Descendía en el vuelo taciturno, borracho de bruma en mis ojos y soledad en mi costado, víctima indiscutible de mi tortuoso pasado, prófugo de los sueños más sublimes y más amados.
Hacía ya siglos había renunciado a mi forma humana, a las sensaciones cálidas de esa dura especie. Hacía siglos había renunciado a la potestad de amar y ser amado, a las aterciopeladas pieles de los placeres prohibidos a los trasgos, a los sueños nacidos en las noches antiguas donde podía desfilar la pasión y el amor sin saber a lujuria, donde podía encontrar detrás de un biombo una esperanza de amor realmente pura, quizá sobrehumana.
Así volé por el vacío durante milenios, el tiempo transcurría como una canción monótona y angustiosamente larga.
lunes, 4 de octubre de 2010
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