A veces los soles son tan fríos y las ponencias tan ambivalentes, que los nortes se esfuman como si quisieran esconderse de los ojos humanos para que nadie les mortifique más.
Es tan fácil echarle la culpa al Norte cuando uno se encuentra en pleno desierto sin agua ni alimento, es tan simple, generalmente, mirarse en una tormenta de polvo y reclamar al Sino la impotencia de encontrar alguna ruta menos violenta hacia los manantiales.
Se difuman las palabras y la sombras en un cóctel amargo, en especial cuando las lágrimas desean aflorar y uno no les haya un surco correcto y expedito.
La esperanza irascible de amar sin temor al daño y el furibundo deseo no ser amado para no causar estragos como los que uno ha llevado a cuestas, simplemente por miedo…
Es en estos momentos que uno desearía poder retroceder el tiempo, tomando de las barbas a ese viejo decrépito y descascarar tanta escoria que ha puesto en nuestro camino. Llegar al inicio de todo para suplicarle al azar poder cambiar algunas decisiones y por ende algunas consecuencias.
El deseo de ser amado y el temor de lastimar a alguien, el dolor de amar sin ser amado, el horror de ser amado sin poder corresponder correctamente.
Todos tenemos prioridades tan distintas y crueles, que duplicamos los esfuerzos cada vez que parpadeamos, buscando explicaciones y una voz interior que nos diga que el camino que tomamos es el correcto, mas la realidad forma esa voz en una condena, dado que nunca sabemos a ciencia cierta si realmente es verdad o simplemente un reflejo obtuso de nuestra impotencia y miedo de cambiar las cosas.
Mi prioridad siempre fue tratar de imitar la inmensidad del mar y su plena entrega a pesar de las toneladas de tóxicos que cada día le ofrenda la humanidad como muestra de su desprecio, empero el mar sigue dándose estúpidamente, como si tuviese fe de que la raza humana algún día llegará a comprender la simpleza de su entrega, tanto como para respetarla.
Por otra parte, la necesidad de afiliación, de poder saber que amo a alguien se ha transmutado no en un condimento para mi existir sino en su pilar más importante.
Y el dolor de entregarse sin pedir nada, y no recibir nada a cambio, y la angustia de saber que no existe un ser que simplemente deseé estar como un monte recio en la orilla de mis costas, simplemente para acariciarlo con espuma y regalar corales muertos.
A veces miro los campos y encuentro tanto desierto entre las flores, que deseara cortarlas todas para equilibrar la necesidad de destierro entre la belleza.
Las flores desoladas se marchitan precoces, escapan de la vida porque se entregan bellas pero efímeras, han aprendido el duro arte de saber morir cuando no tiene más que dar, han aprendido la arcaica esencia de lo perecedero.
Cuando mis manos se posan sobre una flor, busco en ella tantos rostros, tanto nombres, simplemente me recuerdan las bellezas que he vivido como un enfermo de amor, acariciando tantos sueños vulnerados por el paso del tiempo, ahora marchitos y apagados.
Y como una parvada de cuervos se acercan las melodías melancólicas de aquel tiempo, donde podía sentirme sólo sin sentirme inútil.
Entonces se fraguan las expectativas de poder volver a ser, simplemente un olmo seco y hueco en medio de un bosque olvidado, pero es tan grande el miedo de volver a la paz de destierro que nunca encuentran fuerzas mis manos para cavar mi fosa póstuma, más bien siguen abriendo trechos como si existiera algo distinto tras los arbustos.
Cuantas veces hemos derribado los muros con toda nuestra fuerza y esperanza, para después de la labor ver que tras ese muro, hay un espacio igual que el anterior y una muralla más alta.
Es por eso que empezamos de nuevo, recorriendo la muralla para ver que no tiene límite, y pensamos en la posibilidad del salto, sin que nos importe la muerte; y pensamos también en volver a derribar el muro; pero por sobre todo pensamos en que haremos si detrás de este hay otro muro.
Quizá fuera más cómodo camuflarnos en el muro y esperar que otro u otra extraviada pasare por esto acres lúgubres con la misma intención y mayores sueños. Quizá fuera más cómodo emprender la vuelta al bosque de origen y dejarnos morir al pie de nuestra cuna.
Es en estos momentos que una decisión marca el destino, como cuando se hecha una moneda al aire para ver de quién será el primer turno en la ruleta rusa…
Cuanto deseara haber tenido desde hace siglos una compañera de viaje que supiese la importancia de seguir luchando pese al desespero, la humana impotencia y el escarnio de la realidad.
El día que doblen mis campanas será porque por fin a caído el último muro y me a dejado al borde de un mar intransitable, un desierto insondable o simplemente, ojala, una llanura con potros briosos y frutales inmensos, un río tan dulce y un horizonte libre de miedos como para empezar a construir una morada.
Creo que siempre seré un cazador de sueños imposibles, un recolector de melodías perdidas y un sofista que vive en sus fantasías en busca de una panacea que salve su vida.
Cuando llegue el día de mi muerte espero poder sonreírle y decirle que he logrado a vencer la vida, que en encontrado un limite que no se pueda derribar o un espacio donde no haya más fronteras.
Hasta entonces estamos condenados a seguir vagando como luciérnagas ebrias pensando que el cigarro que brilla a varios metros puede ser el verdadero amor de mi vida.
24 de Septiembre de 2006
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