Anochecía en Avallach y todos acudíamos a la fogata en el centro del pueblo, era hora de escuchar los relatos del anciano Claus, una tradición en la temporada de reflexión.
Así empezó Claus, El Viejo su relato como todos otoños de todos los ciclos solares:
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Corría el vigésimo primer siglo del reinado de las sombras. Todo se encontraba sumido en penumbra y oscuridad absoluta.
De pronto, un sonido metálico, recorrió el vacío existente, desprendiendo poco a poco, algunas argamasas de polvo y formando una infinidad de grismas flotando en el aire.
Después, un resplandor quebrantó las sombras haciendo que de un gramo de polvo surgiera un hada. Una criatura diminuta no mayor a tres palmos, con alas coloridas a medias tintas, pues aún la oscuridad reinaba. Pero se comprometió el hada, al ver con dificultad el color de sus alas, que procuraría teñir el mundo de colores diversos, fríos y cálidos, para que la vista reconociera la magia y amara su esplendor, por más lejano.
Luego de un sepulcral silencio, de nuevo otro sonido, de una ligera explosión: un trozo de tierra con un árbol. De sus ramas bajo una criatura blanca, con dos ojos negros y profundos, del mismo tamaño del hada. Y, sintiéndose cobijado por las hojas, prometió plantar millares para que desde todo lugar se denotara ese color vibrante y fresco, que apenas lograba distinguir entre el polvo. Se llamó a sí mismo Kodama.
Poco a poco los sonidos se hacían más cercanos y frecuentes, un sonido refrescante recorrió toda la sombra, y de pronto, había un océano. De este saltaron las briosas nereidas quienes, vanidosas, decoraron los fondos con conchas y corales para saludar a cualquier viajero. Y, viendo la inmensidad que las abrigaba se sintieron en el deber de embellecerlo. Así que convocaron cardúmenes y juraron guiar a los buenos viajeros.
Diez golpes más tarde, del agua surgieron más terrenos, dejando entre sí benévolos riachuelos, unas nereidas quedaron distanciadas de los mares pero perplejas del esplendor de las llanuras secas se transformaron en ninfas y juraron protegerlo.
De pronto un nuevo y extraño sonido: el de agua cayendo, nutrió de vida los suelos. Del suelo salieron los insectos y vieron al Kodama plantando ramitas por doquier. Al oler el aroma de las hojas, pusieron sus cuerpos como instrumento y rápidamente los campos florecieron. Juraron entonces hacer de los campos su cuna y tomar de él sólo su alimento.
Tres golpes seguidos formaron las montañas, los cañones y los riscos, algunos por su abrupta forma quedaron desiertos, y admiraron todos los entes la importancia de desierto: les recordaba lo hermoso que era su trabajo y el deber de mantenerlo. Así, dejaron lo desierto como el azar lo había puesto, para conservar el equilibrio: siempre es bueno un poco de destierro entre la belleza.
Después, sintieron un calor, que hacía hervir sus cuerpos y una gasa limpió el cielo enseñándoles por primera vez la luz pura del sol sobre los cielos, y pensaron que todo era perfecto. De pronto una sombra volaba por el cielo, prístino y aterciopelado, el primer dragón toco el suelo.
Junto con la luz llegó la noche, para marcar el descanso y recobrar las fuerzas. Momento precioso para recordar la belleza de la luz y encontrar paz entre las sombras.
Unos siglos después escucharon de nuevo golpes, y todos presurosos acudieron a ver las nuevas formas. Cientos de animales emergieron de las malezas recónditas de tierra: jaguares y serpientes, aves y caballos, venados y liebres… Pero del centro del bosque, en el primer árbol, un caballo atoro sus crines en el medio de las raíces y por desespero lastimó aquel frondoso árbol.
El caballo arrepentido imploró perdón. Un kodama bajó despacio y tocó su frente, haciendo que de ella saliera una extensión extraña, así surgió el primer unicornio, junto con el primer arrepentimiento. El unicornio prometió jamás lastimar una flor y la tierra le recompensó dándole a sus patas el poder de crear pastos, flores y ríos, y una belleza igual al de los jazmines que creó con su primer galope.
Poco a poco pasaron las primaveras, más lentas y más amenas, poco a poco el mundo se veía como un paraíso soñando, los entes descubrieron que junto con los sonidos y los golpes ellos podían crear miles de maravillas.
De la inquietud y cuidado de los Kodamas nació el primer elfo. Un animal extraño, y se encargaron juntos de mantener sanos los bosques, aprendiendo entonces los elfos las secretas artes de los árboles y aprendiendo a hablar con ellos y el arte de curar.
Del trabajo laborioso de todos: el primer enano. Un incansable que no menospreciaba la posibilidad de cortar la leña y plantar dos árboles nuevos.
De las picarescas hadas: los duendes. Juguetones y traviesos, benévolos pero un poco exasperantes, a veces. Sabios y recolectores, grandes narradores y soberbios.
En último sonido que se escucho entonces, sonó más extraño que cualquiera, fue como si se hubiese dado a medias, del surgieron dos criaturas, los trasgos y los humanos.
Los trasgos, formas bizarras y crueles, que no tenían piedad, ni sentimientos, al ver la belleza no la soportaron y huyeron presurosos a los desiertos y pantanos. A veces, se les veía rondando los bosques, haciendo travesuras o buscando alimentos.
Los humanos, que decir, animales a medias, vieron la belleza del mundo y se quedaron simplemente para conocerla…
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Así contaba el viejo anciano el origen de los tiempos y la formación de todos los seres que cubrían el plano terrestre.
Terminado el relato, todos aprontamos el descanso, buscando algunos sueños. Cada cual con sus filias y pesares, preparándonos para la jornada de trabajo que nos aguardaba al alba.
viernes 4 de febrero de 2011
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3 comentarios:
Bien, me va gustando y tiene tu estilo (palabras un poco rebuscadas) además de una increíble capacidad descriptiva sin caer en lo excesivo o aburrido. Seguiré leyendo...
jejeje bien sabes que no son rebuscadas, yo normalmente hablo raro jejeje
Me olvido a veces como escribes, solo tengo que sacar unos 100 poemas que me habías dado hace como 10 años, déjame decirte de corazón que mejoras con la edad. ;D
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