A Suhgey, trazando hermosos sueños…
La casa antigua en la colina solitaria
es un sueño quizá más que certero…
es de altos muros de concreto viejo
y sus tejas de barro cuentan mil secretos
con voz de soles eternos e infinitas gotas,
han perdido ya su color de sangre fresca,
hoy lucen como marchitas rosas de otoño…
cada paso hacia aquel secreto santuario,
eleva a los míticos dragones de nuevo,
y la gárgola de roca firme saluda al viajero
ubicada sobre un pedestal jónico ligero
con ese grito desgarrado de sus adentros
que suplica casi con llanto vivo en los ojos
el poder emprender su añorado vuelo…
después se llega a aquella enorme puerta
que preserva el misterio lúcido y adentro,
tiene tres metros de astillas y piezas de hierro,
cada astilla cuenta un nombre y un recuerdo,
cada grueso clavo es un humano ya muerto,
cada uno de los goznes en sus bisagras de acero,
recuerda un parto y un clímax y un juego…
Abre la colosal puerta, quizá verás un murciélago,
y al fondo de la sala un caracol de escalera,
con escalones al parecer cansados del polvo,
suplican talones descalzos y tacones risueños,
en los muros cirios opacos y arañas en vuelos
muchos cuadros y pinturas de distintos dueños,
y un gran vacío en aire como en un cementerio…
a tu diestra un piano de cola, con un banco fino,
y un violonchelo y unas hadas que velan sus cuerpos…
una chimenea y unos sofás antiguos a su frente,
y un gran ventanal, en el que en noches despejadas
se acostumbraba ver la luna y contar estrellas,
todo está lleno de polvo bien lo sé, pero, pero,
por favor no toques nunca ese hermoso piano…
Sube pues las escaleras, deja que los escalones
recuerden los años en que afloro mi primavera,
dobla a la izquierda, y no te asustes, no te asustes,
en la cama de una recamara está tendido el traje,
ese bello traje de nupcias añejas color negro,
el que generó tanto revuelo al entrar a la iglesia,
yo lo dejé ahí hace ya mucho, mucho tiempo…
asómate a la ventana, quita las capas de polvo,
desde ahí verás ese jardín interno, y su fuente,
antes que el polvo cubriera el suelo se veía
un infinito arrecife de coral a pocos centímetros
yo coloqué cada cuarzo y escaramujo de coral,
y sobre ellos puse una gruesa capa de cristal,
asómate a la ventana, quizás aún los verás…
más al fondo una torrecilla de piedra y ladrillo,
ella no es tan vieja, no tiene tantos recuerdos,
pero tiene los mejores, los de las noches,
los de las lluvias de estrellas y las copas de vino,
es de unos veinte metros de altura, alta
y por ello más lejos de este obsoleto mundo,
¡qué noches aquellas, qué recuerdos y alegrías…!
en otros tiempos mantenía sus misterios,
pero entre las sombras góticas y medievales,
habitaba un precioso lucero que animaba todo,
todo lo que había en sus adentros, un lucero,
que se apagó una noche de frío invierno,
en las penumbras de mi cama delirando,
fue mi Dama, desde entonces ya no vuelvo…
A veces envió a algún compañero a que
visite mi santuario amado y mis recuerdos,
algunos me dicen “¡hombre necio, demoledlo!”
pero yo soy fiel a mi casa, a mi viejo templo,
lleno de velas muertas, de telarañas e insectos,
pero es lo que tengo en mis manos y fue de ella
y su paso por el mundo yo por nada lo vendo…
07/12/2002.
La casa antigua en la colina solitaria
es un sueño quizá más que certero…
es de altos muros de concreto viejo
y sus tejas de barro cuentan mil secretos
con voz de soles eternos e infinitas gotas,
han perdido ya su color de sangre fresca,
hoy lucen como marchitas rosas de otoño…
cada paso hacia aquel secreto santuario,
eleva a los míticos dragones de nuevo,
y la gárgola de roca firme saluda al viajero
ubicada sobre un pedestal jónico ligero
con ese grito desgarrado de sus adentros
que suplica casi con llanto vivo en los ojos
el poder emprender su añorado vuelo…
después se llega a aquella enorme puerta
que preserva el misterio lúcido y adentro,
tiene tres metros de astillas y piezas de hierro,
cada astilla cuenta un nombre y un recuerdo,
cada grueso clavo es un humano ya muerto,
cada uno de los goznes en sus bisagras de acero,
recuerda un parto y un clímax y un juego…
Abre la colosal puerta, quizá verás un murciélago,
y al fondo de la sala un caracol de escalera,
con escalones al parecer cansados del polvo,
suplican talones descalzos y tacones risueños,
en los muros cirios opacos y arañas en vuelos
muchos cuadros y pinturas de distintos dueños,
y un gran vacío en aire como en un cementerio…
a tu diestra un piano de cola, con un banco fino,
y un violonchelo y unas hadas que velan sus cuerpos…
una chimenea y unos sofás antiguos a su frente,
y un gran ventanal, en el que en noches despejadas
se acostumbraba ver la luna y contar estrellas,
todo está lleno de polvo bien lo sé, pero, pero,
por favor no toques nunca ese hermoso piano…
Sube pues las escaleras, deja que los escalones
recuerden los años en que afloro mi primavera,
dobla a la izquierda, y no te asustes, no te asustes,
en la cama de una recamara está tendido el traje,
ese bello traje de nupcias añejas color negro,
el que generó tanto revuelo al entrar a la iglesia,
yo lo dejé ahí hace ya mucho, mucho tiempo…
asómate a la ventana, quita las capas de polvo,
desde ahí verás ese jardín interno, y su fuente,
antes que el polvo cubriera el suelo se veía
un infinito arrecife de coral a pocos centímetros
yo coloqué cada cuarzo y escaramujo de coral,
y sobre ellos puse una gruesa capa de cristal,
asómate a la ventana, quizás aún los verás…
más al fondo una torrecilla de piedra y ladrillo,
ella no es tan vieja, no tiene tantos recuerdos,
pero tiene los mejores, los de las noches,
los de las lluvias de estrellas y las copas de vino,
es de unos veinte metros de altura, alta
y por ello más lejos de este obsoleto mundo,
¡qué noches aquellas, qué recuerdos y alegrías…!
en otros tiempos mantenía sus misterios,
pero entre las sombras góticas y medievales,
habitaba un precioso lucero que animaba todo,
todo lo que había en sus adentros, un lucero,
que se apagó una noche de frío invierno,
en las penumbras de mi cama delirando,
fue mi Dama, desde entonces ya no vuelvo…
A veces envió a algún compañero a que
visite mi santuario amado y mis recuerdos,
algunos me dicen “¡hombre necio, demoledlo!”
pero yo soy fiel a mi casa, a mi viejo templo,
lleno de velas muertas, de telarañas e insectos,
pero es lo que tengo en mis manos y fue de ella
y su paso por el mundo yo por nada lo vendo…
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