¿Es acaso tan sinuoso el camino del ser que mira más allá de su propia nariz?
Siempre se encuentran los ojos mudos cuando se camina con el alma al viento.
Y vago, como profugo de esta especie que no me define ni como animal ni como humano. Huyendo de mí mismo algunas veces y de la luz otras tantas.
Tantas veces he deseado una visita cercana de Átropos y Tánathos en estas tardes bizarras y tétricas, más me rio de mí mismo al creerme digno de sus visita noctámbula.
De nuevo miro la bruma, que se posa como una marea calma para los caminantes. De nuevo siento el frío haciendo nido tanto en la piel como en el alma. De nuevo siento la soledad tocando a mi ventana, y al mismo destino preparando el tablero para la misma partida de ajedrez, la que siempre pierdo.
Así es que avanzan las horas, como potros sombríos, pero a menguado galope, la tortura a de ser lenta para que sea completa.
Y avanzo, como por la inercia del empuje del viento, como una veleta desbocada como un papelote lejano de la gracia de un cordel, como un simple humano tirado al costado de la vida sujetándose a las rocas para no caer en el torrente.
¿Quién garantiza que a cien pies no esta el remanso? ¿Quién garantiza llegar vivo a más de veinte? ¡Quién se atreve a pedir garantías a un paso de la muerte!
Y el frío colma el cuerpo y las fuerzas desciende apresuradamente sujeto a la roca, poco a poco los ojos se ciegan y los dedos se sueltan, de que sirvió entonces el esfuerzo de sujetarse a la roca si el frío de la corriente a fin de cuentas nos hace soltarnos.
¿Será que estupidamente sigo pensando en una mano?
¿Qué le puede importar ya a mi cuerpo yerto y mi alma gélida encontrar el remanso, cuando todo lo que había se quedó sujeto a aquella roca?
martes, 16 de noviembre de 2010
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