Apenas rayaba el sol cuando desperté. Me puse las botas y fui a lavarme la cara.
A veces es tan esplendoroso el sol, cuando sale de las montañas de los enanos. Impregna con tonos áureos las copas otoñales de los árboles. Los senderos de hojas secas parecen riachuelos amables y los campos un inmenso océano, quizá por eso los enanos aman tanto la forja: es el poder del sol sobre los campos, transformado en la hazaña de un mazo y el inmortal fuego.
Fui a buscar mi rebaño al final de los campos, como siempre una cabra en particular da problemas, escondiéndose en los arbustos como jugando.
Después de las tareas de pastoreo, tomé mi lienzo y empecé a divagar.
Es hermoso, no sé, encontrar un rostro desconocido y dibujarlo como si lo amaramos más que a nada en este reino. Siempre tratando de poner en los ojos algo de misterio y pasión., tratando que el primero pesara más. Después dibujar la boca como reflejos carmesí u oscuros, pero siempre a medio ímpetu siente uno la necesidad de más colores que den vida a lo que parece llano.
Así salí a buscar algunos pigmentos, carmesí oscuro para los labios y un marrón particular para los ojos.
Camino al pueblo encontré descanso en una roca y preferí dejar morir la tarde frente a mí.
Los ponientes en La Comarca se trasponen en el mar de las Nereidas, es impresionante ver morir el sol entre los arrecifes, esa alta muralla de rocas inexorable, es simplemente fantástico. Creo que sólo los relatos de Claus, El Viejo, son más mágicos.
“¡Cierto, debo apresurarme ya ha de estar por iniciar su relato…!”, pensé con sobresalto.
Corrí presuroso hacia el centro del pueblo y como todas las noches a partir de la segunda luna de otoño estaba bajo aquel olmo anciano de robusta enramada.
No fue larga la espera. Todos los habitantes de La Comarca estuvieron sentados, dispuestos a escuchar el relato y, de inmediato, después de darle un sorbo al ánfora de su diestra, comenzó a contar:
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Cuando el mundo se halló conformado, los seres que le ocupaban iniciaron sus vidas de manera diferente, cada quién escogió su camino y senda de vida.
Las hadas y los duendes hicieron suyos los campos, refugiándose en cavas y agujeros en los árboles.
Los elfos, promovieron un sistema social en el cual podían expresarse con libertad, su nación no tenía fronteras. La comuna se encargaba de todo y todos tenían una función en su comuna. No obstante, siempre se respetaban las individualidades.
Los elfos son similares a los humanos, pero más perfeccionado, altos y robustos, sin embargo no musculosos. Para ellos es más importante la sabiduría que la fuerza, en promedio pueden medir unos siete pies de alto con una espalda de no más de dos. Brazos largos y fuertes, capaces de lanzar una flecha con sus arcos a más de mil pasos sin fallar. Su mirada es aguda y sincera. Son sabios porqué se dieron tiempo de aprender y enseñar. Su cabello al nacer es casi blanco, conforme crecen y envejecen se empieza a notar oscuro.
La belleza personal no les importa, pero La Natura les premia con ella, sin que a ellos les enorgullezca vanamente. En mis tiempos mozos recuerdo a las elfas hermosas de los campos de las hadas.
Sino miren a Petord el elfo que vive acá en La Comarca —todos los ojos se dirigieron al bien parecido Petord, mientras éste (un poco tímido) se hacia como sí no fuese con él. Petord aparentaba unos treinta veranos, mas así lo recordaba desde que tengo memoria. Alto y bien parecido. De piel alba y ojos grises profundos. Cabello grisáceo y largo a media espalda, en rizos suaves y delicados. Manos largas y dedos finos, como de aquellas jóvenes que cuidan su piel con aceites de la botica, para mantenerla lozana y juvenil. En fin la envidia de muchos aldeanos —: ¿cuántas de nuestras jóvenes más impetuosas han deseado sus favores desde tiempos inmemoriales…? ¡Umm, Umm!
Regidos por un comité de ancianos quienes con sabiduría guiaban a su pueblo, presidían las asambleas élficas donde se exponían las preocupaciones y mejoras propuestas. Ellos eran quienes guiaban las conversaciones y las discusiones pero su voto era igual al de cualquier elfo.
Su imperio se extendió con rapidez y grandes bellezas surgieron de él, monumentos impresionantes y métodos de cultivo en equilibrio con las demás especies.
Haciéndose expertos en botánica iniciaron a descubrir la medicina. Además tenían, por fortuna, la habilidad de comunicarse con las demás especies, ellas muchas veces les enseñaban sus instintivos secretos curativos.
En el seno del bosque de los Kodamas sentaron su reino. Un majestuoso palacio incrustado en una montaña de caliza y mármol, con varios jardines labrados con los conocimientos de uso del agua y el viento, esculturas de ballenas y barcos entre otros, rodeados por pinos, sabinas, laricios y enebros.
A los pies del castillo se imponía el bosque. Decorado por un poderoso río, en el cual solían bañarse las hadas y las ninfas.
El clima frío y templado, les permitía hacer sus tareas sin descanso, y conocer los extremos naturales sin moverse mucho. Sin embargo, viajeros iban y venían a por medicinas para pueblos lejanos o trayendo noticias de los acontecimientos del mundo conocido. Así pasaban los días los elfos, explorando las fronteras de La Natura para beneficio de todos, médicos del mundo y defensores de los equilibrios existenciales.
Requerían de la caza según las necesidades básicas, respetando por sobre todo el entorno y las fechas de apareamiento de las presas, así mantenían el equilibrio, no obstante eran más vegetarianos que carnívoros.
Así vivían los elfos, prósperos y sabios, amantes de entorno natural y por sobre todo con el deber acérrimo de proteger, aún a costa de sus vidas, La Natura.
Hacia el borde frío se encontraban las montañas escabrosas donde vivían los trasgos, en las tierras altas de Árdeal conciliaban sus fuerzas, con un modo de vida violento y desvergonzado, basaban su existencia en el hurto a los humanos y la caza desmedida.
En múltiples ocasiones se topaban con los elfos en sus matanzas y estos con la ayuda de su conocimiento sobre La Natura fácilmente burlaban a los trasgos y remediaban sus desastres.
Los trasgos eran la especie más repudiada del reino y sólo las hijas de Áine, las banshee, seguían sus pasos sin ser molestadas, para velar el viaje final de las víctimas de los trasgos y hacer sonar sus llantos por las almas prófugas.
Jamás demostraron ni un poco de compasión ante sus víctimas, salvo la vez que irrumpieron en un pequeño poblado de humanos dirigidos por un poderoso hechicero llamado Kelsut, un hombre ya entrado en inviernos pero reconocido como el mejor maestro y más poderoso hechicero humano.
Entraron pues los trasgos simplemente a robar las reses que los humanos cuidaban en sus parcelas, tras la intromisión de los seres, los humanos salieron a defender la posesión de sus animales.
Al frente de todos iba Kelsut, quién conjuro a los vientos para elevarán a los monstruos, cientos de ellos volaron por los aires no obstante, en segundos, infinitud de trasgos rodearon el pueblo, Kelsut solo no podía como todos y sus aprendices asustados no podían, no sabían que hacer, al final tras la deserción de muchos, incluso de su mejor aprendiz, sólo estaban en pie de lucha él y su joven discípulo Hiperión, ambos procuraron la retirada para buscar un refugio seguro.
Así llegaron al a casa de Kelsut, donde se posaba su recién nacida hija Nix, al verse acorralados por los seres, Kelsut lanzó su ultimo conjuro con el cual encerró en una esfera de luz a Nix, para que los trasgos no tocarán a su hija y le dio orden a Hiperión de transmutar en ave y alejarse de ahí.
Hiperión se negó a obedecer, pero Kelsut recalcó:
—Hiperión, quizá no seas mi discípulo más fuerte pero eres sabio, honorable y leal, eres como un hijo más y si por mí fuese serías el hechicero digno de sucederme en la formación de hechiceros, mas mis fuerzas flaquean por la batalla y vejez, sólo pude salvar a mi hija y a ti te ordeno te salves por tu cuenta. Deja que mi cuerpo descanse en mi casa y prepárate para futuro como un buen líder, en tus manos quedará sin que lo notes las sendas del futuro de la estirpe y las ciencias ocultas que hemos aprendido con el paso de tantos siglos de barbarismo y lucha. El don que te dejo es el saber y el deber que te ordeno es sobrevivir y tu código de honor te impide desobedecer a tu maestro, anda, no hay tiempo, debemos dejar que el destino concluya los círculos…
Así, con lágrimas en los ojos, Hiperión formuló a la perfección el conjuro que su maestro le había enseñado, transmutó lentamente en ave hasta definirse totalmente en un halcón, velozmente alzó el vuelo y se mantuvo cerca, sobrevolando la casa de su maestro para ver lo que ocurría.
Rápidamente los trasgos encontraron la casa de Kelsut y la destruyeron por completo, al hallar a Kelsut desmembraron su cuerpo simplemente el por el placer de hacerlo.
—¿Maestro, qué hemos hecho —pensaba Hiperión —, por qué no me permitiste salvar tu vida o morir por ello?
¿Por qué transmutar en un halcón, puede transformarme en un grifo y salvarte a ti y a tu hija?
¿Cuánto tiempo durará el conjuro que protege a Nix, antes que los trasgos corrompan su carne y destruyan su alma…?
De pronto los trasgos llegaron hasta Nix, con sólo verla los trasgos caían muertos, decenas tras decenas trataron de matarla pero no pudieron. Así que tomaron su cuna y se la llevaron a sus tierras.
Con los inviernos Hiperión seguía visitando los altos acantilados de Árdeal para ver a la infanta que se hizo niña y después mujer, y sin denotar el paso del tiempo la reina de los trasgos.
Gracias a los poderes ocultos de Nix los trasgos empezaron a temerles a los humanos y jamás volvieron a atacarles. Simplemente cazaban en los campos abiertos y en honor a la reina Nix levantaron un palacio, tétrico y escabroso, en la cima de Árdeal.
En el otro extremo, siguiendo de la ruta hacia el poniente, buscando los picos y montañas, vivían los enanos, amos de los conocimientos de la herrería, pequeños y lentos pero extremadamente fuertes.
En el seno de las montañas con sus inviernos crudos y prolongados y veranos cortos, ubicaban sus grutas de excavación, de las cuales obtenían metales preciados para sus trabajos.
Al pie de la montañas sus bazares, a veces improvisados y sucios, formando un gran mercado con locales distanciados incluso por días de peligros y fieras.
Entre las cumbres y las faldas, se ubicaba la ciudad oculta en que habitaban, a la cual sólo se le permitía la entrada a los elfos, para hacer entrega de medicamentos y hacer visitas a los enfermos.
Pasaron siglos para que la necesidad de los enanos les obligara a abrirle las puertas a los elfos, y más que amistad se transformó la relación en simple mutualismo, con la condición de que los elfos jamás deberían hablar de sus tesoros o su arte de forja.
Su tosca apariencia y su mal genio, hacia que los otros seres mágicos y los humanos les miraran con un poco de desprecio, pero su laborioso ingenio y su honor férreo eran admirados por todos.
Así los elfos, los hechiceros y los humanos requerían frecuentemente de sus obras y estos trataban de sacar el mejor provecho en los trueques.
—Veinte pieles de oso, por una espada…
— ¿Y como pretendes que desolle a un oso sin una espada…?
—Ese no es mi problema —respondía el enano —, tú eres quien quiere la espada, humano, yo quiero las pieles, me parece un trato justo: y si a ti no, busca quien te la haga…
Esos enanos eran un verdadero acertijo, siempre ponían sus intereses antes de los pedidos de los demás, pero siendo un poco avaros, dado que podían tener diez espadas listas, mas nunca aceptaban regateos a sus exigencias.
Esto también les generaba muchos enemigos, pero ellos no le temían sino a las fieras que frecuentemente se merendaban a sus colegas.
Extrañamente ningún humano jamás había conseguido el favor de los enanos, hasta aquel día…
Una mañana del verano 4027 después del invierno de las incontables lunas, con una temperatura insoladora, caminaba Courel un joven y prominente enano por las tierras de su padre, iniciaba el ascenso que para un elfo o humano sería normal, mas para los enanos era agotador y cansío. Al ascenso se debía sumar la carga: las espadas, lanzas y utensilios que cargaba en una bolsa en su espalda.
De pronto, entre las formas sombreadas de la montaña, un grifo de más de diez pies de cuerpo y veintidós de envergadura, rápidamente atacó al enano acorralando contra las rocas, sus largas garras sujetaban sus brazos.
En la premura del escape su bolsa había rodado cuesta abajo, dejando por doquier aquello que podía ser su última esperanza.
“Ha llegado mi tiempo”, pensaba en enano al verse completamente acorralado y preparándose a escuchar la voz de las banshee que ya veía a su diestra.
De pronto, un joven humano apareció de entre la maleza. Con un tronco desafió a la bestia y asestó un golpe sólido en su costado, haciendo que la fiera soltara a su presa.
Tras el primer golpe de las garras del grifo el humano rodó hasta ser detenido por un árbol.
La fiera dejó al enano y vio como nuevo objetivo al humano y segundos antes de ser dado el golpe final, el humano levantó presuroso una espada y, de un tajo, decapitó a la bestia.
Así, tras superar el terror vivido, y ver al humano maltrecho, Courel tomó al humano en hombros y los llevó a su casa.
Las puertas de la fortaleza se abrieron con recelo, nunca antes un humano había conseguido un favor de los enanos y sin más cruzaban las acorazadas puertas de su santuario.
Una vez el humano recuperó la consciencia, se encontró en una cama limpia en una habitación pequeña y decorada con láminas de color áureo y diminutas piedras resplandecientes.
Se levanto y trató de saber donde estaba, al cruzar la puerta de la recámara vio a aquel enano merendándose un jabalí.
—¿Donde estoy, —exclamó — hemos muerto en la batalla con la bestia?
—Para nada grandullón, haz dado un golpe de lujo con la espada, y mataste a la fiera antes de que esta lo hiciera contigo. Me has salvado de la muerte y yo te he traído a mi casa. ¿Gustas comer?
—Pensé que había muerto nunca había visto paredes que brillaran como el sol ni piedras como estrellas.
—Las paredes tienen láminas de un metal que llamamos oro, es hermoso verdad; y las estrellas que veías son simplemente diamantes… —En medio de un silencio lúgubre se sentó a la vez y devoró una pierna entera. …
—Vaya que tienes apetito humano —dijo Courel, en tono sarcástico —, imagino que tienes nombre es una costumbre de estos tiempos…
—Si señor, me llamo Widert, hijo de Deothor.
—Bien, Widert hijo de Deothor, como puedo agradecer el salvar mi vida, aparte del honor de ser el primero de tu raza que cruza las puertas la ciudad amurallada de los enanos.
— ¿Ésta es la ciudad?, yo pensé que era un mito. Siglos han pasado nuestros pueblos buscando una ruta para comerciar con ustedes fuera de sus bazares. Como sabes son pocas las cosas que nos intercambian nos hacen imposible el tener armas. ¿Y cuál es tu nombre?
—Mi nombre es Courel. Y sí, es política de los enanos sólo dar armas a aquel que pueda usarlas con honor, y tu raza no nos inspira el más mínimo…
Hacemos las espadas para protegernos de los trasgos y los grifos, no tenemos problemas con nadie más. Los elfos pueden llevar sus arcos o pedirnos espadas, porque son elfos y su naturaleza es pura, jamás la usarían en nuestra contra.
Mas ustedes son una especie extraña, no nos arriesgaríamos a confiar en ustedes, tienen sed de sangre y poder, son algo bizarro a nuestros ojos —concluyó Courel.
—Me ofendes, dime Courel: ¿no demostré acaso mi valentía al luchar con un tronco contra el grifo que te hostigaba?, ¿acaso no soy digno de tu confianza?
A nosotros nos acosan al igual que ustedes los trasgos y las fieras, de no ser por los hechiceros que aprendieron las artes de la naturaleza y los elfos, estaríamos completamente desprotegidos.
En fin sólo se me ocurre una ayuda que tú podrías darme, enséñame las bases de tus artes de forja, para poder dejar de depender del poder de los hechiceros…
—Ves, ese es uno de sus mayores errores tratan a La Natura como si fuese una cosa: la naturaleza, en sí su significado es el mismo, pero no es lo mismo que yo te diga muchacho a que llame por tu nombre. Además, es demasiado lo que me pides —replicó Courel —, pero mi honor me impide hacer otra cosa que no sea saldar mi deuda. Tienes ocho lunas para aprender, no se permite preguntar solo ver.
Así pasaron las ocho lunas llenas, en la casa de Courel se hospedó Widert aprendiendo la forja.
Transcurrido el tiempo Courel le llevó con los ojos vendados hacia el punto donde se habían visto por primera vez y le dejó partir. Antes de irse le ofrendó su mejor espada, aquella con la que había decapitado al grifo.
Al llegar a su casa, Courel esperaba haber hecho lo correcto, pero inmediatamente se dio cuenta del gran error cometido.
Entró a la habitación donde estuvo Widert desde su despertar y observó que faltaban dos láminas de oro de las paredes y decenas de brillantes, junto con un mazo y una pinza para sostener el hierro, su afiladora de cuero y un par de guantes. Sabiendo quién se las había llevado, prefirió guardar silencio…
Los humanos vivían diseminados por casi todas las tierras. No existía un clima suficientemente crudo para impedirles morar en él.
Guiados por hechiceros, se formaban comarcas inmensas, pero al regreso de Widert a casa de su padre Deothor, se cambiaron los órdenes existentes. Ahora los humanos conocían las artes del la forja, y dividiéronse entonces en dos elites diversas, por un lado las estirpes de los magos y por otra las hordas de los guerreros. Así surgió La Orden del Dolmen y las comunas humanas.
La principal comunidad humana se irguió en los Armórica, pero esa es otra historia, pues bien jóvenes ya es hora de que parta. Mañana les contaré otra historia, pero estos viejos huesos ocupan descanso…
viernes, 4 de febrero de 2011
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