miércoles, 27 de junio de 2007

Cuando se quiebra la brújula

Al amor eterno, que llena y demuele nuestras almas…

Aquel joven era una persona, digamos, normal. Sus utopías eran veraces; a su criterio, sólo eran catalogadas de utopías por aquellos cobardes sin valor para realizarlas. Sus metas pues, sus ideales, se basaban férreamente en millones de cantos llegados a sus oídos o hijos de su propia cabeza. Aquel joven no era especial, pero era diferente…
Sus ojos tenían reflejos invernales, ofrecidos por el junio que corría. Su cabello parecía un sauce llorón, marchito por el tiempo. Su frente, qué se podría decir de su frente, era amplia, como un buen océano, lleno de grandes olas; correntadas inmensas emanaban de ella, fuertes tifones, grandes maremotos, sin embargo, lucía fría y vacía, como si no pudiese siquiera elevar una nota o un verso para un canto. Todo su cerebro estaba borrado, como si todo hubiese cambiado repentinamente, como si el Norte Magnético de la brújula hoy apuntara hacia otro Norte.
Sus pupilas eran paños humedecidos por las lágrimas que se habían derramado durante toda la noche. En fin el joven se paseaba como un gato hambriento esperando a su dueño, de un lado a otro de la casa, meditando a llanto vivo lo que pasaba en su cabeza. Lloraba como un padre que perdía a un hijo. Lloraba abiertamente como si algún querido amigo yaciese en el fondo de un ataúd superpuesto a su mirada.
De su nombre, ya no me acuerdo, de nada sirve ahora saber o recordar su nombre…
¿Cuál sería la causa de este dolor corrosivo, de este daño tan profundo en la paciencia de ese joven?
La noche ya apuraba su paso. El joven se sentó en una silla maltrecha. Sujetó su cara entre sus manos y se estremeció contra la mesa, como un tronco seco contra el suelo…
Ayer, él paseaba por el mundo sin preocupación alguna. Pero hoy, se presentaba como un ermitaño encerrado en su mundo propio. Semejaba una estatua de mármol su pose inamovible sobre la mesa.
¿Qué ocurrió?, esa es la pregunta fundamental.
Bueno les contaré…
Dejó ir a su dama, por el amor que sentía. Probó todo lo que sabía, pero no pudo retenerla, tuvo que dejarla ir. Tuvo que afrontar la Realidad indescriptible tendida por su partida.
Ese adiós caló muy profundo, hasta destrozar todas las bases en las que él posaba su existencia. Verán, el amor es la trampa más violenta y, para bien o para mal, pocos humanos logran escapar. No fue precisamente la partida de su amante, sino la decisión tomada. No estaba dispuesto a enamorarse realmente de nuevo, sin embargo, vivía soñando amar realmente a esa mujer. Ella era perfecta, un sueño, pero él no podía entregarse completamente, por el miedo… simplemente por el carnívoro miedo, hijo de un pasado tortuoso…
El darse cuenta de lo que ocurría, fue la gota derramante del vaso. No podía creer lo sucedido, la dejó ir, sin poder contemplar la mínima posibilidad de reconciliación.
Se refugió en una buena amiga para poder desahogar su pena, de ella si tengo el nombre, era Mónica. Ella, Mónica, una persona abierta a diálogo, intentó subsanar el problema con sabios consejos y recomendaciones. Mas el problema era muy confuso para cualquier ser, su simplicidad se resumía a la decisión de aquel joven.
Una decisión, un nuevo rumbo, el cual debía empezar con un profundo análisis sobre sí mismo.
No hubo remedio, se encaró en un dialéctico soliloquio, disperso por las emociones, dolido por los recuerdos, añorando etéreos parajes y pensamientos.
Al final de la trama, supo a bien lo que realmente ocurría, su ser ya era otro, sin que él hubiese notado el más pequeño cambio.
No podía amar, su pecho estaba vacío, poco a poco todo se había escapado de sus adentros, con un paso tortuoso, carcomiendo lentamente todo lo habido, todo lo que existió donde precariamente se supone vive el sentimiento humano.
Por eso sus pupilas eran paños humedecidos por las lágrimas que se habían derramado durante toda la noche. En fin el joven se paseaba como un gato hambriento esperando a su dueña, de un lado a otro de la casa, meditando a llanto vivo lo que pasaba en su cabeza. Lloraba como un padre que perdía a un hijo. Lloraba abiertamente como si él yaciese en el fondo de un ataúd superpuesto a su mirada.
Por esos sus ojos tenían reflejos invernales, ofrecidos por el junio en curso. Su frente era amplia, como un buen océano, lleno de grandes olas; correntadas inmensas emanaban de ella, fuertes tifones, grandes maremotos, hoy lucía fría y vacía, como si no pudiese siquiera elevar una nota o un verso para un canto. Todo su cerebro estaba borrado, como si todo hubiese cambiado repentinamente, como si el Norte Magnético de la brújula hoy apuntara hacia otro Norte.
Meditabundamente loco, demencialmente realista, hecho un sofista, un trovador, un existencialista. Fumaba unos cuantos cigarros a los cuales veía como seres vivientes en medio del camino espinoso que todos caminamos quemándonos lentamente, desgastando el corazón como se consume el tabaco.
Suspiraba mientras su cabeza giraba y giraba sin un rumbo fijo, sin saber qué hacer ni qué decir en estos momentos de angustia y veracidad fusionadas irremediablemente.
Se escuchó en sus adentros un sonido de cristal rompiéndose, se retorció, cual si uno de sus órganos vitales colapsara explosionando dentro de su cuerpo. Levantó su cabeza, de nuevo estaba llorando, las lágrimas brotaban semejando un manantial de agua dulce: un río generando un oasis.
Comprendió entonces lo que ocurría en la mente de todos esos locos de amor imposible, los imposiblemente enamorados y aquellos a los que se les hace imposible enamorarse. Supo que estaba en uno de esos selectos grupos.
Sólo pudo gritarse como lo hace aquel que admite que ha perdido su rumbo en medio del camino de la vida:
"¡Ahora compruebas, pobre idiota, pobre enfermo de amores imposiblemente cercados. Ahora compruebas lo que siente un viajero perdido en medio del desierto, sabiendo que el oasis más cercano está al Norte. Ahora sabes lo que se siente cuando se quiebra la brújula…!
El Norte visible puede ser un espejismo. ¿Qué camino tomar ahora, qué rumbo seguir?… "
Pues bien, se levantó de la silla maltrecha que sostenía su cuerpo, dejó de semejar aquella estatua de mármol pesado, para mutar en una ave dispuesta al vuelo. Secó sus lágrimas y abrió sus alas. Estaba listo para emprender el vuelo. Sin rumbo fijo, sin fijarse hacia donde le dirigían sus alas, sólo quería volar, volver a la enorme libertad de los aires eternos. Deseaba que un fuerte aire desprendiera sus pies del suelo.
El Norte pasó a ser solamente un espejismo, nadie guiaría de nuevos sus pasos. Sólo él decidiría su ruta. Supo lo difícil que sería caminar por el mundo, por lo que mejor alzó en vuelo, creando un par de alas de colibrí en cada pie, como el Hérmes mitológico, cual Mercurio.
Corrió, abrió sus brazos contemplando el vacío, sin miedo alguno se dejó caer. De pronto se vio más alto de lo que nadie pudo imaginar, ni siquiera él.
Y comprendió por fin lo último expresado en sus últimas palabras humanas, ya que hoy día camina distante a unos pocos centímetros del suelo elevado por las alas de colibrí tatuados en sus pies, con su cuerpo de hombre, pero con un alma nueva de ave dentro de pecho, sólo pudo decir:
"Hoy día, he develado un arcano profundamente enterrado dentro de esta forma humana: cuando un ser humano camina errante, dando tumbos, por el mundo sin una ruta fija, sin un destino seguro, sin ver un Norte, un Sur, un Este o un Oeste que se defina como tal llamándose a sí mismo por su nombre, cuando ya el corazón es obsoleta brújula, sólo existe un paso seguro para no perderse en medio del mundo, la única respuesta es alzarse en vuelo, pues desde los cielos todo es visible; y la otra opción, la cual no es barajable, es la muerte… El volar es la única salida razonable, cuando se quiebra la brújula…"
Así, abrió sus ojos, viéndose de nuevo en su cuerpo humano, mas ahora una sonrisa copaba su rostro lleno de llanto. Se le veía en los ojos reflejos primaverales. En sus pupilas húmedas fueron semilleros fértiles para nuevos sueños, nuevas sofismas ampliamente posibles y razonables. Su cerebro se llenó a pasos agigantados. Los maremotos, los tifones y el alto oleaje se apaciguaron dejando sólo el hermoso paisaje de un arrecife coralino. Anchas arrugas se hicieron en su frente, esta vez por risa. Ahora paseaba por su casa como un erguido tigre recorriendo su territorio.
Ahora tiene alma de Ave Fénix, y sabe que resurgirá de las cenizas cada vez que sea necesario mientras vuele, pues, como dijo: "…El volar es la única salida razonable, cuando se quiebra la brújula…"

9 de Junio, 2003

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