Amaneció en Avallach, mas nadie puso atención a las tareas o las condiciones del cielo, sólo se escuchaba el sonido desesperado de un cuerno que al parecer provenía del centro del pueblo. De pronto, de todos los rincones de Avallach, se escuchaban diversos sonidos que vislumbraban una gran asamblea de todos los entes del plano.
Me puse las botas con gran velocidad, me olvidé por completo de las cabras y tan rápido como pude corrí al centro del pueblo.
Trastabillando de camino en cuanta roca o rama me encontrara, si darme cuenta ya estaba a sus puertas.
La gran multitud llena de llanto y pena no permitía el paso, sin embargo, deslizándome lentamente entre ellos logré llegar frente.
Caí postrado de rodillas y me quedé sin habla por largos minutos.
Parecía como si no estuviese ahí, todos parecían un conjunto de malos sueños, que se movían lentamente y en círculos frenéticos.
De pronto la turba, abrió un espacio, y guardó silencio, yo seguí inamovible y mudo.
Al mirar a mis lados, me vi rodeado de personajes ajenos a La Comarca. A mi diestra el consejo de elfos, en mi espalda un séquito de enanos y un batallón de trasgos a mi izquierda. Ante todos el sonriente cuerpo de Claus, descansando rígido bajo el árbol, con unos trozos de papel en la mano.
Reaccioné al fin y busqué refugio entre los aldeanos. Todos estábamos sorprendidos. Sabíamos de la existencia de estos compañeros de mundo y pero nunca habíamos visto a ninguno, más que el elfo de la botica de la comarca, nuestro único referente eran las leyendas del recién fallecido. Las montañas eran demasiado abruptas para escalarlas y los enanos nunca bajaban. Los pantanos demasiado escabrosos como para no perderse en el miedo de las bestias o las arenas. El bosque demasiado denso como para atravesarlo.
Así, tras una reverencia de los elfos, todos nos inclinamos en honor al cadáver de Claus.
Con un traje blanco de luto, Neter, mi gran amigo y descendiente directo de Claus se aproximó, besó la frente de viejo, tomó los papeles para darle lectura.
—Calos —dijo asombrado —, estos papeles traen tu nombre…
—¿Qué? —grité asustado —, ¿Mi nombre? ¿Cómo puede ser?
—Anda —dijo un elfo anciano —, no niegues la última voluntad de Claus, si designó tu nombre él sabe por qué lo ha hecho, la sabiduría era su don más preciado…
Así, aún dando tumbos por el asombro, me dirigí con amplios resquemores al frente del gentío.
Tres paquetes numerados escritos con su propia letra, y leí el primero:
XXXXXXXXXXXXXXXXXX
“Es curioso disfrutar de la lluvia, es como si La Natura no diera su llanto y su sangre para purificar lo que toca. ¿Cuántas veces traté de explicárselos…? Espero que alguno haya entendido por lo menos una parte de todo lo que he hablado.
Quizá muchos se asombren del nombre que he antepuesto al paquete: Calos.
Pero desde la sombra de este olmo, no he visto a nadie que escuchase con más amor mis relatos, entre tantos y tantos que se han sentado a oírlos.
Sobre mí han pasado demasiados otoños y he perdido la cuenta de las lunas y los niños que me han oído y hoy son adultos firmes y fuertes e incluso muchos ya tienen nietos.
Con el transcurso del tiempo uno aprende tantas cosas, y sí, aprende a fuerza de golpe y desengaño.
Hemos traducido magias y experiencias, hemos hecho senderos que para otros serían impensables.
Pero hemos de morir, no hay más remedio.
Y, ante la muerte, se nos generan dudas, fundamentalmente si hemos hecho lo suficiente, si seremos simplemente un gramo de polvo que se llevará el aire sin que ha nadie le importe.
Espero que mis días lúcidos hayan sido portadores de recuerdos benévolos y dulces; y, que mis daños hayan sido los menos.
Recuerden que los tesoros más valiosos están en los adentros, y sólo los mundanos no ven más allá de su propio oro.
Como es normal ante la muerte un trata de repartir lo mejor que pueda sus pertenencias, lo poco que tengo que sea de quién lo necesite, a excepción mis libros que deseo sean de Calos. Neter administrará mis posesiones, dejándose lo que requiera y distribuyendo el resto.
Espero que mis restos puedan ser honrados en los jardines élficos, con un olmo hijo de éste que he escogido para ser mi cobijo como lecho postrero. Queda pues, a decisión del Consejo Élfico, brindarme ese honor.
Así me despido no sin implorar tres últimas peticiones. Primero, que Calos sea el que me suceda. Segundo, Neter se benévolo, humilde y respetuoso de esta dura primera última petición, asimismo queda a tu haber ser guía del pueblo con las artes que te he enseñado. Tercero, sean todos felices y prósperos y apliquen con amor las cosas simples que les he mostrado, nunca dejen de aprender y escuchar, sólo así se consigue la sabiduría.
En el segundo paquete está la historia que debe contarse hoy para honrar la costumbre de otoño.
En el tercer paquete una carta únicamente para Calos, de la cual a nadie ha de comentar salvo que lo considere extremamente necesario.
Ya mis ojos tienen nublados y mi garganta como casi siempre está reseca, así que es hora del descanso, mañana les contaré el resto, jóvenes muchachos. Que descansen y logren cumplir sus sueños…
Eso es todo…
Claus, El Viejo.”
XXXXXXXXXXXXXXXXXX
Guardé silencio mientras mis ojos lagrimosos buscaban a Neter, tuve que pasar la vista por todos antes de encontrarlos.
Sus ojos demostraban desconcierto, pero humildemente se acercó y abrazándome me dijo al oído: “ahora realmente eres mi única familia…”
Así los elfos enviaron una nota en la pata de un halcón a su ciudad para rápidamente hacer los preparativos fúnebres.
Junto con dos trasgos, dos elfos y dos enanos, Neter y yo preparamos el féretro para llevar el cuerpo hasta su última morada.
Partimos pronto, no sin antes cortar un fruto seco del olmo del centro del pueblo.
Así avanzó la caravana guiada por los elfos, por parajes nuevos para muchos ojos.
El bosque de los Kodamas no era restringido para nadie, mas muchos tenían miedo de adentrarse en la espesura y perderse irremediablemente.
La brisa soplaba dulcemente y los árboles susurraban con ella. Lastimosamente sólo los elfos entendían sus palabras.
Un poco aventurero y curioso, decidí preguntarle a alguien que decía.
—Disculpe anciano, podría decirme que ocurre, qué dicen los árboles…—De pronto, un joven elfo salto frente a mí, empujándome bruscamente.
—Que te pasa muchacho —dijo —, debes tener respeto para dirigirte al líder de nuestro pueblo, el maestro Ifrit no debe ser molestado por tu impertinencia. —Cabizbajo miré a aquel elfo viejo, tratando de mostrarle el respeto que merecía, pero él con su mano levantó mi cabeza y me miró dulcemente.
—Áluster —dijo Ifrit —, eres hijo de mi casa y sabes que eso es una muestra de soberbia, un alto error para cualquiera de nuestra estirpe.
Deberías pedirle perdón a tus padres y al joven presente, y más que eso, sin regateos encargarte de guiarlo por los bosques para que se sienta como en casa, no es culpa suya no conocer el lenguaje de los árboles, ni de los animales, enséñale y con eso tu error será saldado…
—Maestro Ifrit, discúlpeme —dijo el joven elfo —, he dejado de pensar por un segundo, aun estoy atónito de que un joven tan insipiente sea el heredero del gran Claus, El Viejo…
—¡Guarda silencio! —interrumpió el anciano —, yo conocí a Claus cuando era mucho menor que este joven y te puedo decir que era igual de impetuoso, además yo era a tu edad igual de celoso con mi maestro, pero los ciclos del sol y la amistad enseña infinidad de lecciones y quizá junto a él aprendas más de lo que pensabas. Ve y enséñale lo que deseé aprender y aprende lo que tú estés dispuesto a entender… —El joven asistió con la cabeza, mientras el viejo continuaba su viaje.
—Disculpa mi intromisión, mi nombre es Áluster, y seré tu guía por estos parajes. Tú eres Calos, según entiendo, el nuevo orador de la comarca. Es un gusto ser tu compañero hasta que termine el sepelio.
—No te preocupes —le dije —, sí, soy Calos, agradezco profundamente, y perdona mi imprudencia. Sólo era una duda: ¿Qué están diciendo los árboles?
—Es muy simple, dicen: “adiós gran amigo, que descanses profundamente hasta que seas un árbol…”
—Entiendo —dije —, por eso Claus, El Viejo, amaba tanto a los árboles, en eso deseaba convertirse al morir. Yo pensaba que los amaba porque eran generadores de sombra, descanso y alimento, además nos propician con sus aromas una enorme paz.
—Realmente todos pasamos a ser parte de La Natura al morir, volvemos al suelo poco a poco y de nosotros pueden nacer flores o espinos, depende mucho y, sobre todo, de la consciencia de este hecho. Muchos espacios de tumbas quedan baldíos, porque el muerto no sabe que puede florecer. Muchos cubren con rocas las fosas, haciendo imposible el acto vital de renacer, así la muerte llega sin darle opción a la vida. —Caminé en silencio por un rato meditando lo que Áluster me había dicho, sintiendo un cambio completo en su actitud, ahora se apasionaba por mi silencio, como esperando una nueva pregunta. Quizá por fin se había dado cuenta de algo que yo no sabía o simplemente mi comentario fue el correcto.
—Y, cómo entienden lo que dicen los árboles y los animales, a veces me gustaría saber que piensan las fieras cuando atacan o las presas cuando mueren, incluso las cabras que cuido con ahínco, para conseguir leche fresca en las mañanas, en especial la que siempre se esconde como jugando.
—Eso es un arte, simple y complicado, como tratar de expresar las palabras cuando la boca se queda muda.
—En esos casos yo pinto
—Oye, y ¿eres bueno?
—No lo sé, siempre he sido del criterio que nadie es malo haciendo lo que ama, eso me lo enseñó Claus. No se puede hacer siempre, se ocupa la paz total, y las imágenes llegan a la mente como si siempre estuviesen ahí escondidas, esperando que alguien las quiera ver.
—Perfecto —me dijo Áluster —, ya tienes la mitad del camino para escuchar a las otras especies. Lo fundamental es guardar silencio y escuchar con más que el oído, ellos están esperando ser escuchados, sólo necesitas la paz interior suficiente para quererlos escuchar. Es lo mismo escuchar el gallo cacarear cuando se acerca el alba, le gusta proclamar: “es tan esplendoroso el sol, cuando sale de las montañas de los enanos, impregna con tonos áureos las copas otoñales de los árboles. Los senderos de hojas secas parecen…
—… riachuelos amables —interrumpí — y los campos un inmenso océano, quizá por eso los enanos aman tanto la forja, es le poder del sol sobre los campos, transformado en la hazaña de un mazo y el inmortal fuego.”
—¿Oye, eso también te lo dijo Claus…?
—No, eso es lo mismo que pienso yo cada vez que escucho cantar al gallo. Es extraño, es como si, como sí… no sé como explicarlo… —Guardé silencio por un instante, y Áluster me miró fijamente a los ojos…
—Creo que te subestimé Calos —me dijo Áluster —, quizá tienes más madera de lo que piensas y más secretos de los que se te ocurren. En fin, recuerda que puedes preguntar lo que quieres, pero recuerda, la mayor parte de misterios debe descubrirlos uno mismo.
Simplemente le agradecí y opté por guardar silencio, quería probar suerte, buscar un poco de paz para tratar de escuchar por mí mismo lo que decían los árboles.
Pasaron horas en silencio, el viento seguía susurrando entre las ramas, poco a poco desligue las lenguas que escuchaba con frecuencia y me dejé llevar simplemente por el sonido del viento.
De pronto oí: “Mira, hermano abeto, ese joven quiere escucharnos, dice el roble que vive a tres mil pasos de aquí que viene guardando silencio desde hace mucho tiempo, ¿cuál será su nombre?”.
Sin pensarlo dos veces grité: “si abeto, qué joven más soñador, tratando de escuchar a los árboles hablar, más de tres mil pasos y sigue intentándolo, y me llamo Calos…”
De pronto todos guardaron silencio, imagino que muchos pensaron que estaba desvariando, pero todos los elfos se quedaron atónitos e incrédulos, sólo Ifrit me volvió a ver con unos ojos distintos, con unos ojos de felicidad y una sonrisa dulce entre su arrugado rostro.
Sin más, cuando caminaba, escuchaba hablar a mis congéneres y a los enanos, y muy frecuentemente otra lengua (que no sabía porqué conocía) golosamente decía: “adiós Calos, el oyente.”
Al fin, después de casi medio día de viaje, llegamos al altar preparado para el viejo Claus.
Los elfos le esperaban con cánticos en una lengua extraña y medio poética, pociones aromáticas y una hoguera ligera circundada con símbolos antiguos.
Colocado el féretro sin tapa en un agujero no mayor a cinco pies de profundidad, con las manos cada uno de los presentes tomó un puñado de tierra y fue tapando el agujero.
Una vez concluido el trance, ya cubierto el hoyo, Neter plantó aquel fruto que cortamos del olmo del centro del pueblo. Los elfos le entregaron un ánfora y una vez vertida sobre el suelo de la semilla, de inmediato, brotó un pequeño tallo.
Después de concluir el sepelio, Ifrit pidió la palabra.
—En estos momentos la luna posa en su cenit, es hora del descanso, mañana retornarán todos a sus vidas y la de Claus seguirá creciendo en espera de no ser olvidado. —Muchos se pusieron en pie presurosos, buscando abrigo en algún cúmulo de hojas.
—¡Alto! —Interrumpí, robándole la palabra a Ifrit, ocasionando miradas de repudio de muchos de los elfos —, hoy es la cuarta noche después de la segunda luna de otoño y para permitir que este tallo no marchite nunca, se ha de contar la historia la última historia de otoño, como todos los otoños hasta que el mismo Avallach olvide sus propio nombre. —Antes que me percatara, el mismo Ifrit tenía en sus manos el segundo paquete dejado por Claus.
—Es hora de la historia, y será la más grande desde hace siglos, todas las criaturas han de oír la última historia de este otoño, en voz de Calos, el nuevo orador de la comarca —argumentó Ifrit con voz jubilosa —Una vez dicho esto se acerco a mi oído para susurrarme: “realmente eres como el Claus de hace tanto tiempo, andantes de ser llamado: El Viejo. Antes aún de que aprendiera muchas de sus más preciadas artes”. Yo abrí el segundo sobre. Todas las criaturas se habían reunido y me miraban acuciosamente, los nervios me consumían por completo empecé entonces a leer en voz alta y temblorosa:
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Era la cuarto día dess pués de la seg uunda luna de otoño, cuaando la reina Nixx man dó a…—Guardé silencio y vi a todos horrorizados por lo desastroso del comienzo del relato. Yo no era Claus no podía leer sus palabras con la misma emoción con que él hablaba, tantas veces había escuchado esa historia y siempre supo cautivarme. Yo, sólo podía dormir a todos mientras me escuchaban leer las palabras de Claus. De pronto mi cuerpo sin pensarlo se agachó y dejó delicadamente el manuscrito de Claus sobre el suelo, respiré profundo, subí mi cabeza y sonreí, muchos pensaron que iba a desistir, sin embargo afine la voz y le di un sorbo al ánfora —…
Era el cuarto día después de la segunda luna de otoño, mucho antes del amanecer, cuando la reina Nix mandó a llamar de nuevo a todos sus generales.
Presurosos, todos finiquitaban los últimos preparativos para la gran batalla, pero en un instante estaban presentes: La Orden del Dolmen y Náyax.
Tras la reina se encontraban dos hadas con las alas mutiladas, recostadas y maltrechas, acostadas en la cama de la misma reina. Traían las últimas noticias: dentro de la fortaleza existía un arma secreta, algo que no conocían, pero no pudieron averiguar más, de haberlo hecho no hubiesen podido regresar.
Susurraban moribundas: “Parecen carruajes tirados por caballos, parece como, como si fuesen bestias brutales…”, vencidas por el sueño mortal ante la canción de cuna de las banshee las hadas cerraron sus ojos, para no despertar más.
—Inminentemente a llegado la hora —dijo Nix, mientras los presentes acertaban con la cabeza —, no sabemos que nos espera dentro de esas murallas, no sabemos si volveremos, pero sabemos que es mejor morir en la batalla que vivir vencidos, es hora de la última batalla hasta que alguno de los bandos yazca tendido. Es hora de la batalla, preparen a sus tropas. Mis hermanos trasgos irán al frente. Después los hechiceros se encargarán de los dragones y evitarán el impacto de las catapultas convocando fuertes vientos. Los elfos deberán debilitar los arqueros mientras los demás derribamos las puertas de la fortaleza. Una vez adentro, cada quién estará por su cuenta y respaldará al otro y a los suyos, sin mostrar diferencia, aún a costa de su vida.
No deseo ver a nadie suplicando por su vida, quiero ver guerreros que saben que cualquiera de nosotros sólo somos piezas de un mismo juego, y si dejamos en pie sus torres el próximo rey de los humanos, la reina de las criaturas de los hijos nocturnos o los hacedores del medicamentos y protectores de La Natura, no seremos más que un simple recuerdo.
¡Adelante, a la batalla!…
viernes, 4 de febrero de 2011
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