tu padre fue un ladrón y sus parientes se enriquecieron vendiendo armas a cualquier imbécil. Eso debía ser frenado.
Pero tú, no podías dejarlo así verdad, e iniciaste una guerra contra los enanos.
Y a partir de ahí comenzó ésta que hoy acabará con muerte. Lástima, aún me sigues gustando.
¿Qué ocurrirá con tus tropas cuando me vean bajar las gradas y cruzar la puerta con tu cabeza en la mano?
Nix comenzó a presionar suavemente, para su partesana nada ofrecía suficiente resistencia.
De pronto, cuando ya la carne del cuello de Kratus se rasgaba, sin que ninguno de los dos se percatara, un murciélago se posó sobre la espada cuarteada a varios pasos de ellos.
Sonó un chasquido y Nix dejó caer su partesana, miró hacia abajo lentamente: por debajo de su pecho derecho, un resplandor áureo ensangrentado, sin mayor remedio cayó de lado.
Kratus se levantó violentamente y vio Triskel ante él parada.
—¡Maldita, me has robado el honor de matarla o de morir —dijo Kratus —!
—Creíste acaso que te iba a dejar morir —respondió Triskel —, no pienses eso por un segundo, además aun no ha muerto, el toque de gracia queda en tus manos.
Ahora, si quieres que guarde silencio de lo ocurrido y que tu honor sea salvado, has de desposarte conmigo, y hacerme tu reina. O quizá, también tú mueras, irremediablemente…
Kratus dio su palabra, y como todos saben él era honorable, dentro de los cánones humanos.
Así Kratus bajó con la reina Nix, por las escaleras.
Al llegar al sitio de la batalla, dejo caer su cuerpo como un costal de carne. Todos se detuvieron impresionados.
Así habló Kratus, poniendo su pie encima de la indefensa reina:
“He aquí a Nix, La Basilisco, la reina suprema de los trasgos, ultrajada y delirante a un corto paso de que las banshee la lleven al irremediable viaje. Los humanos somos humanos, más allá de hechiceros o guerreros, aquel que se nos una, será perdonado. Quiero ver a todos los guerreros muertos, que la sangre de los mágicos amanezca esparcida por los campos, pero Náyax, Hiperión y demás líderes, de ser posible, vivos y atados.”
Sin pensarlo mucho gran cantidad de los hechiceros, que habían sido protegidos durante la batalla, traicionaron. Rápidamente los órdenes se cambiaron, y las fuerzas de los mágicos fueron aniquiladas.
Cuando el sol rayaba en el campo de batalla no quedaban elfos vivos ni trasgos, a excepción de Náyax, su hijo, Hiperión y el cuerpo delirante de Nix que se negaba a morir. Los únicos mágicos de pie eran las hijas de Áine y porque éstas no podían ser vistas por humanos ordinarios. En la lucha Náyax quedó bastante maltrecho, todos estaban fuertemente atados con cadenas y la lengua de Hiperión había sido cortada.
Dratser se les acercó.
—Hola, ¿me recuerdas —dijo dirigiéndose a Náyax —…?
—No. ¿Quién eres?
—Mi nombre es Dratser, el jinete de dragones, heriste en los ojos a mi amigo Brondor y me clavaste esta flecha que por poco sería mortal.
Además soy aquel joven de la comarca del naciente, al pie de la montaña de los dragones al que no quisiste ayudar, cuando su padre moría. ¿Aún no me recuerdas? —preguntaba mientras le sostenía rostro y clavaba la misma flecha que le había herido en su ojo, sacándoselo — ¡esto es por Brondor!.
Recuerdas cuanto te rogué, fueron dos horas corriendo a tu lado y tú simplemente apresuraste el paso de tu corcel ignorándome.
Fue hace doce veranos, dime que lo recuerdas, quiero saber que sabes quién será tu verdugo… ¡Dime! —Náyax guardó silencio. Cuando Dratser estaba apunto de comenzar con su otro ojo, el hijo de Náyax comenzó a hablar y Dratser no pudo hacer más que guardar silencio…
—Hace doce veranos, mi madre, su esposa, cargaba un jabalí herido, el peso del animal le hizo caer por un barranco y su cuerpo tuvo contacto con las espinas de un arbusto venenoso. Su sangre absorbió el veneno y de no ser por llamado de los pájaros no le hubiésemos encontrado a tiempo.
La única cura contra el veneno es la raíz de una extraña planta: el elitur, que crece únicamente en la cima de la montaña de los dragones.
El viaje de la ciudad de los elfos a las montañas dura tres días a galope y el antídoto debe ser aplicado a más tardar al segundo.
Sin importarle nada mi padre montó un caballo y fue como un bólido hasta allá, cuando logró llegar, mi madre acababa de morir no hacia más de unos minutos.
Quizá si no te hubiese escuchado, mi madre aún seguiría entre nosotros. ¿Tú en su lugar, qué elección habrías tomado?
—¡Esto lo has inventado —dijo incrédulo Dratser —…!
—Si no me crees, mira en su pecho lo que lleva, lo guardó ahí desde entonces.
Dratser, no podía vivir con la duda, metió su mano por la túnica de Náyax, y halló una raíz seca y ajada, la olió y, sí, era elitur. No tuvo el valor de continuar su venganza.
Así que, nauseabundo y aturdido, se dirigió al palacio a buscar quien le curara, aquella flecha certera y aquellas palabras le habían herido profundamente.
Tras tres lunas de confinamiento y persecución los supervivientes fueron expulsados ha Avallach, a través de una puerta abierta por Ampurdán y Neuset.
Hace seis mil veintitrés otoños, que llegaron nuestros ancestros a esta isla inhabitada, y poco a poco retomamos la belleza de nuevo, haciéndola benévola y abrigadora.
Por eso esta historia ha de contarse siempre, todos los otoños, para que nadie olvide como se fundó Avallach.
Con la hermandad entre los supervivientes de los que creyeron una justa causa. Y una tierra que para los estúpidos humanos era un castigo y todos la hemos hecho nuestra gloriosa casa…
Pero en fin, la luna se asoma sigilosa entre las nubes, ella tiene sueño y se cobija.
Alegren sus caras, es hora del sueño y nuestra amada tierra es buena cuna…

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Así terminé el relato, y las caras complacidas de todos me saludaron, incluso pude ver lo que parecía una sonrisa en un trasgo.
Todos buscamos refugio y cama, ya se aproximaba la mañana.

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