Amanecía de comarca olvidada por el mundo y los cielos se mostraban un poco violentos y oscuros, se acercaba a pasos colosales el indudable invierno y el fin del ciclo solar.
Hoy el sol no relucía como me gustaba verlo, se denotaba tímido escondido entre las nubes coléricas que vaticinaban una poderosa tormenta.
Así que me puse las botas y salí a hacer lo mío.
Hoy no deseaba pintar.
Al terminar mis labores de pastoreo, simplemente, me recosté a un árbol esperando la lluvia.
Es tan hermoso dejarse mojar por completo. Sentir que la lluvia purifica tu alma como un renovador de energías.
Y si te enfermas, acudes a la botica de Petord el elfo y él sabrá qué darte contra los males del cuerpo. Pero para los males del alma no tienen nada en la botica, y para mí la mejor cura es la lluvia.
A veces es bueno arriesgarse un poco para obtener la paz, no hay peor tortura para el alma que dejar las cosas a medias o simplemente no aventurarse a hacerlas.
Igual, eso fue lo que pensé antes de aventurarme a conquistar a una nereida, que pudorosa se fugó mar adentro y, este imbécil, se lanzó tras ella. Al verme lejano de la costa casi me ahogo simplemente por el pánico de estar tan lejos. Sin embargo, aún sigo entre los vivos, aunque a veces, despierto con aquel delicioso aroma a sal y brisa marina.
Empezaron a golpear los vientos y a caer la esperada llovizna, así pasé la tarde, remojándome como un arbusto más.
Al fin cesó la lluvia cuando se aprontó la noche y después de cambiar mis ropas corrí como gato juguetón al centro para escuchar de Claus el ansiado relato.
No acababa de llegar cuando, antes de poder encontrar un lugar para sentarme, me miró como diciendo: “¡Ya era hora muchacho!”. Apuró un trago de sabia de abedul, y empezó a narrar:
***********
Corría el otoño 4043 después de la augusta aparición del sol tras el tortuoso invierno de las incontables lunas, era marcada por la evolución imprevista de un ser lleno de codicia: el humano. El mundo se encontraba corroído por la avaricia y las formas bizarras de un nuevo ente guerrillerista, resumían sus ínfulas de poder sobre el plano espacio de las comarcas, arrasando los bosques y destruyendo las fuentes de agua limpia.
Si bien es cierto no todos son iguales a lo que describo, la vida había cambiado de tono. Las formas anteriores estaban extinguiéndose a pasos agigantados; todo se resumía al desastre de Courel quién, estúpidamente, había entregado el fuego y el poder del conocimiento a las manos de un animal de apariencia inofensiva, pero que aumentaba su destrucción a medida que aumentaba su ciencia.
Las artes antiguas de los hechiceros —aprendidas de los elfos y La Natura — se perdían. Las pociones de los elfos eran usadas para fortalecer ejércitos en lugar de curar enfermos. Los dragones fueron domesticados o convencidos de la alianza con los humanos, para las luchas aéreas y marítimas.
Un enorme caos se tendía en el mundo.
Así, una vez llegado en el punto de no retorno, la unión de los entes mágicos formó una alianza en pos de la reconquista del mundo.
La reina Nix, poderosa hechicera y maestra de la magia negra, titánica exponente de las artes oscuras y la fuerzas del abismo, guió las tropas de los mágicos.
Las tropas, compuestas fundamentalmente de duendes, trasgos, elfos y hadas, sumaron a sus filas un séquito de humanos, quienes, renunciando a las burlescas esencias humanas, se transformaron en poderosos magos y dueños de los elementos, poseedores de conjuros y la licantropía.
Así, Ampurdán llamó a los hechiceros, citando a La Orden del Dolmen a partir a la guerra contra sus congéneres.
Ampurdán, un hombre ya entrando en su invierno, juró lealtad a Nix dado que sus míticos ancestros recibieron el poder de los elementos de manos de los entes mágicos y “dioses antiguos” (entiéndase La Natura), por lo tanto entre la balanza de la humanidad y el poder, optó por el poder.
Considerado el más poderoso de los magos, no así el más sabio, poseía el control absoluto de la licantropía, el sismo y del trueno, nadie se atrevía a considerar siquiera contradecirle, sólo la reina Nix, dado que ella era la única capaz de desvanecer sus poderes, junto con él, para siempre.
Ampurdán era el líder de La Orden del Dolmen, formada por los descendientes de las primeras mezclas entre humanos y elfos —fundamentalmente en conocimientos —, poseedores de las esencias de la naturaleza y la capacidad de transmutar su cuerpo. Sus poderes variados le hacían un sólido batallón, desde aquel que podía vaticinar en el viento la llegada de la tormenta hasta quién podía convocarla; desde aquel podía guiar el augurio con favores de las estrellas, hasta el que podía derribarlas a placer del cielo. En fin una amplia gama de poder que usado adecuadamente cambiaría el resultado de la batalla.
Náyax, general electo de los elfos, al parecer el más bravo de los hijos de los kodamas, hijo de la fundadora de la compilación de magia élfica y de Shio, fundador de la primera escuela de arco. Por tanto, maestro en el arte del tiro y con bastos conocimientos sobre las pociones curativas. Médico y soldado, pero además, uno de los más respetados seres mágicos por su sabiduría y capacidad de comunicación con los animales.
Los duendes y las hadas particularmente en labores de exploración, trataron de mantener la armonía entre las diversas razas y guiar a la unión, pero siempre trabajando en pos de su causa: retomar el mundo para edificarlo nuevamente y dejar de esconderse en las cavas.
Los enanos no acudieron al llamado pero se comprometieron a brindar el armamento y vigilar los fuertes mágicos, centralizado en el “impenetrable” bosque de los Kodamas, dado que los árboles y las fieras cerraban el camino a cualquier guerrero que se aventurar y los aires eran custodiados por grifos y pegasos. Algunos los catalogaron de cobardes pero la misma Nix agradeció el gesto a sabiendas que la fuerza de los enanos sería más útil en la forja que en los campos de batalla y su pesada forma retrasaría a los pelotones en su marcha.
Y, por sobre todos Nix, hija misma de la noche, la descendiente de hechiceros raptada y criada por trasgos desde antes de su consciencia. Creció en los parajes sombríos y sórdidos, donde las risas surgían ante el dolor sentido, las lágrimas jamás fueron concebidas y las estrellas nunca vistas por la espesura de las negras nubes.
Pálida y de mirada profunda, tan profunda que nadie la miraba directamente a los ojos —en medio de ese fondo esmeralda, el que cruzara sus ojos se perdía, revelándole a la reina de las sombras sus más profundos miedos, y ella sin quererlo (en la hipnosis) lo reflejaba, dejando petrificados y locos, ocasionando un inminente paro de las funciones motoras, respiratorias y cardiacas a quién dentro de sí guardasen un temor conciso que pudiera ser imaginado… Contaban que sólo los elfos, Hiperión y un humano más habían logrado mirar sus ojos y no perderse en el intento, Es difícil encontrar en los humanos (hechicero o guerrero), alguien de corazón valiente que no le tema ni a la muerte, o simplemente tenga un corazón puro…
No obstante, sus ojos eran extremadamente bellos (al igual que peligrosos). Su tez blanca, con rasgos finos y delicados. Su cabello ondeante de rizos ligeros de color azabache caía por el frente hasta cubrirle los pechos. Piernas fuertes, recias columnas para sostener un templo. Espalda larga y lisa, como para naufragar en las noches de sueño.
Su figura en fin, suculenta y tentadora, un cuerpo de diosa oscura con una carnosa y delicada boca y corazón tétrico, no malvado, simplemente previsor y desconfiado. No obstante, siempre llevaba una túnica de pantera, con plumas de cuervo en los puños y una estola de crines de potros sombríos y una capa de ébano con perlas negras incrustadas, procurando que su forma humana fuese vista lo menos posible. En su mente ella era hechicera y trasgo y, para tales oficios, la belleza es simplemente un accesorio.
Así inició la guerra de los mágicos y los humanos.
Después de diez primaveras de encarnizadas batallas se presentó por fin la última muralla humana que no había sucumbido ante las hordas mágicas.
En el oeste fue cercada la batalla hasta sus últimas consecuencias, en las puertas del castillo Nepente, máximo fuerte de la resistencia humana, donde se atrincheraban los guerreros más poderosos y los conductores de dragones, asimismo legiones de soldados armados con redes de acero, tridentes y espadas de hierro, algunas amalgamas metálicas les daban gran variedad de armas y maneras de matar. El castillo se posaba imponente en la más alta de las montañas de Armórica, con tres atalayas en cada flanco, y una única entrada viable desde tierra: una colosal puerta de hierro y roble. Para llegar a dicha puerta se debía caminar por un desfiladero, posiblemente vigilado y entrampado.
En el frente del castillo, en las murallas, se mantenían cinco mil arqueros, amenazando cualquier avance de las tropas mágicas por mínimo que fuese. Además, setenta catapultas dentro de la fortaleza estaban preparadas para ser activadas, desplegando sobre sus blancos millones de lanzas, estrellas y hierros afilados, propiciando una matanza indescriptible a sólo una orden de Kratus.
Kratus, general de las tropas humanas, se servía de ser un hombre honorable (dentro de los cánones humanos), no era intimidado por ningún ser, así logró ganarse el respeto de sus tropas y guiarlas en la batalla. Era entonces un hombre joven, de veintisiete veranos, espalda ancha y fuertes brazos, capaz de sostener un hacha y una espada, para luchar simultáneamente con ambas de una manera que hacia temblar hasta a los más bravos guerreros.
En su cara blanca se reflejaba cierta soledad, el no tener a nadie a su lado, ni familia y ni amada y su aparente ausencia de miedo a la muerte, eran lo que lo hacían el guerrero más temible, a su vez mostraba una profunda amargura e ira contra los seres mágicos, lo que lo hacia el candidato perfecto para guiar las tropas al triunfo. Sin dolor por perder a un soldado en la batalla, sin temor de morir en la lucha, sin piedad ante los enemigos, sin piedad ante los caídos, sin oídos para llantos: ese era Kratus.
Kratus se ubicaba en la cima de la estructura, con el hacha en la espalda, la espada a la izquierda y en la derecha un cuerno de oro puro, que colgaba de su cuello, para llamar a la guerra.
En las alturas relampagueaba una enorme sombra, merodeaba el palacio protegiendo desde los aires con un violento batir de alas.
Dratser era el segundo al mando, portador del fuego aéreo, el mejor jinete de dragones, usualmente vigilaba en campamento de los mágicos para vislumbrar posibles movimientos y arrojando desde alturas infernales los cadáveres de los exploradores descubiertos. Cuando no, servía de vigía en castillo, fundamentalmente de noche, dada que la aguda visión y olfato de su bestia no se diezmaban ante la negrura y la bruma.
Pese a que su forma física dejaba mucho que desear, su enorme lazo y entendimiento con las bestias lo hacia el más acrobático y el más preciso, nadie entendía como dejaba caer a la bestia desde alturas inmensas sin que el monstruo forzara las amarras y lo dejara caer como un maniquí al suelo, dejando de él solamente harapos.
Campesino de nacimiento y jinete por elección, se enamoró del poder del vuelo cuando un dragón destruyó las cosechas de los asentamientos humanos, vio la impotencia humana contra la violencia y erradicación causada por los aéreos entes. Así, decidido subió a las montañas y capturó un dragón con sus encantos, no requirió de fuerza, simplemente tocó sus flautas, le vanaglorió e hizo al dragón su aliado. Le ofreció al dragón la potestad de la libertad y la violencia, un poco de sentido común, una vida sin caza mutua, sino una alianza para la conquista.
Brondor, así se llamaba su dragón, era oscuro con ojos de huracán violento, su color era un tono entre gris y negro, perfecto camuflaje entre la noche. Era delgado y largo comparado con otros, lo que le hacia más versátil en el vuelo y sus alas similares a las de un murciélago, con una envergadura de unos ciento diez pies, tenían la fuerza suficiente para enviar quince hombres a volar con la brisa de su aleteo.
Sus patas bien desarrolladas, lo hacían un poderoso guerrero. Capaz de impulsarse más de trescientos pasos de un salto y desgarrar árboles de un tajo con sus miembros delanteros. Portaba en su cabeza un casco de ópalo y platino, que usaba como ariete en las luchas cuerpo a cuerpo. Su cola engalanada de una armadura tenía la fuerza para derribar una muralla en tres golpes. Su aliento ácido lo hacia simplemente perfecto, pero sólo Dratser podía montarlo, guiarlo, pedirle o alimentarle (en los intentos fallidos los pajes atrevidos terminaban siendo sus mondadientes).
Brondor fue quién convenció a sus similares de la alianza, ofreciéndoles la libertad de la montaña y los aires perpetuos, alimento y adoración, una vez concluyeran las campañas.
Existía un tercer miembro a cargo, una dama, una hechicera que traicionó las hordas de mágicas para unirse a sus congéneres humanos…
Su nombre era Triskel, hija de la cuidad de Hallstatt y el hechicero druida .Ampurdán. Conocida como La Téne, por el uso de su experiencia en alquimia y magia druida en la construcción de armas, dueña y señora de la marca de Tara, símbolo del poder de los elementos de la noche y los murciélagos. La marca de Tara, una luna creciente y un escudo de león que se le anteponía, simbolizaba su control de la noche, el metal, los sueños y la batalla.
Triskel, era una mujer hermosa e inteligente, amante de las artes y las leyendas, poseía conocimientos radicales para vencer a los mágicos y adjudicarles el triunfo total a los humanos. Sus ojos miel llenos de misterio y su cabellera castaña por los hombros, la blancura de su piel y su sensual mirada, hacían que muchos de los hombres desearan conquistarla.
Sin embargo, resultaba una mujer fría y calculadora, estratega y decidida, formulaba conjuros para fortalecer las armas y perfumes para engalanar sus pieles. Vanidosa al fin, una hermosa druida entre mil bárbaros, pero ella sólo servía a su deseo de conquistar a Kratus.
Esa fue toda la información que conocían los mágicos de sus enemigos, después de decenas de espías y lunas de infiltración en las murallas.
Por su parte, el ejército de Nix, La reina Basilisco, no temía a los humanos, confiaba ciegamente en sus generales.
—Para que preocuparme por sus armas — decía, con su voz metálicamente armónica — si las nuestras son hechas por los mejores herreros, que sabe un humano que no sepa un enano a cerca del arte de forjar espadas, lanzas, armaduras y equipamientos.
Podrán tener un millón de arqueros, que diez de ellos no igualarán a uno solo de los elfos.
Quiero ver a sus dragones desplomarse ante los titánicos fuegos celestes y los huracanados vientos que conjuraran los hechiceros.
Ver sus tropas caer de sueño, ebrios de las esporas de las hadas o desgarrados por mis amados trasgos…—Así se reía la reina, con su voz metálica y cruda, encerrada en su capa de negrura, mas sus generales se mostraban un poco desconfiados…
—¡Oh, sabía reina de la penumbra! Son humanos —dijo una voz sumida en la penumbra de la tienda de Nix —, no debéis subestimar el poder, su ingenio y corazón. Yo soy humano, además de hechicero y sé el poder de esas facciones, no se puede despreciar el coraje y el empeño, si fuesen tan vulnerables no habrían causado tanto desastre. Propongo la cautela y el análisis, antes de enfrascarnos en una lucha que puede ser la última, la victoria o la derrota…
—Tranquilo —contestó Nix —, bien es sabida y temida la astucia humana, pero debemos comprender que somos los poseedores legítimos de estas tierras. Somos quienes la hemos manejado en armonía desde el inicio de los tiempos, pese a las rivalidades intrínsecas entre nuestros pueblos.
No te preocupes, Ampurdán, sabemos de lo que son capaces los humanos y por ello aniquilaremos su resistencia para recobrar la paz y la hermosura de nuestras tierras
—Pero reina —interrumpió Ampurdán —, ¿aún mantienes tu promesa de perdón para mi hija y la posibilidad de que nuestro pueblo guíe las hordas humanas…?
—¡Basta ya! —replicó La Basilisco, exasperada —, no ofendas mi palabra, porque os castigaré con ira. La reina Nix, no engaña ni defrauda su palabra, anda y cubre tu flanco y deja de pensar como humano y piensa en las generaciones que recordarán tu nombre, como el hombre que guió a los hechiceros para redireccionar el orden…
Sin más aspaviento Ampurdán se dirigió al flanco central, donde se encontraban los hechiceros. Convocó a los líderes de La Orden del Dolmen, Hiperión (ahora un gran maestro) y Neuset, ambos hechiceros poderosos y poseedores del respeto de los entes mágicos. Les ordenó preparar las legiones a la orden de Nix, de estar atentos para la última batalla y para el triunfo a cualquier costo, indicó que los generales ya tenían sus órdenes. Transformó su cuerpo en libélula emprendió vuelo hacia el castillo Nepente, y en la espesura de la noche se perdió.
—¿A dónde va Ampurdán? —cuestionó Hiperión, afirmando iría a decirle a Nix esta extraña actitud.
—No seas ingenuo, —interrumpió Neuset— siempre parte en la noche para ver los movimientos de los enemigos y redefinir estrategia, qué dragón podría atacar una libélula, qué flecha acertar o que humano atacar… además siempre parte a ver a su hija desde lejos y velar por su bienestar
No muy convencido, Hiperión bajó la guardia y dejó pasar la acción, imaginando que el amor de padre podría llamar a Ampurdán a satisfacer sus pesares pareciendo ausente.
Náyax, preparaba sus tropas, engordando los arcos y bendiciéndolos con ensalmos de sabia de robles y brecina. Dentro de la ceremonia se amarraban plumas de azor en los extremos de la cuerda para que su audacia y precisión les guiara en la batalla.
Una vez concluida la ceremonia, Náyax habló a sus tropas:
—Hermanas y hermanos míos, árboles y aves, insectos y alimañas, estamos aún en los tiempos del inicio. Estamos presentes como un fiel batallón de hormigas laboriosas y ordenadas, formando castillos con el polvo sin hacer más que lo necesario para sobrevivir.
Aprendimos hace siglos a subsistir sin más que lo necesario, valientes y sabios maestros fueron los Kodamas.
Pero al igual que algunas hierbas deben ser recortadas para que no arruinen las cosechas o simplemente llevadas a tierras donde no puedan hacer daño a sus hermanas, así nosotros y nosotras, deberemos podar el mundo un poco, para que La Natura conserve su belleza y curso.
Hemos protegido la vida como se protege la propia, y a La Natura como a la madre que nos alimenta. Pronto deberemos alejar a un depredador que no tiene mayor sed que la codicia, y quizá debemos aniquilar su especie para salvar a todas las demás, o quizá podamos transplantar alguno para enseñarles a ser más animalmente coherentes.
No nos es permitido vacilar o compadecernos, es el momento de luchar para salvar el orden que ha existido.
Una vez tuve que cazar un ciervo para alimentar un tigre herido por las lanzas humanas, quizá muchos humanos piensen que debió morir de hambre pero nosotros sabemos que la caza es un recurso natural y equilibrado, no un deporte para demostrar superioridad de clase.
Ahora este tigre me acompaña como un fiel compañero de batalla, un abrigo en las noches frías y velando en mis noches de delirio. —A su lado apareció de pronto Kiev, un poderoso tigre blanco de nueve pies sin contar su cola, quien gruño poderosamente haciendo huir a las aves de los árboles. —Tranquilo hermano mío, la batalla aún no comienza, pero debemos prepararnos a la orden de Nix.
—Pero Nix, La reina Basilisco, también es humana —murmuró una voz entre el tumulto —, como confiar en ella.
—Tranquilícense todos, —grito Náyax —, si bien Nix es humana, es hija de Kelsut, un humano que obtuvo los favores de nuestros ancestros por su honor y carácter, jamás uso su poder para beneficio propio ni trató de defraudar su palabra.
Nix, es la hija de Kelsut, criada por trasgos, la única que logró controlar a los trasgos y la que hoy los pone en la causa común por la recuperación del mundo de la magia, imponer el orden antiguo y restaurar los flujos naturales, la cual es nuestra misión desde que nos adoptaron los Kodamas.
Igual que el escorpión, por más que suplique seguirá siendo escorpión, ella es humana, pero pese a ser un ser oscuro es un ser de palabra y todo lo que desea volver las cosas a su cause, sus influencia no nos deben importar, sino librar la batalla con honor y fuerza para limpiar La Natura. —Entre las gasas de sombra se aproximó Nix, quien escuchaba desde la penumbra la proclama de Náyax.
—Vaya, veo que tus elfos desconfían de mí —dijo Nix —, aun no comprenden que mis trasgos están en sus filas y han muerto miles en estos otoños de lucha y que nunca he traicionado, muchas veces en la lucha mis trasgos con sus filias de muerte han diezmado sus instintos para salvarles la vida. No pido más que su confianza y su sabiduría para ésta, la que puede ser la última batalla. —Dándole la espalda a las bases del ejército élfico, se dirigió a Náyax, viéndole a los ojos directamente:
—Náyax, has dirigido tus tropas con el honor que caracteriza a los mágicos, y te confío el desenlace la batalla. Sólo una instrucción, Kratus es mi presa, queda prohibido tocarle o hacerle daño.
Así la reina acarició la cabeza de Kiev, quien ronroneaba dulcemente con sus caricias, ella se desvaneció en la penumbra, como había llegado.
Vaya, parece que se me fue la mano con el relato, veo ya tres cabezas vencidas por el sueño, la reina Nix ya les hubiese empalado…
¡Ja…!, bueno es hora del descanso, mañana les contaré el resto, jóvenes muchachos. Que descansen y logren conciliar el sueño…
***********
Así terminó su relato y con dificultades, apoyándose en su bordón, se levantó y se despidió.
Vi venir a Neter, uno de mis mejores amigos.
—¿Qué te ha pasado? —me dijo —, parece que Claus te estaba esperando para iniciar, ha apurado tres ánforas, según él porque sentía seca la garganta, pero te vio, sonrió y empezó…
—No creo —le dije —, ha de ser que con su edad igual que requiere de un bastón, ocupaba un poco de tiempo para afilar la garganta y la memoria. Vamos a casa que la noche asecha en las sombras y las sombras siguen siendo sombras…
Así me dirigí a casa, como todas las noches a partir de la segunda luna de otoño, desde que tengo memoria, hace ya veinte ciclos solares, que acudo a ver al viejo Claus, claro que no siempre fue así de viejo.
Pero tuve que confesarle a mis adentros que fue un gran honor para mí su mirada y su sonrisa, aunque esperaba que nadie hubiese notado…
viernes, 4 de febrero de 2011
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